Negro

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26
nov

‘Ángeles con caras sucias’ (1938)

James Cagney y Pat OBrien

Sólo hay que ver los primeros quince segundos de esta película para quedarnos enganchados por completo: la cámara se eleva sobre las atestadas calles de Hell’s Kitchen y realiza un majestuoso vuelo rasante hasta situarse al nivel de transeúntes, policías, ladrones y adolescentes, los cuales se empujan unos a otros para avanzar y, en cierto modo, sobrevivir. En ese ambiente crecen dos jóvenes vagabundos: Rocky Sullivan y Jerry Connolly. Ellos también sobreviven a costa de los demás: roban, engañan y se mofan de las chicas. Hasta que un día llegan demasiado lejos y Rocky, el menos afortunado, acaba en la cárcel.

Quince años después, los dos amigos se reencuentran. Aquella lección de realidad fue válida para Jerry (Pat O’Brien), que se ha hecho cura y oficia sermones en la parroquia del barrio; no así para Rocky (James Cagney), el cual ha perfeccionado sus tácticas mafiosas mientras estaba preso. Los dos se siguen llevando de maravilla, pero Jerry tiene la esperanza de hacer de Rocky un hombre de bien y, en cierto modo, expiar su mala conciencia por haberse librado de una condena que sin duda él también merecía. Pero Rocky no atiende a razones; pronto se convertirá en un gángster admirado por la chiquillería y se meterá en situaciones cada vez más problemáticas, como su enfrentamiento con el inquietante James Frazier (Humphrey Bogart).

A James Cagney no le vamos a descubrir ahora: puro nervio, fuerza, rabia incontenible. Papel como anillo al dedo, entre otras cosas porque su infancia transcurrió en esa Cocina del Infierno. También resultan conmovedores los intentos del padre Connolly por reformarlo, su debate interior sobre lo correcto y lo que le dicta el corazón. Frente a frente, los dos protagonistas suben su apuesta hasta llegar a un final con doble sentido (el propio Cagney lo dejó a la libre interpretación del espectador) en el cual queda un interrogante: ¿Quién de los dos ha aceptado la mayor humillación?


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nov

‘Retorno al pasado’ (1947)

Robert Mitchum y Jane Greer

Aunque para muchos la cara de Robert Mitchum decía más bien poco y se le solía criticar por su escasa gestualidad, en realidad estaba llena de matices y resultaba perfecta para dos tipos de personajes: aquellos a los que les importaba un comino lo que tuvieras que decirles y aquellos que parecían condenados de antemano a un funesto final. En este segundo grupo se encuadra el rol que encarnó en Retorno al pasado (1947), una película absolutamente infravalorada dirigida por Jacques Tourner que, pasados los años, ha sido reconocida como lo que es: una de las cumbres del cine negro americano. Pero, ¿por qué? He aquí los motivos:

1. Por un guión elaborado que no deja cabos sueltos. El autor de la novela original, Daniel Mainwaring, fue también quien escribió la mayor parte del guión. La historia es compleja, incluye un largo flashback y puede ser complicada de seguir durante los primeros minutos, como ocurre con muchos films ‘noir’ de la época. Pero, poco a poco, todo va encajando como si fuera un perfecto rompecabezas, al que no le sobra ni le falta ninguna pieza. Todos (y digo bien, todos) los personajes que aparecen en Retorno al pasado juegan un papel decisivo en el desarrollo de la trama, aunque a veces puedan confundirnos como los McGuffin de Hitchcock. Se dice que Humphrey Bogart luchó por estar en el film, pero la Warner lo desestimó en beneficio de la RKO.

2. Por su inteligente uso de la fotografía. Todo el mérito para el italiano Nicholas Musuraca, que ideó un juego de luces y sombras tan atractivo que llega a formar parte del guión, representando, incluso, los estados de ánimo y la psicología de los protagonistas. Así, en una escena en la que Mitchum explica a su novia por qué le amarga tanto el pasado, él está en una penumbra fantasmal mientras ella, símbolo de la pureza y la honradez que ansía Mitchum, está bañada por una luz tan potente que casi la calificaríamos de celestial. Otro ejemplo sería la escena en que Mitchum besa a Jane Greer; el sol del amanecer se refleja en el mar y crea una atmósfera de ensueño que es una metáfora de su enamoramiento.


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29
oct

‘¿Ángel o diablo?’ (1945)

¿Ángel o diablo?

Si hoy fuera el 5 de diciembre de 1945 y estuviésemos en la piel de Dana Andrews, seguramente estaríamos tomando un café bien caliente en el bar de Pop, que nos miraría desde la barra con su habitual cara de preocupación. A nuestra izquierda habría un hombre de mal carácter, un policía obligado a vivir en aquel pueblo de mala muerte para no agravar sus problemas de salud. Al fondo del bar, una jukebox repetiría la misma canción una y otra vez: Slowly, interpretada con voz de barítono por Dick Haymes sobre la música de David Raksin. Y, en cualquier momento, todavía despeinada por el último achuchón de su amante, Stella haría acto de presencia para dejarnos de piedra con su altiva sensualidad.

Tan acogedora resulta la escena que plasmó Otto Preminger en la gran pantalla, que es inevitable empezar esta crítica con ella. Hablamos de la película ¿Ángel o diablo?, un título menor dentro del cine negro americano -también dentro de la filmografía de Preminger- pero rodado con muchísima elegancia y varios puntos de acidez.

La historia arranca con la llegada de Eric Stanton (Dana Andrews) a un pequeño pueblo de la costa Oeste. Arruinado y sin trabajo, utiliza sus dotes de relaciones públicas para ayudar a una pareja de farsantes que engaña al público en una sesión de espiritismo. Cuando éstos se marchan, Stanton decide alargar su estancia en el pueblo. ¿El motivo? La boquita de piñón de Stella (Linda Darnell), camarera del bar de Pop, con la que inicia una relación muy pasional. Pero ella está harta de sus continuos amantes; quiere a alguien que la saque de aquel tugurio, casarse y formar una familia. Stanton pierde la cabeza al saber que, sin dinero, no podrá tenerla; por eso se casa con la hija del ex alcalde y pide un poco de tiempo a Stella.


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