Mudo

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24
jun

Los titubeos de Chaplin ante el cine sonoro

Charlie Chaplin

Como tan bien reflejan películas imperecederas como ‘El crepúsculo de los dioses’ (Billy Wilder, 1950) o ‘Cantando bajo la lluvia’ (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), el paso del cine mudo al sonoro fue traumático para un montón de actores y actrices de Hollywood que cayeron del estrellato al ostracismo en cuestión de meses. En algunos casos fue su timbre de voz lo que truncó sus carreras; en otros, la incapacidad para adaptarse a un nuevo ritmo dramático que les hiciera mantener la credibilidad frente a los espectadores.

Por ello, resulta natural que una estrella de ego gigantesco como Charlie Chaplin tuviera su dosis de insomnio en aquellos años de transición, a finales de los 20. Un reciente descubrimiento acaba de revelar los titubeos y las preocupaciones del actor británico sobre su propia supervivencia en la industria del cine. No en vano él seguía rodando películas mudas como ‘Luces de la ciudad’ (1931) cuando ya hacía cuatro años que se había estrenado ‘El cantor de jazz’.

Chaplin temía pasar de moda, le horrorizaba pensar que sus mejores años ya habían quedado atrás y que el público se aburriría de sus comedias silentes. En el manuscrito que se ha hecho público esta semana escribió que pensaba abandonar Hollywood y convertirse en diputado en el Reino Unido. Además, se han encontrado unas 50 páginas de diálogos sobre una película, ‘Bali’, que nunca llegó a rodarse: la trama criticaba el comportamiento de los holandeses que habían colonizado esta isla de Indonesia y se basaba en un viaje que él mismo había realizado junto a su hermano Sydney en 1932.

Biógrafos e historiadores del cine citados por ‘The Guardian’ aseguran que esta es la primera prueba fiable de los intentos de Chaplin por adaptarse al cine sonoro. Sin embargo, todavía faltaría mucho para que sus personajes hablaran en la gran pantalla; en concreto, hasta 1940, con el estreno de ‘El gran dictador’.

Vía | El Mundo

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14
oct

Arranca un ciclo de cine mudo en la Fundación Juan March de Madrid

Amanecer

La Fundación Juan March de Madrid acoge a partir de este viernes y hasta el próximo 15 de abril un ciclo de siete películas mudas agrupadas bajo el título de ‘Melodrama y Star-System’. El objetivo es difundir algunas de las obras maestras de los años veinte, pero siempre con el denominador común de la pasión trasladada a la gran pantalla. Por eso se apuesta por filmes que exaltan los romances intensos, plagados de primeros planos e imágenes ardientes. Hablamos de ‘El demonio y la carne’, ‘Amanecer’, ‘La reina Kelly’, ‘El séptimo cielo’, ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, ‘La tierra de todos’ y ‘Vírgenes modernas’.

Greta Garbo, Rodolfo Valentino, Joan Crawford o Janet Gaynor fueron estrellas indiscutibles antes de que el sonido llegara para quedarse; y no hablemos de las tres dimensiones, tan veneradas en la actualidad. ¿Por qué triunfaron aquellos actores y actrices? ¿Por qué las masas suspiraban por ellos cada vez que la cámara enfocaba sus límpidos rostros?

En palabras de Roman Gubern, historiador de cine, la respuesta es clara: “Porque era un cine basado en el lenguaje corporal y, por tanto, se inventaba más visualmente”. Pero, sobre todo, “porque era un cine de grandes pasiones, de amor brutal”. Y añado yo: en los cuarenta y cincuenta también había melodramas “brutales”, pero es verdad que la inserción de diálogo les hacía perder, a veces, toda su gracia. Al escribir esto pienso, por ejemplo, en algunas películas de Douglas Sirk.

Dice Gubern que ‘El demonio y la carne’ “está como para batir récords de taquilla hoy mismo”. Es una exageración, y como tal hay que tomársela. Porque, por mucho que defendamos la película de Clarence Brown, no habría distribuidora, ni cine, ni espectadores que pagaran una entrada por verla. Pero es cierto que estas películas no notan el paso del tiempo: son historias atemporales rodadas con una elegancia, un sentimiento y una efectividad a prueba de avances tecnológicos.

Además de Gubern, Jaime Rosales, Manuel Hidalgo, Vicente Molina Foix y Fernando Rodríguez Lafuente han sido invitados para presentar cada una de las sesiones programadas. Más información en la web oficial de la Fundación Juan March.

Vía | El Mundo

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29
may

Películas fantasmas (I): ‘Humor Risk’

Foto de familia de Humor Risk

El diario 20 minutos ha publicado esta semana un interesante reportaje sobre películas clásicas que nunca llegaron a realizarse. Y leyendo la nómina de directores, intérpretes y, sobre todo, la relación de historias que iban a contarnos, es una pena que no se llevaran a cabo. Si se me apareciera el genio de la lámpara y me dijera que podría convertir en realidad uno de esos films, me quedaría con el Napoleón que quiso rodar Stanley Kubrick en 1968, con más de 40.000 extras y con Jack Nicholson en la piel de emperador francés. Suena grandioso. Os dejo el enlace al artículo para que podáis escoger vuestra favorita.

Siendo fieles a las raíces de este blog, hemos de completar esa lista con dos obras inacabadas de los hermanos Marx. Dos películas que han pasado a la mitología de sus fans y de las que se conservan bocetos, fragmentos de guión e incluso algunas fotografías, pero ni un sólo centímetro de material filmado. Estamos hablando de Humor Risk y de Jirafas en ensalada de lomos de caballo, a la que ya nos referimos en un post sobre Salvador Dalí.

A principios de los años veinte, los Marx trabajaban a toda máquina en el teatro, pero cada vez estaba más claro que el cine iba a ser el maná de los espectáculos. Groucho y sus hermanos se pusieron en contacto con algunos estudios de Hollywood que se mostraron reacios a financiar sus locuras en versión celuloide. Así que fueron ellos mismos quienes pusieron la mayor parte del dinero que costaba rodar una película decente: 7.000 dólares. Un modesto grupo de productores, entre los que se hallaba el famoso guionista Jo Swerling, contribuyó a engordar el presupuesto.


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9
sep

‘Ríe, payaso, ríe’ (1928)

Lon ChaneyLa primera vez que vi el póster de Ríe, payaso, ríe pensé que se trataba de una película de terror; supongo que influyeron tanto mi leve coulrofobia como el grotesco disfraz que llevaba Lon Chaney. Pero no es así. Ríe, payaso, ríe es un drama en el que se narra la triste paradoja del ‘clown’: incluso en sus peores momentos debe salir al escenario, realizar equilibrios imposibles, caerse de forma escandalosa y nunca, jamás, perder la sonrisa.

Chaney, famoso por sus siniestros pero entrañables personajes de El jorobado de Notre Dame (1923) y El fantasma de la ópera (1925), no tiene que ocultar esta vez ningún defecto físico a la sociedad. Peor aún: tiene que ocultar su tristeza. Hace años adoptó a una niña abandonada a la que bautizó como Simonetta. Ahora esa niña ha crecido y se ha convertido en la mujer de la que está enamorado. Y no es el único pretendiente: el conde Luigi Ravelli (Nils Asther) también va tras los pasos de Simonetta (Loretta Young). El payaso llora su desgracia en silencio, angustiado por un amor casi incestuoso del que no sabe si es correspondido y temeroso ante la posibilidad de que el joven Luigi hunda su vida para siempre.

Mientras tanto, el público le vitorea y le obliga a saludar una, dos, tres veces. “Ríe, payaso, ríe… Aunque tu corazón se rompa”.


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