Archivo de Noviembre, 2009
Nov
‘Hasta el fin del tiempo’ (1946)
Que los problemas nacionales no se habían acabado con la victoria en la Segunda Guerra Mundial era algo que los estadounidenses sabían muy bien. Incluso en un lugar tan impersonal como Hollywood surgían ideas para golpear la conciencia de los espectadores, para servirles en platos de mal gusto los dramas personales de los soldados que no podían escapar del horror de la guerra aunque Hiroshima y Nagasaki ya hubieran dejado de humear. Quizá fue William Wyler quien mejor nos habló de ello en Los mejores años de nuestra vida, pero no fue el único: Edward Dmytrik hizo lo propio ese mismo año con Hasta el fin del tiempo.
La película se basa en una novela de Niven Busch y arranca en la base militar de San Diego, donde tres soldados reciben la licencia que les convierte oficialmente en veteranos de guerra. Guy Madison -un ex oficial de la Marina- encarna a Cliff Harper, un joven que ha visto cómo los tres años en el frente han roto su sueño de convertirse en ingeniero, haciéndole vivir en un hastío permanente del que ni sus padres pueden sacarle. Al menos está de una pieza; su amigo Perry (Bill Williams) no puede decir lo mismo, ya que le han tenido que amputar las dos piernas. Huelga decir el infierno por el que está pasando junto a su madre.
El tercer protagonista es William Tabeshaw, interpretado por la flamante estrella de la RKO en aquellos momentos: Robert Mitchum. También él ha vuelto de la guerra lisiado, con una placa de plata inscrustada en la parte posterior de la cabeza. Aún así, es el más optimista de los tres. Creció en una zona rural del Medio Oeste y es ahí adonde quiere regresar, para ocuparse de su propio rancho y tener contenta una hipotética esposa. Hacía muy poco que Mitchum había vuelto de la guerra -no estuvo en primera línea de combate pero sí en las enfermerías donde curaban a los soldados- y quizá por ello se implicó en gran medida con su personaje, al que dotó de una naturalidad extraordinaria.
Nov
La Metro, al borde del abismo
Triste pero cierto: la Metro-Goldwyn-Mayer, una de las más carismáticas productoras de cine clásico, está al borde de la quiebra. Necesita 3.500 millones de dólares antes del próximo mes de abril y, como le es imposible hacer frente a esa cantidad, ha decidido sacar a subasta lo que le queda de valor: las 4.000 películas de su catalógo, que incluyen las sagas de La pantera rosa y James Bond; la mitad de los derechos de El Hobbit, que está en plena fase de rodaje; y hasta el mítico león que acompaña estas líneas. Los expertos creen que podrían sacar unos 2.000 millones de dólares por el paquete completo, cantidad insuficiente para hacer frente a sus pérdidas. Además, no se confía en que aparezcan muchos compradores… Así que la situación es dramática.
Da lástima consultar el listado de las películas producidas por la MGM a lo largo de su historia y comprobar cómo ha ido perdiendo terreno década a década. Haced la prueba: ¿Cuándo fue la última vez que vísteis rugir al león en una pantalla de cine? Es difícil acordarse. Desde el año 2000 casi podrían contarse con los dedos de una mano. Y, lo que es peor, la calidad de sus productos ha bajado en picado. Si exceptuamos al agente 007 y alguna otra honrosa película como El caso Slevin, nos quedan bodrios del calibre de Una rubia muy legal, Be Cool o Superhero Movie.
En este 2009 solamente ha sido capaz de producir dos films que difícilmente pasarán a la historia: Asalto al tren Pelham 123 y el remake de Fama. Desolador, sobre todo si tenemos en cuenta que el eslogan de la compañía es “Ars Gratia Artis”, es decir, “El arte por el arte”.
Fundada el 16 de abril de 1924 por Marcus Loew y Louis B. Mayer como resultado de la fusión de Metro Pictures, Goldwyn Pictures Corporation y Louis B. Mayer Pictures, la MGM podría ser el segundo gran estudio del cine clásico que desaparece, medio siglo después de la extinción de la RKO. Aún quedan en pie (y con buena salud), la Paramount, la Fox y la Warner. Parece que la Metro sólo podría sobrevivir como miembro de una productora mayor, como le ha pasado a Columbia, ahora propiedad de Sony. Veremos.
Vía | El Mundo
Nov
Julie Andrews volverá a dar un concierto 30 años después
Hace 30 años que Julie Andrews dio su último concierto en Londres. Desde entonces se ha mantenido alejada de los escenarios y ha limitado muchísimo sus apariciones en la gran pantalla. La culpa la tiene un cáncer que se desarrolló precisamente en sus increíbles cuerdas vocales. Pasó por el quirófano con éxito, pero ella misma reconoce que, desde la operación, ya no puede cantar determinadas notas. Así que tenía que pensárselo mucho si quería brindar una nueva actuación al público.
Al fin, parece que ese momento ha llegado. Según informa The Times, Andrews ha recuperado la confianza en sí misma y se ha comprometido a dar un concierto el próximo 8 de mayo en el auditorio O2 de la capital británica, el mismo escenario en el que este verano iba a actuar Michael Jackson. Los promotores aseguran que Andrews “cantará sola cuatro o cinco canciones” y que acompañará a otras estrellas invitadas en el resto del repertorio. El portavoz de la actriz, Steve Sauer, admite que “Julie ya no puede cantar como solía”, pero que ha podido recuperar algunas de las notas que la hicieron famosa y que servirán para que la función llegue a buen puerto.
Julie acaba de cumplir 74 años y últimamente se ha centrado en producir contenidos infantiles, tanto en forma de libros como de películas (por ejemplo, ha puesto la voz de la reina Lillian en la versión original de Shrek, incluyendo la cuarta entrega de la saga del monstruo verde, que se estrenará en 2010). Por lo demás, lleva una pacífica existencia en compañía de su segundo marido, el director Blake Edwards, con el que se casó hace 40 años. Por eso es normal que su presunto regreso a los escenarios esté generando tanta expectación; se calcula que la recaudación del concierto podría superar los 1,1 millones de euros, una cifra muy alta para tratarse de una única sesión.
Vía | El País
Nov
35 vestidos de Audrey Hepburn salen a subasta
La diseñadora austríaca Tanja Star-Busmann fue íntima amiga de Audrey Hepburn. Se conocieron en Londres a principios de los años cuarenta; Audrey se había mudado allí con su madre para aprender ballet y, sobre todo, para olvidar el horror nazi de Arnhem. La diferencia de edad -Tanja era seis años menor- no impidió que ambas forjaran una amistad que duró hasta la muerte de la actriz, en 1993. Un largo periodo en el que Audrey le fue donando los vestidos que ya no le hacían falta, vestidos que el próximo 8 de diciembre serán subastados en Londres.
“Esbelto, chic, minimalista, europeo”, son algunos de los adjetivos que utiliza la subastadora oficial, Kerry Taylor, para definir el estilo de estos trajes. La joya de la corona parece ser un vestido que Audrey utilizó para promocionar Encuentro en París (1964), “una película terrible pero con ropas maravillosas”, según Taylor. Se calcula que el precio final de la prenda rondará los 25.000 euros, pero no se descarta superar esa cifra.
El morbo de la subasta es saber quién se llevará el vestido de novia que Audrey nunca llevó. Se diseñó exclusivamente para ella, que iba a casarse con un empresario británico llamado James Hanson. Sin embargo, la boda se canceló semanas antes, durante el rodaje de Vacaciones en Roma. Audrey tomó conciencia de la velocidad que estaba adquiriendo su carrera y pensó que sería mejor esperar. Rompió con Hanson y regaló el vestido a una chica italiana que lo guardó durante décadas; desde 2002 ha sido expuesto en varios lugares, pero ahora también será vendido a un particular.
Es probable que Audrey estuviera contenta con esta noticia. Le daba poca importancia a esas prendas que muchos se afanan en coleccionar y, además, la casa de subastas Sotheby’s se ha comprometido a donar la mitad de la recaudación a UNICEF, organización a la que la actriz dedicó los últimos años de su vida. A ver si pueden pillar un buen pellizco.
Vía | El Mundo
Nov
‘Esplendor en la hierba’ (1961)
“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba; aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.”
Tan romántica como los versos de William Wordsworth es Esplendor en la hierba, una de las mejores películas -puede que la mejor- de Elia Kazan. Es la historia de un amor entre adolescentes que crecen bajo la estricta vigilancia de sus padres y no entienden por qué deben seguir una línea determinada cuando sus corazones les piden lo contrario. Esa confusión les atormenta hasta la locura y les hace estar en boca de la hipócrita sociedad de Kansas inmediatamente anterior al crack del 29. Es una película tan pasional como una obra de Shakespeare; no en vano llena la firma de William Inge, ganador del Pulitzer por Picnic y que, a la postre, también se llevaría el Oscar al mejor guión original.
Por un lado tenemos a los Loomis, una familia humilde compuesta por un padre apocado, una madre represiva y una sola hija, Deanie (Natalie Wood), que parece conforme con la austera educación que le han inculcado. Y por otro lado están los Stamper, nuevos ricos gracias a las acciones del petróleo, con un padre obsesionado por el éxito que ahoga las pretensiones de su mujer y de su hijo Bud (Warren Beatty), pero que no puede meter en cintura a su otra hija, Ginny, lo cual le carcome por dentro.
Deanie y Bud salen desde hace algún tiempo. Son una de las parejas más populares del instituto, sobre todo porque él es el capitán del equipo de fútbol americano. Están en el punto de mira y, además, empiezan a tener problemas por el sexo. Bud siente la necesidad de aliviarse con ella, alentado por su padre, que cree que así reafirmará su masculinidad y ahuyentará su imagen de chico introvertido. No es que Deanie no quiera corresponderle, pero se rige por las estrictas reglas de su madre, que divide el mundo en buenas y malas chicas: las que esperan hasta el matrimonio (y sólo con el objetivo de procrear) y las que no. Y Deanie no quiere defraudarla, ni mucho menos que los vecinos cuchicheen a sus espaldas.
Nov
Estrenos en DVD: ‘Mujeres frente al amor’ y otras tres propuestas
Como el que no quiere la cosa, ya nos hemos metido en la segunda quincena de noviembre. Es momento de actualizar los estrenos en DVD que nos tienen preparados las distribuidoras. Hay pocos títulos destacables, seguramente porque guardan la artillería para la Navidad, que está a la vuelta de la esquina. Por cierto: ya os anticipo que, tal como hicimos el año pasado, en diciembre habrá un post con ideas para regalar cine clásico en esas fiestas tan señaladas. Pero de momento nos quedamos con los estrenos de la semana, que son los siguientes:
Mujeres frente al amor (Jean Negulesco, 1959). Feminista comedia en la que cuatro mujeres intentan abrirse paso a codazos entre los hombres que gobiernan la empresa de publicidad para la que trabajan. Es curioso ver a Joan Crawford en un papel secundario; dicen que lo aceptó porque todavía no se había recuperado de la muerte de su marido, Alfred Steele, y no estaba preparada para ser el centro de atención. La película fue nominada a dos Oscars, en las categorías de Mejor Vestuario y Mejor Canción Original -por ‘The best of everything’, de Alfred Newman y Sammy Cahn- pero no se llevó ninguno (Fox, 14,95 €).
Murallas humanas (John M. Stahl, 1948). En una ciudad de Kansas de nombre proverbial -Jericho- tiene lugar un triángulo amoroso de dramáticas consecuencias. Cornel Wilde encarna a un fiscal que se debate entre la pasión que le despierta su colega Julia Norman (Ann Baxter) y la obligación moral de permanecer al lado de su esposa alcohólica (Ann Dvorak). Kirk Douglas y Linda Darnell completan el reparto de una cinta que estuvo a punto de ser protagonizada por Gene Tierney (Fox, 14,95 €).
Nov
‘Tierras lejanas’ (1954)
Seattle, 1896. El vaquero Jeff Webster (James Stewart) llega a la ciudad después de conducir un rebaño de tercas reses por medio país. La justicia le pisa los talones; se le acusa de matar a otros dos vaqueros que quisieron huir antes de lo previsto sin darle nada a cambio. Ayudado por el viejo Tatum (Walter Brennan), Webster mete a los animales en el barco que zarpa hacia Dawson, en la fría Alaska, y sube a bordo en el preciso momento en el que iban a echarle el guante. Al llegar a Dawson, el forajido se verá acosado por la fiebre del oro, por dos mujeres de carácter opuesto (Ruth Roman y Corinne Calvet) y por el sheriff Gannon (John McIntire), que no descansará hasta llevarlo a la horca.
Esta es, a grandes rasgos, la sinopsis de Tierras lejanas, la cuarta de las cinco películas del Oeste que James Stewart rodó a las órdenes de Anthony Mann, antes de que su relación se rompiera por culpa de La última bala. Estamos ante un western sólido, cuyo interés va ‘in crescendo’ con el paso de los minutos: lo que empieza siendo un mero relato costumbrista sobre la búsqueda del oro termina como un violento juego del gato y el ratón en el que Stewart expone abiertamente su pellejo. En este sentido, la construcción de su personaje es de ‘chapeau’. Una vez más, Mann obliga a Stewart a encarnar a un hombre de oscuro pasado, introvertido, de corazón impuro. Sabemos que es el ‘bueno’ de la película pero aún así nos resistimos a abrazarlo. Nada que ver con el caballero sin espada de Capra.
Mencionábamos también la presencia de dos mujeres de corte totalmente distinto. Ruth Roman interpreta a la altiva dueña de los ’saloons’ de Dawson, Ronda Castle, una mujer ambiciosa que impone sus reglas en un mundo masculino y que halla en el vaquero Webster a la horma de su zapato. En el otro lado del ring, la aniñada Corinne Calvet -aparenta 18 años pero casi rozaba la treintena- en el papel de Renee Vallon, experta buscadora de oro, altruista e ingenua, cuyo amor pueril choca una y otra vez con los desaires del protagonista.
Nov
Noche de gloria para Lauren Bacall
“A los 19 años fui elegida por Howard Hawks para trabajar en una película con un hombre llamado Humphrey Bogart. No me entusiasmé mucho cuando lo supe. Pensé: «¿Estos dos juntos? Dios, esto no es para mí.» Entonces Hawks me dijo: «Bueno, a lo mejor es Cary Grant» y pensé: «¡Wow! ¡Eso cambia las cosas!» Pero acabó siendo con Bogart y esa fue mi gran suerte; porque no sólo era un magnífico actor, sino también un hombre extraordinario. Él me dio una vida. Él cambió mi vida.”
No os dejéis engañar por la cita. Lauren Bacall se lo pasó de cine en el acto de entrega del Oscar honorífico que la Academia de Hollywood ha tenido a bien concederle a sus 85 años. Pero era inevitable que su discurso tuviera un matiz nostálgico al recordar al gran amor de su vida. Mientras acariciaba la estatuilla, Bacall clavaba la vista en el atril, esperando que Bogart le silbara las palabras que tenía que pronunciar. También hubo recuerdos para Gregory Peck, Kirk Douglas y John Huston, los otros hombres que han marcado su trayectoria ante las cámaras; pero, lógicamente, a años luz de su coprotagonista en Tener y no tener (1944).
El discurso de Bacall duró casi cinco minutos. La presentación de Anjelica Huston, otros cinco. Me parece destacable. Todo el mundo critica que el Oscar honorífico se haya entregado en una ceremonia aparte, sin el ruido ni la expectación que habrá en la alfombra roja del teatro Kodak el próximo 7 de marzo. Pero miremos el lado positivo: ¿De cuánto tiempo habría dispuesto Lauren en la gala oficial? ¿40 segundos? ¿Un minuto, por ser quién es? Quizá haya sido mejor así, tanto para ella como para el resto de homenajeados (John Calley, Roger Corman y Gordon Willis). Una ceremonia más acogedora, en la que no han faltado invitados de primer nivel como Tom Hanks o Quentin Tarantino, y en la que han podido explayarse a gusto. Además, los organizadores han asegurado que el 7 de marzo volverá a recordarse el ‘momento Bacall’. Conclusión: ya me parecía una buena idea y, visto lo visto, me reafirmo.
Os recomiendo que cliquéis en el enlace de abajo y veáis la entrega del Oscar a Bacall, que demostró un gran sentido del humor para cerrar su intervención: “Me alegro de estar viva… Lo cual debe haber sorprendido a alguno de los presentes.”
Vía | Oscars.org
Foto | Reuters
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Un cabreo de cine (parte II)
He aquí la segunda parte del cabreo que inicié ayer; os prometo que a partir de mañana volveré a escribir sobre cine clásico, que para eso se supone que visitáis este blog. Decía que este segundo capítulo iba a tratar sobre el plagio en internet y, más concretamente, de la gente que se aprovecha del esfuerzo de los demás para su propio beneficio.
Todos los contenidos de Plumas de Caballo son originales. Puede haber entradas con mayor o menor elaboración, dependiendo básicamente del tiempo disponible; éste es un blog amateur y, como tal, está condicionado por la agenda de quien suscribe o de quien se encarga de su diseño y mantenimiento técnico. Pero nunca, en ninguno de los 304 posts publicados hasta la fecha, he tenido la desvergüenza de copiar palabra por palabra lo que he leído en otros blogs o páginas webs. Cuando me sirvo de una noticia de otro portal, procuro coger solamente los puntos básicos y enfocarlos desde otro punto de vista, expresar mi opinión o aportar nuevos datos. Siempre cito la fuente y la enlazo, por si queréis contrastar la versión original. Y si ésta no aparece es porque el post es cien por cien original, como ocurre con las críticas.
No me molesta que haya ‘bloggers’ que cojan textos de Plumas de Caballo, los adapten y los utilicen para sus bitácoras; ni siquiera me importa que los copien literalmente (aunque me parece feo) siempre que los enlacen a la fuente original. Vamos, que no soy de la SGAE ni pretendo serlo. Pero sí me parece denunciable que haya personas con la cara tan dura como para apropiarse de tus textos, palabra por palabra, y no darte ni las gracias.
Nov
Un cabreo de cine (parte I)
Plumas de Caballo lleva 14 meses on line con más de 300 posts de cine clásico publicados. Esta es la primera vez que voy a desviarme de la temática del blog. Me váis a permitir que, en los próximos dos artículos, libere un cabreo de cine que se ha ido formando en mi interior y que necesito expresar por escrito, única manera de no acabar en la cárcel. El cabreo es extenso, así que lo he dividido en dos posts: el primero trata sobre la (mala) educación de la gente en el cine y el segundo, sobre el plagio en internet. Por supuesto que os invito a comentar, criticar y rebatir todo lo que creáis conveniente; este blog es tan mío como vuestro.
Empezaré con un ejemplo que sirve para ilustrar la primera parte de mi cabreo. Anoche fui a un cine de Barcelona a ver 2012 en compañía de mi Margaret Dumont particular. Sesión de las 22 horas, sala casi llena. A nuestra derecha se sientan dos chicas jóvenes que llegaron por los pelos, cargadas de palomitas, nachos y refrescos, y tardaron lo suyo en encontrar las butacas que les habían asignado. Empieza la película y ellas empiezan a hablar con un soniquete que poco a poco va colmando tu paciencia. Todo les parece digno de ser comentado en voz alta. Margaret y yo aguantamos, estoicos, esperando que la película llegue a las escenas ruidosas para dejar de oir sus cotilleos. Pero entonces ocurre algo peor: a una de ellas le suena el móvil. Y, ¿qué hace? Pues contestar, claro: “¡Hola! Estoy en el cine, viendo 2012.” Y acto seguido, le pasa el móvil a su amiga, supongo que para corroborar la historia.
No es la primera vez que me ocurre esto en una sala de cine, ni la segunda, ni la quinta. Es algo cada vez más habitual. Ya sé que generalizar es injusto, que hay gente que va a disfrutar de la película sin molestar a los demás. Pero son tantos los ejemplos que podría explicar, que me dan ganas de afirmar que los espectadores son unos maleducados. Todos, en algún momento, sentimos la necesidad de comentar una escena con la persona que se sienta a nuestro lado; o soltar una carcajada en una secuencia particularmente divertida. Eso es normal y hasta cierto punto entra en la experiencia conjunta que supone ver una película, ese acto de comunidad que es ir al cine. Pero hay momentos y momentos, y sobre todo hay formas y formas. A las chicas de ayer se las podía oir perfectamente una o dos filas más allá, como demuestra el hecho de que en el absurdo intermedio de 2012 no fuimos los únicos que buscamos un par de butacas lo más lejos posible de ellas.




















