Intriga
may
‘Sompras de sospecha’ (1961)
Dado que el próximo viernes, 13 de mayo de 2011, se cumplirán 50 años de la muerte de Gary Cooper, esta semana era casi obligatorio rescatar alguna película de su rica y extensa filmografía. Pero para ser un poco originales y no quedarnos con los andares crepusculares de ‘Solo ante el peligro’ (1952) o con alguna de las otras cuatro cintas que le reportaron sendas nominaciones al Oscar, nos hemos quedado con su canto del cisne en esto del séptimo arte; con una película que se estrenó, de hecho, un mes después de su prematuro adiós. Hablamos de ‘Sombras de sospecha’.
Es probable que los más allegados ya se prepararan para la inmente muerte de Gary Cooper. Hacía casi una década que flirteaba con el cáncer, precisamente desde ‘Solo ante el peligro’. Pero ahora el fatídico desenlace se sentía más cerca que nunca. El rodaje de ‘Sombras de sospecha’ fue una tortura para él, hasta el punto de que entre toma y toma debía ser conectado a una bombona de oxigeno que le hiciera recuperar el aliento. Es decir, que Cooper estaba en el peor momento físico de su carrera y eso repercutió en la calidad de la película, si bien a ésta le faltaban otros elementos para convertirla en un producto digno de recordar.
Los carteles publicitarios de ‘Sombras de sospecha’ pedían a los espectadores que no pestañearan durante los créditos iniciales, porque ahí se empezaba a explicar la historia. En efecto, en esos segundos, en mitad de la fanfarria, vemos cómo un hombre que suponemos acaudalado es asesinado de un navajazo en el vientre. George Radcliffe (Cooper), empleado del muerto, testifica en contra de un compañero que sin duda tuvo que ser el asesino (Ray McAnally). Sin embargo, a la esposa de Radcliffe (Deborah Kerr) le remuerde la conciencia cada vez más… y sospecha que el amor que su marido profesa hacia la navaja de afeitar que le regaló su padre va más allá de la nostalgia.
jul
‘El tercer hombre’ (1949)
Es 1947 y Viena todavía se está recuperando de los estragos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial. La capital austríaca se sostiene en pie a duras penas, gestionada por las cuatro potencias extranjeras que cimentaron la victoria aliada: Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Rusia. La gente sigue caminando por las calles con premura, como esperando que en cualquier momento las bombas vuelvan a caer sobre sus cabezas. No es fácil olvidar el horror mientras decenas de edificios siguen en ruinas. Además, la escasez de alimentos y medicinas ha hecho florecer un mercado negro en el que los más astutos timan a los pobres que no tienen ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.
Éste es el panorama que se encuentra Holly Martins (Joseph Cotten) cuando llega a Viena. Martins es un escritor estadounidense con cierto talento para las novelas del Oeste, una profesión por la que nunca será respetado y que tampoco le permitirá retirarse en su vejez. Por eso, cuando su amigo Harry Lime (Orson Welles) le propone que se mude a Viena con la promesa de un buen trabajo para él, Martins decide cruzar el charco y afincarse en el corazón de Europa. Podéis imaginaros su sorpresa cuando, al llegar a su destino, se entera de que Lime ha sido atropellado por un camión; lo único que puede hacer es darle el último adiós en su funeral.
Martins decide entonces regresar a Estados Unidos, pero antes de coger el avión se entera de algunas cosas que le hacen sospechar que la muerte de Lime no fue un accidente. Sobre todo le interesa descubrir la identidad del tercer hombre que recogió su cadáver del asfalto, ya que sólo los otros dos porteadores fueron identificados. Pese a los impedimentos del mayor Calloway (Trevor Howard), de la última novia de Lime, Anna Schmidt (Alida Valli), y de los personajes que en algún momento formaron parte de la vida de Harry, Martins va reuniendo poco a poco las piezas de ese macabro puzzle que tiene como telón de fondo las tristes e inquietantes calles de Viena.
abr
’12 hombres sin piedad’ (1957)
Si eres de los que ha salido del cine alguna vez preguntándote “¿y si hubiera sucedido esto…?” o “¿por qué no hizo lo otro…?”, seguro que entre tus películas favoritas se encuentra ’12 hombres sin piedad’ (1957). Dirigido por Sidney Lumet a partir de un guión de Reginald Rose, el film es un gran interrogante en sí mismo, una crítica nada disimulada al sistema judicial estadounidense -en concreto, a la pena de muerte- y un saludable ejercicio neuronal que triunfa sin paliativos precisamente porque, aun poniendo todas las cartas sobre la mesa, no ofrece una respuesta definitiva; de hecho, rizando el rizo, el espectador llega a preguntarse si existen las respuestas definitivas.
Los doce hombres a los que hace referencia el título son los componentes de un jurado popular que tiene la misión de dictar la sentencia de lo que parece ser un caso claro de asesinato. La acción arranca justo cuando termina el juicio; poco a poco iremos sabiendo que el acusado es un chaval de 18 años que, al parecer, ha matado a su padre clavándole una navaja en el pecho. Ni siquiera el abogado defensor ha sido capaz de sacar la cara por el muchacho, así que el jurado tiene muy claro que se le debe declarar culpable y mandarlo a la silla eléctrica. Pero antes de que los doce hombres pasen a una sala privada para redactar el veredicto, el juez -un juez desganado, viva imagen de la pesada burocracia- les recuerda que hay una vida en juego y que, si albergan una sola duda razonable por la cual no quede clara su culpabilidad, deben exponerla.
Mientras toma asiento en la sala e intenta evadirse del calor sofocante, el miembro número 8 del jurado (Henry Fonda) recuerda las palabras del juez. El chico parece culpable, sí, pero… ¿se puede estar seguro de ello al cien por cien? ¿Se han contemplado todas las posibilidades? El miembro número 8 considera que no se puede dictar una sentencia de muerte sin ver el caso desde todos los ángulos. La duda se instala en su cabeza y, poco a poco, arrastrará consigo a los demás miembros del jurado. El número 8 -no conocemos su verdadero nombre hasta la última frase de la película- no quiere demostrar que el acusado es inocente, sino que hay dudas razonables que impiden condenarlo. Y esa -creo yo- es la grandeza de esta película: que aunque el número 8 decante la balanza hacia su lado, nunca estaremos convencidos del todo de que es él quien lleva razón; porque todos los argumentos que él rebate también se pueden rebatir; y así, sucesivamente.















