Drama

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26
Feb

Ciclo Cara de Poker: ‘El hombre del brazo de oro’ (1955)

El hombre del brazo de oro

Abrimos un nuevo ciclo en Plumas de Caballo. Os recuerdo que por ahí anda el especial de Historia de los Oscars, que espero terminar antes de jubilarme (próximamente, el último capítulo de la gala de 1929). Pero aún nos quedan energías para dar el pistoletazo de salida a otra sección, dedicada fundamentalmente a las partidas de poker más interesantes del cine clásico. Bienvenidos pues a nuestro ciclo Cara de Poker.

La primera timba que vamos a desmenuzar es la que protagonizó Frank Sinatra en ‘El hombre del brazo de oro’, película de gran calidad dirigida por Otto Preminger en 1955 y que contó con dos actrices espectaculares en su reparto: Kim Novak y Eleanor Parker, además del entrañable Arnold Stang. Es una cinta sórdida, que trata el infierno de las drogas con la crudeza que permitía la censura de la época y en la que Sinatra encarna a Frankie Machine, un jugador dotado de una habilidad extraordinaria para desplumar a sus rivales, lo que le convierte en el arma favorita de quienes le explotan sin compasión a cambio de una dosis.

El local donde tienen lugar los juegos de poker -justo enfrente de la casa de Machine- es igualmente tétrico. Se accede por una puerta trasera, apenas hay iluminación y el humo de los cigarrillos genera una espesa niebla mientras el sudor empapa las camisas de los jugadores. Frankie, que ejerce de banquero, reta a uno o varios apostantes y les vacía los bolsillos poco a poco, sin prisa pero sin pausa, como si supiera en cada momento qué cartas de la baraja está repartiendo y cuáles tienen cada uno de sus oponentes. Finalmente, cuando a éstos ya no les queda ni el orgullo, la partida se da por acabada y Frankie recibe una pequeña cantidad de dinero por los servicios prestados.

La timba principal de ‘El hombre del brazo de oro’ enfrenta a Frankie con dos mafiosos de altos vuelos que creen que podrán hacer picadillo a ese flacucho banquero por muy bueno que sea manoseando la baraja. Y una vez más, Frankie parece salirse con la suya, venciendo con facilidad las primeras rondas, amasando una verdadera fortuna en un par de horas.


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27
Ene

‘La rodilla de Claire’ (1970)

La rodilla de Claire

Hace ya un par de semanas que falleció Eric Rohmer, el críptico cineasta francés impulsor de la Nouvelle Vague. Dijimos entonces que, para homenajearle, recuperaríamos alguna de sus películas más conocidas en forma de post. Finalmente, me he decantado por ‘La rodilla de Claire’, que se encuadra dentro de sus ‘Cuentos morales’. La vi hace tiempo y me hizo dormir como un tronco, pero como soy partidario de dar segundas oportunidades a aquellas obras que los expertos consideran maestras, hice un segundo intento tras la muerte de Rohmer. La única diferencia positiva es que esta vez aguanté despierto hasta el final.

No me gusta atacar una película por su lentitud. Considero que el ritmo puede ser igual de bueno tanto si es trepidante como si va a paso de tortuga. Pero si el ritmo es lento, pausado y reflexivo, detrás tiene que haber algo que enganche, que invite al espectador a mecerse en la historia que van tejiendo los protagonistas. En el caso de ‘La rodilla de Claire’, mi único interés era saber cuánto quedaba para terminar el suplicio. Intentaré explicarme un poco mejor en las próximas líneas.

La acción tiene lugar en Annecy, un pequeño pueblo situado en el corazón de los Alpes franceses, a principios del mes de julio. Allí se encuentran por casualidad dos viejos amigos que compartieron muchas cosas en el pasado: el bohemio Jérôme (Jean-Claude Brialy), que se acerca a los 40 y está a punto de casarse; y la novelista italiana Aurora (Aurora Comu), que pasa unos días en la casa del lago, propiedad de la señora Walter (Michèle Montel). Jérôme decide que la mejor manera de apurar sus últimos días de soltero es hospedarse también en la casa, recuperando la íntima confianza que le proporcionaba Aurora. Sin embargo, ella parece más interesada en utilizarle como fuente de inspiración para su nueva novela, y le reta a resistir el atractivo de Laura y Claire (Béatrice Romand y Laurence de Monaghan), las hijas adolescentes de la señora Walter.

Bajo mi punto de vista, lo más conseguido de la película es la manera en que Rohmer dibuja la historia. Hablo de forma literal ya que, gracias a la fotografía de Néstor Almendros, el director crea un cuadro que podría pasar por impresionista, en el que las figuras cobran vida y se integran en el majestuoso paisaje alpino; fijaos en el detalle de que las mujeres suelen llevar vestidos de colores llamativos o estampados de flores. Es como si nos pusiéramos delante de una obra de Monet y ésta empezara a moverse, contándonos su propia historia.


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29
Nov

‘Hasta el fin del tiempo’ (1946)

Guy Madison y Dorothy McGuire en Hasta el fin del tiempo

Que los problemas nacionales no se habían acabado con la victoria en la Segunda Guerra Mundial era algo que los estadounidenses sabían muy bien. Incluso en un lugar tan impersonal como Hollywood surgían ideas para golpear la conciencia de los espectadores, para servirles en platos de mal gusto los dramas personales de los soldados que no podían escapar del horror de la guerra aunque Hiroshima y Nagasaki ya hubieran dejado de humear. Quizá fue William Wyler quien mejor nos habló de ello en Los mejores años de nuestra vida, pero no fue el único: Edward Dmytrik hizo lo propio ese mismo año con Hasta el fin del tiempo.

La película se basa en una novela de Niven Busch y arranca en la base militar de San Diego, donde tres soldados reciben la licencia que les convierte oficialmente en veteranos de guerra. Guy Madison -un ex oficial de la Marina- encarna a Cliff Harper, un joven que ha visto cómo los tres años en el frente han roto su sueño de convertirse en ingeniero, haciéndole vivir en un hastío permanente del que ni sus padres pueden sacarle. Al menos está de una pieza; su amigo Perry (Bill Williams) no puede decir lo mismo, ya que le han tenido que amputar las dos piernas. Huelga decir el infierno por el que está pasando junto a su madre.

El tercer protagonista es William Tabeshaw, interpretado por la flamante estrella de la RKO en aquellos momentos: Robert Mitchum. También él ha vuelto de la guerra lisiado, con una placa de plata inscrustada en la parte posterior de la cabeza. Aún así, es el más optimista de los tres. Creció en una zona rural del Medio Oeste y es ahí adonde quiere regresar, para ocuparse de su propio rancho y tener contenta una hipotética esposa. Hacía muy poco que Mitchum había vuelto de la guerra -no estuvo en primera línea de combate pero sí en las enfermerías donde curaban a los soldados- y quizá por ello se implicó en gran medida con su personaje, al que dotó de una naturalidad extraordinaria.


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23
Nov

‘Esplendor en la hierba’ (1961)

Esplendor en la hierba

“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba; aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre perdura en el recuerdo.”

Tan romántica como los versos de William Wordsworth es Esplendor en la hierba, una de las mejores películas -puede que la mejor- de Elia Kazan. Es la historia de un amor entre adolescentes que crecen bajo la estricta vigilancia de sus padres y no entienden por qué deben seguir una línea determinada cuando sus corazones les piden lo contrario. Esa confusión les atormenta hasta la locura y les hace estar en boca de la hipócrita sociedad de Kansas inmediatamente anterior al crack del 29. Es una película tan pasional como una obra de Shakespeare; no en vano llena la firma de William Inge, ganador del Pulitzer por Picnic y que, a la postre, también se llevaría el Oscar al mejor guión original.

Por un lado tenemos a los Loomis, una familia humilde compuesta por un padre apocado, una madre represiva y una sola hija, Deanie (Natalie Wood), que parece conforme con la austera educación que le han inculcado. Y por otro lado están los Stamper, nuevos ricos gracias a las acciones del petróleo, con un padre obsesionado por el éxito que ahoga las pretensiones de su mujer y de su hijo Bud (Warren Beatty), pero que no puede meter en cintura a su otra hija, Ginny, lo cual le carcome por dentro.

Deanie y Bud salen desde hace algún tiempo. Son una de las parejas más populares del instituto, sobre todo porque él es el capitán del equipo de fútbol americano. Están en el punto de mira y, además, empiezan a tener problemas por el sexo. Bud siente la necesidad de aliviarse con ella, alentado por su padre, que cree que así reafirmará su masculinidad y ahuyentará su imagen de chico introvertido. No es que Deanie no quiera corresponderle, pero se rige por las estrictas reglas de su madre, que divide el mundo en buenas y malas chicas: las que esperan hasta el matrimonio (y sólo con el objetivo de procrear) y las que no. Y Deanie no quiere defraudarla, ni mucho menos que los vecinos cuchicheen a sus espaldas.


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12
Oct

‘Pandora y el holandés errante’ (1951)

Pandora y el holandés errante

Tossa de Mar es un pequeño pueblo de la provincia de Girona que tiene algo menos de seis mil habitantes censados y muchos, muchísimos turistas durante el año, sobre todo en verano. Pese a ello, mantiene un encanto especial que cuesta de encontrar en otros pueblos de la Costa Brava catalana. Así que imaginaos cómo debía ser hace medio siglo: seguro que hacía honor al apelativo de ‘Paraíso azul’ que le impuso el pintor francés Marc Chagall.

Si vais a Tossa y subís al castillo que corona la zona fortificada del pueblo, tarde o temprano os encontrareis con una estatua de Ava Gardner; la actriz, a tamaño natural, observa la playa que se extiende a sus pies con un gesto entre soñador y desafiante. Tras hacernos la foto de rigor, toca preguntarse a qué se debe la presencia de Ava en este rincón de Catalunya. Pues resulta que aquí estuvo ella en el verano de 1950, rodando la película Pandora y el holandés errante junto a James Mason y gozando al máximo de la bohemia.

Ava aceptó el papel de Pandora porque notó que tenía muchas cosas en común con aquella mujer, pero también porque representaba una excusa perfecta para escapar de su inestable pareja -Frank Sinatra- y sumergirse en la magia de las noches españolas, que la volvían loca. La película estaba escrita y dirigida por Albert Lewin, director admirado por los surrealistas, que quiso rodar su propia versión de la leyenda del holandés errante, ese marino condenado a vagar sin rumbo por los océanos que sólo podrá descansar cuando encuentre a una mujer capaz de morir por su amor. Lo habeis adivinado: esa mujer era Ava Gardner y el hombre maldito, James Mason.


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14
Sep

‘El último tango en París’ (1972)

El último tango en París

Mantequilla. Esa es la primera palabra que nos viene a la cabeza cuando pensamos en esta película. Y no precisamente por cuestiones gastronómicas. Cientos de españoles cruzaron la frontera francesa en 1972 para ver cómo Marlon Brando desvirgaba a Maria Schneider por el agujero prohibido. Aquí todavía imperaba la moral del régimen, es decir, la censura. Por eso, con el paso del tiempo, El último tango en París ha adquirido el rango de película de culto y ha extendido su leyenda urbana: ¿Sabía la joven Maria -20 añitos- que Bertolucci y Brando habían planeado la escena a sus espaldas? El caso es que, desde entonces, al abrir la nevera miramos la mantequilla con otros ojos.

Sin embargo, a diferencia de lo que nos encontramos hoy en día en la mayoría de las películas que pretenden incomodar al espectador, la escena de marras no es gratuita. Bertolucci la utiliza para explicar la frustración de Paul, el director de un hotel de París cuya esposa acaba de suicidarse cortándose las venas en la bañera. Da la impresión de que Paul, de casado, vivió a la sombra de su mujer, que lideraba el negocio, y de una familia política que no le tragaba. Ni siquiera reaccionó cuando se enteró de que le ponían los cuernos.

Sumido quizá en estos pensamientos, Paul deambula por un París decadente -buen trabajo del fotógrafo Vittorio Storaro- cuando se cruza con una chica a la que atrapa en un viejo apartamento. A Paul no le interesa saber quién es, cómo se llama, ni a qué se dedica, y solo le deja hablar de su vida si omite los detalles que revelarían su identidad. Lo único que desea es usarla para liberar todos los sentimientos que reprimió con anterioridad. Ella, prometida con un director de pacotilla que quiere convertirla en estrella de cine (el personaje de Jean-Pierre Léaud es un certero aguijonazo de Bertolucci a las ínfulas de la ‘nouvelle vague’), acepta el juego del hombre anónimo y se somete a su voluntad, probablemente porque sospecha que ahí y no en la charlatanería de su novio es donde está la vida real.


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7
Sep

‘Amarga victoria’ (1939)

Amarga victoria

Cada género cinematográfico tiene su rutina y su imaginería. Cuando uno ve un western, espera indios, vaqueros, duelos al sol, burdeles y paisajes desérticos. Si vemos un film noir, es probable que nos encontremos con asesinatos, mujeres fatales, sombríos detectives y persecuciones en coches negros a altas horas de la madrugada. En realidad no importa que estos elementos se repitan; la gracia reside en la profundidad de los personajes, en el guión original o adaptado y en la maestría del director a la hora de contarnos esa historia. Por ello hay tantas buenas películas con elementos comunes o similares.

Sin embargo, hay un género cuya idiosincrasia me resulta difícil de tragar: el melodrama. Sé que hay que aceptarlo tal como es, o sea, un género excesivo en el plano sentimental, donde los actores se muestran afectados permanentemente. Son historias románticas, poco agradecidas con la sutileza y la contención de sus personajes. Quieren poner la piel de gallina al espectador por la vía directa, mostrando sollozos, miserias y engaños, provocando ríos de lágrimas en el patio de butacas. Hoy en día está prácticamente desahuciado, quizá porque la aséptica sociedad en la que vivimos lo encontraría ridículo.

Hago esta pequeña reflexión como introducción a mi crítica de Amarga victoria para dejar claros mis prejuicios hacia el melodrama y, por tanto, la subjetividad con la que escribo estas líneas. Claro que, por otro lado, todas las críticas de cine son la opinión de alguien y cada uno les da la importancia que cree conveniente en función de la valía del crítico en cuestión, cosa que no soy ni, de momento, aspiro a ser.


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22
Ago

‘Marty’ (1955)

Betsy Blair y Ernest Borgnine en Marty (1955)

He de reconocer que tenía un mal presentimiento con Marty. El DVD llevaba varios meses pasando de una estantería a otra, sin que me decidiera a ponerlo. Siempre había otra película clásica que me parecía más interesante por descubrir o por revisar. Pero con 35 grados a la sombra uno quiere algo fresquito y ligero, y si va acompañado de ocho nominaciones al Oscar (con premios a la mejor película, al mejor actor principal y al mejor director), parece que nada puede fallar. El caso es que Marty fue un gran remedio contra el calor porque me dejó… frío.

A lo mejor es que había aborrecido el film antes de verlo por la buena prensa que tiene. Es posible; todas las críticas son subjetivas y el contexto en que ves una película influye más de lo que nos pensamos. Pero por más vueltas que le doy y más méritos que intento encontrarle, no conecté con Marty.

El argumento es de una sencillez aplastante. Marty (Ernest Borgnine) es el patito feo de una familia de raíces italianas afincada en Nueva York. Tiene 34 años, trabaja como carnicero y es el único de seis hermanos que todavía no ha conocido el amor. Cada sábado por la noche intenta ligar con alguna chica, pero todas le rechazan por su falta de atractivo físico.

Marty debe luchar contra su complejo y, además, soportar la presión de quienes le instan a casarse de una vez por todas, empezando por su madre. Hasta que, por fin, le sonríe la fortuna. De forma totalmente casual conoce a Clara Snyder (Betsy Blair), una joven profesora de Brooklyn que se encuentra en una situación parecida: ni viste a la moda, ni tiene un rostro hermoso, ni sabe mover las caderas de manera sensual. Los dos adefesios (como gustan de llamarse) se enamoran a pesar del rechazo que provocan en la hipócrita sociedad que les rodea, incluyendo a amigos y familiares.


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24
Jul

‘Un lugar en el sol’ (1951)

Un lugar en el sol (1951)

En 2005, Woody Allen dirigió una de las mejores películas de su extensa filmografía: Match Point. Aquella reflexión sobre las pasiones subterráneas, el bien y el mal, los deberes sociales y la hipocresía de la justicia, mereció sin duda la nominación al Oscar al mejor guión original, aupada por una sensual Scarlett Johansson (en su segunda mejor interpretación tras Lost in translation) y por los fragmentos de ópera de los que se nutría la banda sonora.

Anoche vi Un lugar en el sol por primera vez y la mayor parte del tiempo me recordó a Match Point. La situación, los personajes, el desarrollo de la trama… Con algunos matices, creo que la película de George Stevens tiene muchos puntos en común con la de Woody Allen. Sin embargo, Stevens se basó en la novela de Theodore Dreiser An American tragedy, que ya había sido llevada a la gran panatalla por Josef von Sternbeg en 1931.

Como ocurría en Match Point con Jonathan Rhys Meyers, el protagonista de Un lugar en el sol es un joven apuesto e introvertido que por cuestiones familiares entra a formar parte de la burguesía. Se trata de George Eastman (Montgomery Clift), sobrino del dueño de una multimillonaria marca de bañadores que causan furor en Estados Unidos. Eastman dejará de lado a su religiosa madre para escapar de la pobreza y ascender poco a poco en la compañía de su tío.

Al cabo de unos meses, Eastman inicia una relación con Alice (Shelley Winters), una humilde obrera de su mismo departamento que apenas tiene dinero para pagar el alquiler de su habitación. Su amor es clandestino porque las relaciones entre empleados están prohibidas, pero todo marcha bien hasta que aparece Angela Vickers (Elizabeth Taylor), una bella muchacha de clase alta, amiga de los Eastman, que roba el corazón de George. Y éste, en lugar de cortar por lo sano, alarga la mentira hasta que sucede lo inevitable: cuando quiere desprenderse de Alice, ésta le comunica que está embarazada.


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18
Jul

‘Belinda’ (1948)

Belinda (1948)

Jane Wyman tenía 31 años cuando Belinda le proporcionó el único Oscar de su carrera. Era la segunda vez que estaba nominada y aún lo estaría en otras dos ocasiones. Wyman subió al estrado, recogió la estatuilla y pronunció unas sencillas palabras: “He ganado este premio por mantener la boca cerrada y eso es lo que voy a hacer otra vez.” Acto seguido, volvió rápidamente a su butaca entre los aplausos y las risas del público. La joven con cara de mujer mayor (como la definió Terenci Moix) ya había llegado a la cima del séptimo arte.

El chiste de Wyman venía a cuento porque en Belinda había interpretado a una sordomuda que vivía con su padre (Charles Bickford) y su tía (Agnes Moorehead) en un solitario molino de una isla de Nueva Escocia, Canadá. La precariedad económica y los prejuicios de sus vecinos habían convertido a la familia McDonald en una especie de apestados, mientras Belinda crecía en el más completo analfabetismo y era conocida como la tonta del pueblo, mote por el que también se referían a ella su padre y su tía.

Todo cambia a partir de la llegada del doctor Robert Richardson (Lew Ayres), un hombre que se rige por sus propios principios, que no cree en las supersticiones religiosas del lugar y tiene una mente liberal. Cuando, por casualidad, conoce a Belinda, siente el impulso de ayudar a aquella muchacha a tener una vida mejor. Con el beneplácito del padre, sorprendido de que su hija sea capaz de comunicarse con los demás, le enseña el lenguaje de signos. Los progresos de Belinda son excelentes, pero sufrirá un shock al ser violada por el pendenciero Locky McCormick (Stephen McNally).


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