Historia de los Oscars
Feb
Historia de los Oscars: 1929 (V)
MEJOR ACTRIZ: JANET GAYNOR, POR TRES PELÍCULAS: ‘AMANECER’, ‘EL SÉPTIMO CIELO’ Y ‘EL ÁNGEL DE LA CALLE’
Ni una, ni dos, sino tres, fueron las películas que encumbraron a Janet Gaynor como la Mejor Actriz de los Oscars de 1929. Un récord que nunca se ha vuelto a repetir en la historia de los premios de la Academia de Hollywood. Claro que, entonces, los Oscars no tenían ni la mitad de importancia que tienen actualmente. Según explicó la propia Gaynor, el día de la ceremonia se emocionó más por conocer en persona a Douglas Fairbanks que por recoger la estatuilla dorada (foto).
Antes de convertirse en una estrella del cine de rostro frágil y angelical, idónea para los intensos romances producidos por la Fox, Janet Gaynor -nacida Laura Augusta- trabajó como dependienta en una zapatería de Los Ángeles por 18 dólares a la semana. Tardó poco en verse seducida por las posibilidades que ofrecía la Meca del Cine y decidió probar suerte, con excelentes resultados: al cabo de un año la Fox ya se había dado cuenta de que tenía entre manos un diamante en bruto que le podía reportar grandes beneficios, y la convirtió en una de sus primeras espadas.
De las tres películas que le reportaron el Oscar, es ‘Amanecer’ la que ha pasado a la historia del cine por méritos propios. En la obra maestra de Murnau, Gaynor encarna a una humilde campesina que está a punto de ser asesinada por su marido antes de iniciar, junto a él, un emocionante camino hacia a la redención. Gaynor simboliza la pureza de espíritu y se muestra radiante de principio a fin. Curiosamente, los espectadores sólo se quejaron de su peluca rubia, ya que estaban acostumbrados a verla con su cabello moreno natural.
Dic
Historia de los Oscars: 1929 (IV)
MEJOR ACTOR: EMIL JANNINGS, POR ‘LA ÚLTIMA ORDEN’ Y ‘EL DESTINO DE LA CARNE’
No fue un estadounidense sino un suizo alto y orondo quien se hizo con el primer Oscar al Mejor Actor de la historia. Su nombre era Emil Jannings, y las películas que le valieron el galardón fueron dos: ‘La última orden’ y ‘El destino de la carne’. Sin embargo, en este post solo podremos hacer referencia a la primera, ya que la segunda ha desaparecido del mapa; nadie tiene una copia, ni tampoco el original. Sabemos que Jannings interpretaba a un cabeza de familia que abandona a su mujer y a sus hijos, pero no podemos ver con nuestros propios ojos cómo de bueno fue su trabajo, así que nos limitamos a hacer esta mención antes de centrarnos en ‘La última orden’.
Jannings -cuyo nombre real era Theodor Friedrich Emil Janenz- nació el 23 de julio de 1884 en Rorsachach. Desde principios del siglo XX se labró una importante carrera artística en Alemania. Primero formó parte de la compañía teatral de Max Reinhardt y después trabajó en el cine para directores de la talla de Ernst Lubitsch y F.W. Murnau. Su facilidad para encarnar roles dramáticos y su dominio del lenguaje cinematográfico mudo le permitieron incorporar a su filmografía clásicos de la literatura como ‘Otelo’, ‘Fausto’ y ‘Tartufo’ antes de trasladarse a Estados Unidos en 1926.
Nada más aterrizar en suelo americano, Jannings fue reclutado por la Paramount y puesto a las órdenes de Josef von Sternberg para protagonizar ‘La última orden’. El papel le iba que ni pintado tanto por sus dotes artísticas como por su fisonomía: tenía que encarnar a un ex alto cargo de la Rusia imperial -el Gran Duque Sergius Alexander- que llega a Hollywood despojado de todo su poder por culpa de la revolución bolchevique. En Los Ángeles pasa desapercibido y es objeto de mofa por su aspecto de viejo taciturno. Además, padece un tic nervioso que le hace menear la cabeza continuamente. Tras pelearse con otros cientos de aspirantes, consigue un pequeño papel de General en una película que recrea los episodios que él mismo vivió en primera persona.
Dic
Historia de los Oscars: 1929 (III)
MEJOR PRODUCCIÓN ARTÍSTICA: ‘AMANECER’, DE F.W. MURNAU
La categoría de Mejor Producción Artística es exclusiva de los Oscars de 1929. Visto con perspectiva, parece metida con calzador; como si la Academia se hubiera dado cuenta a última hora de que los efectos de ‘Alas’ estaban muy bien pero que el cine, al fin y al cabo, es un arte que está por encima de cuestiones técnicas. Quizá ese fue el motivo de que hubiera un segundo Oscar a la Mejor Película, que recayó en ‘Amanecer’. Pero, como analizaremos a continuación, es falso decir que el film de Murnau sea una mera obra de teatro filmada.
Friedrich Wilhelm Murnau llegó a Estados Unidos en 1926 después de rodar algunas de las películas clave del cine expresionista alemán: ‘Nosferatu’, ‘Phantom’ o ‘Fausto’. Al aterrizar en Hollywood firmó un contrato con la Fox y dirigió ‘Amanecer’, para la que contó con George O’Brien, Janet Gaynor y Margaret Livingston como protagonistas.
Murnau convirtió la historia de una pareja de campesinos que redescubre el amor en uno de los romances más intensos y emotivos que se han filmado jamás. La primera parte de la película es apoteósica. En solo cinco minutos, sabemos que el Hombre (O’Brien) ha sido seducido por una arpía procedente de la ciudad (Livingston), la cual quiere convencerle de que venda su granja, ahogue a su mujer en el lago y se fugue con ella. La metáfora vampírica es evidente: Livingston despierta de noche, deja entrever su ropa interior, se viste de negro, se maquilla y atrae al Hombre con un silbido; lo conduce hasta la ribera, bajo la luna llena, y él se acerca encorvado, arrastrando los pies: es ya un zombi a su merced.
Dic
Historia de los Oscars: 1929 (II)
MEJOR PRODUCCIÓN: ‘ALAS’, DE WILLIAM A. WELLMAN
Los Oscars de 1929 fueron los únicos en los que no hubo premio a la Mejor Película, a pesar de que dos films se llevaron la estatuilla: uno por su producción general y otro por su original sentido artístico. De todas formas, en la mayoría de libros de historia del cine se considera que la categoría de Mejor Producción sería la equivalente a la de Mejor Película, que se instauraría en la segunda edición; de ahí que haya consenso en afirmar que ‘Alas’ (de Paramount) fue la primera gran vencedora de los Oscars.
‘Alas’ pertenece a un género que se convertiría en referente para la Academia de Hollywood: el bélico. Y no tenía nada de modesta. Lógicamente era muda, pero su presupuesto superó los dos millones de dólares y tampoco fue escasa de metraje: 138 minutos. Se rodó casi por completo en Texas, pero gran parte de la historia se desarrollaba en Francia… y en el cielo. Tenía acción, drama, algunas gotas de humor y un romance al cuadrado; todo ello en el trágico marco de la Primera Guerra Mundial.
La película está protagonizada por Charles Rogers y Richard Arlen, que interpretan a dos jóvenes aviadores ansiosos por ayudar a su país a ganar la guerra contra los alemanes: Jack Powell y David Armstrong. Después de unas duras sesiones prácticas, se incorporan al ejército y se convierten en referentes para sus compañeros; especialmente Jack, apodado ‘La estrella fugaz’. Pese a las diferencias con las que inician el camino, pues ambos anhelan el corazón de la misma chica (Jobyna Ralston), Jack y David forjan una amistad a prueba de bombas y se compenetran a la perfección a bordo de sus avionetas. Sin embargo, el peligro acecha en cada Cruz de Hierro que osa atacar a las líneas aliadas.
Dic
Historia de los Oscars: 1929 (I)
El hotel Roosevelt está situado en el 7000 de Hollywood Boulevard. Financiado en parte por Douglas Fairbanks, Mary Pickford y Louis B. Mayer, costó dos millones y medio de dólares y abrió sus puertas el 15 de mayo de 1927. Actualmente, sigue funcionando; dormir en alguna de sus exquisitas suites cuesta alrededor de 150 dólares por persona, un precio razonable por el que incluso podemos contactar con Marilyn Monroe y Montgomery Clift, cuyos fantasmas vagan por los pasillos y se reflejan en los espejos. O eso dicen.
Pero si empezamos nuestro recorrido por la historia de los Oscars con el hotel Roosevelt no es por su leyenda negra, sino porque aquí se entregaron el 16 de mayo de 1929 -dos años y un día después de su inauguración- los primeros Premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Nadie hablaba de los Oscars por aquel entonces; nadie salvo, quizá, Margaret Buck, una joven bibliotecaria de Washington que vio un parecido razonable entre la estatuilla dorada y su tío Oscar. Pero aún faltaba un poco para que Margaret se mudara a California y, con la ayuda de la prensa, popularizara el nombre por el que hoy conocemos a los premios de cine más importantes del mundo.
La ceremonia tuvo el glamour justo y ninguna intriga, pues hacía tres meses que se habían anunciado los ganadores. Tampoco hubo alfombra roja ni largos preámbulos antes de cada premio. En realidad, fue un banquete privado para 250 personas en la Blossom Room, a diez dólares el cubierto. Las paredes se decoraron con lámparas chinas y encima de cada mesa se colocó una réplica del Oscar. Para abrir boca, sesión de baile de una hora. Después, entre plato y plato, se fueron entregando las estatuillas; si se hubieran dado sin pausas, el acto apenas habría durado quince minutos.

















