Archivo de marzo, 2010
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Centenario de Claire Trevor
Teníamos pendiente desde el lunes el centenario de otra actriz del cine clásico: Claire Trevor. Rubia, de raíces francesas e irlandesas y con una voz rasgada que fue su sello característico en los ‘film noir’ que protagonizó en la década de los cuarenta, supo interpretar a mujeres de carácter, difíciles y peligrosas, con una solvencia extraordinaria. No es extraño que Joan Crawford la quisiera como oponente en ‘Johnny Guitar’. Seguro que lo habría hecho tan bien como Mercedes McCambridge.
Claire Wemlinger nació en la Quinta Avenida de Nueva York el 8 de marzo de 1910. Tuvo una infancia relativamente cómoda y, cuando su padre se quedó sin trabajo por culpa de la Gran Depresión, ella lo compensó convirtiéndose en una de las actrices mejor pagadas de los años treinta. Estuvo a sueldo de la Warner Bros. y -para que veáis si tenía caché- lideró el reparto de ‘La diligencia’ por delante de John Wayne; por tanto, cobró bastante más. En este famoso western de John Ford, Trevor encarnó a una bailarina que buscaba el amor en los sórdidos locales nocturnos del Salvaje Oeste. En su química con Wayne residió gran parte del éxito de la película.
Como apuntábamos al principio del post, en los cuarenta se especializó en ‘femme fatale’ al intervenir en grandes películas del género criminal como ‘Historia de un detective’ (Edward Dmytryk, 1944) o ‘Cayo Largo’ (John Huston, 1948). De ésta última destaca la escena en que es humillada por el gángster que interpreta Edward G. Robinson, el cual la obliga a cantar ‘a capella’ una canción titulada ‘Moanin’ Low’. La credibilidad de Trevor le aupó al Oscar a la Mejor Actriz de Reparto, única estatuilla que ganó en toda su carrera, si bien también obtuvo nominaciones por ‘Dead End’ (1937) y ‘Escrito en el cielo’ (1954). Además, en 1957 se llevó el Emmy por su participación en el episodio ‘Dodsworth’ de la serie ‘Producer’s Showcase’.
La televisión y el teatro fueron sustituyendo paulatinamente las apariciones de Trevor en la gran pantalla, hasta su retirada definitiva a mediados de los ochenta. Pero su compromiso con las artes escénicas la llevaron a ella y a su tercer marido (Miton H. Bren) a donar 10 millones de dólares a la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de California. Cuando Claire murió en Newport Beach el 8 de abril de 2000, a los 90 años, la Escuela se rebautizó con su nombre. Actualmente, la institución alberga en sus vitrinas el Oscar de ‘Cayo Largo’ como recuerdo de una actriz que se mostró siempre dura como una roca.
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A vueltas con la misteriosa muerte de Natalie Wood
Ya sabéis que en Plumas de Caballo no somos muy dados a la crónica negra, pero hay casos y noticias que merecen la pena comentar cuando las afectadas son estrellas del cine clásico. No, en esta ocasión no hablamos de Marilyn Monroe -qué descanso- sino de la extraña muerte de Natalie Wood, ocurrida el 29 de noviembre de 1981, cuando tenía 43 años. Su hermana, la actriz Lana Wood, y el capitán del yate del que teóricamente resbaló para ahogarse en el mar, Dennis Davern, han pedido a las autoridades de Los Ángeles que reabran el caso. 28 años después, la muerte de Natalie sigue coleando.
Recordemos la versión oficial de los hechos. Natalie estaba a bordo del ‘Splendour’ (bautizado así por su éxito cinematográfico ‘Esplendor en la hierba’) en compañía de su marido, Robert Wagner, y del también actor Christopher Walken, con el que estaba rodando una nueva película. Natalie se habría levantado de madrugada, habría visto un bote salvavidas desatado y, al intentar agarrarlo, se habría caído al agua. La actriz no sabía nadar y, como reconoció su hermana, tenía un miedo atroz al mar abierto; de ahí que se ahogara. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente a 1.500 metros de distancia. Llevaba puesto el camisón.
La policía de Los Ángeles sostiene esta teoría, que dicho sea de paso también es la menos comprometida. Pero las declaraciones de los otros integrantes del yate han abierto la caja de los truenos. Primero Robert Wagner reconoció que esa misma noche había discutido con su mujer y que sentía celos de lo bien que se llevaban ella y Christopher Walken. También dijo que tardó cinco horas en denunciar su desaparición porque pensaba que se había ido de fiesta a otro yate y no quería escándalos públicos.
Sin embargo, a la hermana de Natalie nunca le han convencido sus explicaciones, y mucho menos cuando el capitán Davern publicó el pasado mes de septiembre su versión de los hechos, señalando el ahogamiento de la actriz como “consecuencia directa” de su pelea con Wagner. Ahora, Lana ha pedido en una entrevista en la cadena CNN que el juez haga caso a este testimonio y revise el expediente. Pero parece poco probable que Wagner, a sus 80 años, tenga que enfrentarse de nuevo a la acusación de homicidio.
Vía | EFE
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Ciclo Cara de Poker: ‘El destino también juega’ (1966)
Si en el primer capítulo de nuestro ciclo describimos las angustiosas timbas de ‘El hombre del brazo de oro’, ahora nos centramos en una película que es una gran partida de poker del primer al último minuto. ‘El destino también juega’ fue dirigida por Fielder Cook en 1966 a partir de un guión de Sidney Carroll y contó con un extraordinario reparto en el que figuraban curtidos rostros del western como Jason Robards, Charles Bickford o Paul Ford, y dos estrellas de primer nivel como Joanne Woodward y Henry Fonda.
El ritmo inicial de la película es trepidante. Vemos a Charles Bickford vestido de enterrador, conduciendo una diligencia fúnebre a toda velocidad por las Grandes Llanuras. De vez en cuando se detiene para recoger a otro hombre, lo sube al carro y prosiguen la marcha. Así hasta llegar a Laredo, donde descubrimos qué tienen estos hombres en común: los cinco son unos artistas en jugar al poker en Texas. Se reúnen una vez al año para desplumarse los unos a los otros mientras los borrachos del bar mantienen el alma en vilo.
Dado que es un western con mucha comedia, los estereotipos de cada jugador son divertidos. Henry Drummond (Robards) es el favorito, seguro de sí mismo, enérgico y nervioso. Benson Tropp, el enterrador Bickford, proyecta una imagen lúgubre reforzada por su misoginia. Otto Habershaw (Kevin McCarthy) es un cínico guaperas que aparenta tener sentimientos. Dennis Wilcox (Robert Middleton) es un gordo bravucón que defiende las reglas del Viejo Oeste. Y Jesse Buford (John Qualen), un tímido jugador que no se fía ni de su sombra.
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Estrenos en DVD: Marzo 2010 (I)
Este mes nos vemos obligados a dividir en dos capítulos la sección de estrenos de cine clásico en DVD. Bueno, más que obligados, tendríamos que decir que nos sentimos agradecidos de hacerlo, porque eso significa que hay mucho donde escoger. Para empezar nos quedaremos con la nueva colección Cinema Classics de Universal Pictures, compuesta por seis películas que salen a la venta el próximo 11 de marzo con un diseño resultón, a un precio de 11,99 euros y, lamentablemente, sin extras. Los títulos son los siguientes:
‘El signo de la cruz’ (Cecil B. DeMille, 1932). Esta película completó la trilogía bíblica de DeMille, que antes había estrenado ‘Los diez mandamientos’ (1923) y ‘Rey de reyes’ (1927). Una gran oportunidad para ver a Charles Laughton haciendo de Nerón en el momento en que los cristianos son condenados a la arena del circo acusados de haber provocado el incendio de Roma. Fredric March y Claudette Colbert son los otros nombres fuertes del reparto. La Paramount se gastó 45.000 dólares en decorados y 10.000 en vestuario, pero no compró con ello los favores de la Academia, que solo le concedió una nominación a la Mejor Fotografía, responsabilidad de Karl Strauss.
‘Una chica angelical’ (William Wyler, 1935). Margaret Sullavan protagoniza esta comedia romántica basada en un obra de teatro húngara. Ella es ‘Lu’ Ginglebuscher, una huérfana que abandona Budapest para trabajar como acomodadora de cine en Hollywood. Allí conocerá a varios hombres (entre ellos Herbert Marshall y Frank Morgan), que intentarán ganársela de forma más o menos sincera. ‘Lu’, que tiene un gran corazón, querrá contentarlos a todos porque cree que los cuentos de hadas pueden hacerse realidad. Yo no la he visto, pero con este argumento, lo único que me llama la atención es que lleve el sello del señor Wyler.
‘Las cruzadas’ (Cecil B. DeMille, 1936). Otra fastuosa producción de DeMille que también tuvo que conformarse con la nominación al Oscar en la categoría de Mejor Fotografía, en este caso por el trabajo de Victor Milner. En el rodaje hubo extras heridos y caballos muertos, pero DeMille, fiel a su estilo, reaccionó con indiferencia y siguió exigiendo por encima de lo ético… hasta que un actor se hartó y le disparó una flecha que se clavó en su megáfono. Como indica su título, el film describe el viaje de Ricardo Corazón de León (Henry Wilcoxon) a las cruzadas, su interesado matrimonio con la princesa Berengaria (Loretta Young) y su duelo con el sultán Saladín (Ian Keith).
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‘La mujer del cuadro’ (1944)
Teníamos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el recuerdo a la actriz Joan Bennett con motivo de su centenario, así que vamos a saldar esa deuda cuanto antes. Estamos ante una de las mejores películas de Bennett; sin embargo, pongo en duda que también lo sea de su director, Fritz Lang. Creo que el vienés cuenta en su filmografía con obras más notables que ‘La mujer del cuadro’, donde recoge de manera soberbia los principales ingredientes de la atmósfera ‘noir’ pero donde también descuida el guión hasta convertirlo en un simple -aunque agradable- pasatiempo. Por eso me parece más interesante la película que cierra esta especie de díptico sobre las ‘femme fatales’, rodada al año siguiente bajo el título de ‘Perversidad’, en la que aparecen prácticamente los mismos actores y actrices protagonistas.
La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los hombres de bien pegan una patada a sus esposas e hijos en cuanto se les presenta la oportunidad y se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos pero, lógicamente, sin emoción alguna.
Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el solitario cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo -y unas cuantas copas- y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica ligera de cascos (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularle y que no tendrá más remedio que matarlo clavándole unas tijeras.
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Centenario de David Niven
Sé que tenemos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el reportaje del centenario de Joan Bennett, pero las efemérides se nos agolpan en el calendario. Si el sábado recordábamos los 100 años del nacimiento de la actriz, este lunes tenemos que hacer lo propio con el actor David Niven. Le recordaréis por su cara de aristócrata granujilla, por ser el rival del inspector Clouseau en ‘La pantera rosa’, por su inconfundible bigote y por su acento británico. Pero, además, tras el actor había una persona muy interesante, con una vida más complicada de lo esperado y que pocas veces se mordía la lengua.
David Niven nació en Londres el 1 de marzo de 1910 y, aunque rodó algunas películas de poca importancia en su país natal, a los 24 años se trasladó a Hollywood para escalar hacia la cima del séptimo arte. En sus primeros filmes en Estados Unidos se limitó a ser un notable secundario de héroes como Errol Flynn, Ronald Colman o Gary Cooper, pero ya a finales de los treinta consiguió hacer sombra a Laurence Olivier en ‘Cumbres borrascosas’ o ser la pareja de Ginger Rogers en ‘Mamá a la fuerza’. Pero justo cuando su carrera parecía encarrilada, la Segunda Guerra Mundial iba a provocar un parón.
La guerra había estado presente en la vida de David Niven desde que era un crío, ya que su padre escocés fue teniente en la Primera Guerra Mundial y falleció durante la batalla de Gallipoli. Es de suponer que David sintió el impacto de su pérdida, pues ya tenía cinco años. Quizá espoleado por ello, cuando Inglaterra fue atacada por Hitler cogió el primer avión con destino Londres para ayudar en lo posible a la victoria de los aliados. Este hecho, lejos de frenar su carrera, le hizo ganarse el respeto de los americanos. Cuando regresó a Hollywood, en 1945, recibió la Orden del Mérito de los Legionarios y fue nombrado teniente por el mismísimo general Eisenhower.
Niven jamás olvidaría el horror que habían visto sus ojos, hasta el punto de que nunca habló de la guerra en público ni alardeó de sus hazañas. La razón es que, cuando fue a Inglaterra, unos amigos le encargaron que buscara las tumbas de sus hijos. Las encontró en el lugar previsto… junto a otras 27.000. Entonces Niven se dijo a sí mismo que tenía 27.000 razones por las cuales no debía contar nada.




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