Thriller
Ene
‘La muchacha de Londres’ (1929)
A finales de los años veinte, los rumores de que el cine estaba a punto de sufrir una revolución habían cruzado el charco. En Estados Unidos habían oído la voz de un cantor de jazz e Inglaterra no quería quedarse atrás, aunque aún existían muchas dudas sobre la viabilidad del sonido. Finalmente, la British International Pictures dio un paso al frente y encargó a uno de sus directores aventajados, un tal Alfred Hitchcock, que insertara fragmentos sonoros en la película que estaba rodando. Se titulaba Blackmail y aquí la conocimos como La muchacha de Londres.
El orondo Hitchcock se tomó la noticia como un desafío. Le encantaba probar nuevas técnicas y el sonido era como un juguete por estrenar. Así que no se limitó a hacer lo que le pidió su productora, sino que fue más allá y creó una auténtica película hablada a partir del material mudo que ya había rodado, e incluso introdujo efectos para distorsionar y doblar las voces de sus protagonistas.
La muchacha de Londres se basaba en una obra teatral de Charles Bennett y tenía doble temática: el encubrimiento de un crimen y la presencia de un falso culpable. Como en futuras películas de Hitchcock, es una mujer quien precipita los hechos: Alice White (Anny Ondra), la novia de un agente de Scotland Yard, sube al apartamento de un pintor con el que empieza a tontear (Donald Calthrop). Cuando a Alice le invanden los remordimientos y decide marcharse, el pintor intenta violarla y ella, en defensa propia, lo mata clavándole un cuchillo. Alice escapa intentando borrar todas las pistas sin saber que su propio novio (John Longden) se hará cargo de la investigación y que un testigo la chantajeará.












