Negro

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Mar

‘La mujer del cuadro’ (1944)

La mujer del cuadro

Teníamos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el recuerdo a la actriz Joan Bennett con motivo de su centenario, así que vamos a saldar esa deuda cuanto antes. Estamos ante una de las mejores películas de Bennett; sin embargo, pongo en duda que también lo sea de su director, Fritz Lang. Creo que el vienés cuenta en su filmografía con obras más notables que ‘La mujer del cuadro’, donde recoge de manera soberbia los principales ingredientes de la atmósfera ‘noir’ pero donde también descuida el guión hasta convertirlo en un simple -aunque agradable- pasatiempo. Por eso me parece más interesante la película que cierra esta especie de díptico sobre las ‘femme fatales’, rodada al año siguiente bajo el título de ‘Perversidad’, en la que aparecen prácticamente los mismos actores y actrices protagonistas.

La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los hombres de bien pegan una patada a sus esposas e hijos en cuanto se les presenta la oportunidad y se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos pero, lógicamente, sin emoción alguna.

Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el solitario cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo -y unas cuantas copas- y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica ligera de cascos (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularle y que no tendrá más remedio que matarlo clavándole unas tijeras.


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May

‘Al rojo vivo’ (1949)

Al rojo vivo

James Cagney, como Edward G. Robinson, era bajito y feo, pero tenía una autoridad incontestable frente a la cámara. Hiperactivo por naturaleza, enérgico, le gustaba la tensión, el movimiento. En Al rojo vivo despliega todas sus habilidades para encarnar a Cody Jarrett, un gángster sin escrúpulos con un precario estado mental que le hace depender de su madre y padecer intensos dolores de cabeza que le transportan a la locura, convirtiéndole en un ser aún más peligroso. La estrecha relación entre la madre y el hijo es quizá el aspecto más reseñable de una película que, por otra parte, es capaz de hilvanar un guión complejo con altas dosis de acción.

El relato se basa en una historia original de la nominada al Oscar Virginia Kellogg y arranca cuando la banda de Cody Jarrett asalta un tren en la frontera de California, asesina a los conductores y se lleva un botín de 300.000 dólares. La policía inicia una búsqueda frenética por todo el estado, pero cuando están a punto de detener a Cody, él se confiensa autor de un robo cometido el mismo día, a la misma hora, en otro lugar; un plan para eludir la cámara de gas y pasar, como mucho, tres años en la cárcel. Entonces las autoridades cambian de estrategia e infiltran al agente Vic Pardo (Edmond O’Brien) en su celda. Paralelamente, el ‘Gran’ Ed (Steve Cochran) toma el control de la banda y se lía con la mujer de Cody (Virginia Mayo) ante la mirada rabiosa de la madre (Margaret Wycherly).

En fin, como podéis leer, una película que no da un respiro al espectador, con varias tramas que se van uniendo hasta formar una sola y terminar en “la cima del mundo”, donde se encuentra James Cagney. Pese a lo odioso de su personaje (véase lo que hace, nada más empezar, con el inepto esbirro de la cara quemada), es inevitable sentir algo parecido a la admiración por Cody Jarret, por cómo escapa una y otra vez de la policía cuando más acorralado parece estar, por cómo renuncia a entregarse. Y también al ver que es traicionado por sus compinches o cuando la policía le tiende una trampa. Por no hablar del momento en que recibe la noticia que todos tememos, en el comedor de la cárcel, cuando supera el límite de lo racional.


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Feb

‘Cara de ángel’ (1952)

Cara de ángel

Cuentan que, durante el rodaje de Cara de ángel, Otto Preminger ordenó repetir varias veces una toma en la que Robert Mitchum debía abofetear con fuerza a Jean Simmons. El director creía que Mitchum no se estaba empleando con la suficiente dureza y éste se sentía cada vez más cohibido ante las marcas que sus manos estaban dejando en el rostro de Simmons. Así que al final Mitchum perdió los nervios, cogió a Preminger de la pechera y ¡zas!, le arreó una sonora bofetada seguida de su típico comentario sarcástico: “¿Así le parece bien?”

Por supuesto que Preminger montó en cólera y ordenó a Howard Hugues, mandamás de la RKO, que expulsara a Mitchum del rodaje de manera inmediata. Pero Hugues se puso de parte del actor; le caía bien y creía ver en él una especie de alma gemela. Así que Preminger tuvo que tragar. Por lo demás, la película se llevó a cabo sin mayores contratiempos.

Cara de ángel es una tardía obra de cine negro con algunos ecos de Retorno al pasado. Mitchum es Frank Jessup, un conductor de ambulancias incapaz de sentar la cabeza junto a su adorable novia Mary (Mona Freeman) que conoce y se enreda con una joven de alta sociedad, Diane (Jean Simmons). La chica se comporta de forma egoísta, escudándose en la represión que según ella ejerce su madrastra Catherine (Barbara O’Neil) con su querido padre, Charles (Herbert Marshall). Frank se da cuenta de lo peligroso que resulta estar junto a una niña mimada y paranoica, pero escapar de la telaraña le va a costar más de lo que puede imaginar.


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Feb

‘El cine negro: Pesadillas verdaderas y falsas’, de Noël Simsolo

Perversidad

Uno de los géneros que más obras ha dado a la literatura cinematográfica es ‘le film noir’, como lo bautizaron los franceses. Raro es el año que no aparece algún tomo de tamaño enciclopédico tratando de explicar qué se entiende por cine negro, sus características básicas, actores, actrices y directores representativos, películas clave y legados culturales.

Sólo por esa capacidad para escapar de cualquier definición rígida, es un término fascinante; aunque seamos capaces de reconocer una obra de cine negro, puede que nos falten palabras para explicar por qué la reconocemos. Es casi un estado de ánimo. Pero hay autores que insisten en darnos su versión del tema, lo cual se agradece. Cuantos más puntos de vista, mejor. Y eso hizo el director e historiador de cine Noël Simsolo en El cine negro: Pesadillas verdaderas y falsas (Alianza Editorial, 2007).

El libro, que supera las 400 páginas y presenta un diseño exquisito, a la altura de su contenido, arranca con un prólogo en el que se aglutinan varias definiciones. Para empezar, Simsolo niega la mayor y asegura que “el cine negro no es un género específico, como lo son el western o la comedia musical, ni un movimiento artístico, como el neorrealismo italiano o la Nouvelle Vague francesa; de hecho, no desarrolla ninguna plataforma teórica”. Entonces, ¿qué se supone que es? Algo que provoca “una singular sensación de malestar”, responde.


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Dic

‘Encrucijada de odios’ (1947)

Robert Young, Robert Mitchum y Robert Ryan

En 1947, Estados Unidos había ganado la guerra pero tenía serios problemas internos. Uno de ellos era qué hacer con la enorme cantidad de soldados depresivos que había dejado el conflicto bélico, gente que había sido adiestrada para el combate y que, de repente, se encontraban sin un objetivo por el que luchar, sin más enemigos que los espejos en los que extraviaban su mirada. El alcohol, el adulterio y la violencia eran soluciones a corto plazo que empeoraban todavía más sus particulares angustias emocionales.

Otro grave problema de la sociedad americana era el antisemitismo, que se había instalado también en Hollywood mediante el siniestro código Hays. Corrían historias alucinantes sobre los judíos, sobre cómo se habían librado de acudir al frente, sobre por qué sus negocios iban viento en popa y sobre sus extrañas relaciones con el diabólico comunismo. Algunos, como Edward Dmytryk, no resistieron la presión y delataron a otros compañeros para escapar de las listas negras.

Éstos son los dos temas fundamentales que trata Encrucijada de odios, si bien hay que resaltar que la novela original no habla del odio hacia los judíos, sino hacia los homosexuales; demasiado para el cuerpo del señor Hays. Protagonizada por los tres Roberts de la RKO (Young, Mitchum y Ryan), la película se desarrolla en clave detectivesca después de que un judío sea asesinado de una paliza brutal. Tres miembros del ejército americano que ahogaban sus penas en un bar son los sospechosos; mención especial para el capitán Mitchell (George Cooper), cuya historia personal es realmente conmovedora.


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Nov

‘Ángeles con caras sucias’ (1938)

James Cagney y Pat OBrien

Sólo hay que ver los primeros quince segundos de esta película para quedarnos enganchados por completo: la cámara se eleva sobre las atestadas calles de Hell’s Kitchen y realiza un majestuoso vuelo rasante hasta situarse al nivel de transeúntes, policías, ladrones y adolescentes, los cuales se empujan unos a otros para avanzar y, en cierto modo, sobrevivir. En ese ambiente crecen dos jóvenes vagabundos: Rocky Sullivan y Jerry Connolly. Ellos también sobreviven a costa de los demás: roban, engañan y se mofan de las chicas. Hasta que un día llegan demasiado lejos y Rocky, el menos afortunado, acaba en la cárcel.

Quince años después, los dos amigos se reencuentran. Aquella lección de realidad fue válida para Jerry (Pat O’Brien), que se ha hecho cura y oficia sermones en la parroquia del barrio; no así para Rocky (James Cagney), el cual ha perfeccionado sus tácticas mafiosas mientras estaba preso. Los dos se siguen llevando de maravilla, pero Jerry tiene la esperanza de hacer de Rocky un hombre de bien y, en cierto modo, expiar su mala conciencia por haberse librado de una condena que sin duda él también merecía. Pero Rocky no atiende a razones; pronto se convertirá en un gángster admirado por la chiquillería y se meterá en situaciones cada vez más problemáticas, como su enfrentamiento con el inquietante James Frazier (Humphrey Bogart).

A James Cagney no le vamos a descubrir ahora: puro nervio, fuerza, rabia incontenible. Papel como anillo al dedo, entre otras cosas porque su infancia transcurrió en esa Cocina del Infierno. También resultan conmovedores los intentos del padre Connolly por reformarlo, su debate interior sobre lo correcto y lo que le dicta el corazón. Frente a frente, los dos protagonistas suben su apuesta hasta llegar a un final con doble sentido (el propio Cagney lo dejó a la libre interpretación del espectador) en el cual queda un interrogante: ¿Quién de los dos ha aceptado la mayor humillación?


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Nov

‘Retorno al pasado’ (1947)

Robert Mitchum y Jane Greer

Aunque para muchos la cara de Robert Mitchum decía más bien poco y se le solía criticar por su escasa gestualidad, en realidad estaba llena de matices y resultaba perfecta para dos tipos de personajes: aquellos a los que les importaba un comino lo que tuvieras que decirles y aquellos que parecían condenados de antemano a un funesto final. En este segundo grupo se encuadra el rol que encarnó en Retorno al pasado (1947), una película absolutamente infravalorada dirigida por Jacques Tourner que, pasados los años, ha sido reconocida como lo que es: una de las cumbres del cine negro americano. Pero, ¿por qué? He aquí los motivos:

1. Por un guión elaborado que no deja cabos sueltos. El autor de la novela original, Daniel Mainwaring, fue también quien escribió la mayor parte del guión. La historia es compleja, incluye un largo flashback y puede ser complicada de seguir durante los primeros minutos, como ocurre con muchos films ‘noir’ de la época. Pero, poco a poco, todo va encajando como si fuera un perfecto rompecabezas, al que no le sobra ni le falta ninguna pieza. Todos (y digo bien, todos) los personajes que aparecen en Retorno al pasado juegan un papel decisivo en el desarrollo de la trama, aunque a veces puedan confundirnos como los McGuffin de Hitchcock. Se dice que Humphrey Bogart luchó por estar en el film, pero la Warner lo desestimó en beneficio de la RKO.

2. Por su inteligente uso de la fotografía. Todo el mérito para el italiano Nicholas Musuraca, que ideó un juego de luces y sombras tan atractivo que llega a formar parte del guión, representando, incluso, los estados de ánimo y la psicología de los protagonistas. Así, en una escena en la que Mitchum explica a su novia por qué le amarga tanto el pasado, él está en una penumbra fantasmal mientras ella, símbolo de la pureza y la honradez que ansía Mitchum, está bañada por una luz tan potente que casi la calificaríamos de celestial. Otro ejemplo sería la escena en que Mitchum besa a Jane Greer; el sol del amanecer se refleja en el mar y crea una atmósfera de ensueño que es una metáfora de su enamoramiento.


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Oct

‘¿Ángel o diablo?’ (1945)

¿Ángel o diablo?

Si hoy fuera el 5 de diciembre de 1945 y estuviésemos en la piel de Dana Andrews, seguramente estaríamos tomando un café bien caliente en el bar de Pop, que nos miraría desde la barra con su habitual cara de preocupación. A nuestra izquierda habría un hombre de mal carácter, un policía obligado a vivir en aquel pueblo de mala muerte para no agravar sus problemas de salud. Al fondo del bar, una jukebox repetiría la misma canción una y otra vez: Slowly, interpretada con voz de barítono por Dick Haymes sobre la música de David Raksin. Y, en cualquier momento, todavía despeinada por el último achuchón de su amante, Stella haría acto de presencia para dejarnos de piedra con su altiva sensualidad.

Tan acogedora resulta la escena que plasmó Otto Preminger en la gran pantalla, que es inevitable empezar esta crítica con ella. Hablamos de la película ¿Ángel o diablo?, un título menor dentro del cine negro americano -también dentro de la filmografía de Preminger- pero rodado con muchísima elegancia y varios puntos de acidez.

La historia arranca con la llegada de Eric Stanton (Dana Andrews) a un pequeño pueblo de la costa Oeste. Arruinado y sin trabajo, utiliza sus dotes de relaciones públicas para ayudar a una pareja de farsantes que engaña al público en una sesión de espiritismo. Cuando éstos se marchan, Stanton decide alargar su estancia en el pueblo. ¿El motivo? La boquita de piñón de Stella (Linda Darnell), camarera del bar de Pop, con la que inicia una relación muy pasional. Pero ella está harta de sus continuos amantes; quiere a alguien que la saque de aquel tugurio, casarse y formar una familia. Stanton pierde la cabeza al saber que, sin dinero, no podrá tenerla; por eso se casa con la hija del ex alcalde y pide un poco de tiempo a Stella.


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