9
Dic

‘El hijo de la furia’ (1942)

Mucho se habla de la desaparición o la caducidad de determinados géneros cinematográficos, como hemos hecho en este blog acerca del western, pero nunca se recuerda que ya casi no se ruedan películas de aventuras. También estuvieron en boga en los años cuarenta y cincuenta, pero quedaron aparcadas en cuanto la acción y los efectos especiales ganaron terreno. Eran películas ingenuas, para públicos poco selectos y algo pueriles, pero qué demonios; esas historias de piratas, caballeros, ladrones y princesas eran lo suficientemente entretenidas como para incitarnos a blandir la espada y presentar batalla al primero que nos ofendiera.

Como en el caso de El hijo de la furia, las películas aventureras solían ser vengativas. En este caso tenemos a Benjamin Blake, un joven de la nobleza británica que aspira a recuperar las tierras que su tío Arthur le arrebató a su padre. Para ello ha pasado diez años trabajando como un vulgar siervo, ensillando caballos y limpiando cuadras, suspirando en secreto por su hermosa prima Isabel y trazando sobre plano un viaje hacia Sudamérica para amasar fortuna, regresar y recuperar lo que por derecho le pertenece.

George Sanders siempre tuvo cara de granuja, con esa contundente nariz a lo Depardieu, por lo que encaja perfectamente en el rol del malvado Arthur, que no duda en humillar a su sobrino a base de golpes y latigazos, para que aprenda a quién debe servir; cuando Benjamin se le escape, la tomará con su abuelo Amos Kidder. Chantaje moral: éste hombre no tiene corazón. En cuanto al papel de Benjamin, la Fox se lo adjudicó al enérgico Tyrone Power, ideal para engatusar a las espectadoras y brincar por la pantalla, a pesar de que alguna de sus posturitas cause, a estas alturas, un poco de rubor ajeno.

Para que la aventura fuese completa, El hijo de la furia necesitaba un viaje. Cuanto más lejos y exótico, mejor. Y así es como Benjamin llega a una isla del Pacífico Sur habitada por hombres y mujeres bronceados, con taparrabos y (¡cachis!) bikinis de palmera que hablan en una lengua extraña y comen carne cruda con las manos. Buena gente, de todas formas. Entre ellos anda Gene Tierney, dando lustre a sus exóticos pómulos y ejecutando una danza del vientre que envidiaría la mismísima Shakira. La inevitable historia de amor entre Gene y Tyrone, idílica como el paraje en el que tiene lugar, tiene como contrapunto amargo a Isabel, que espera a su héroe encerrada en el castillo de papá Arthur.

No quisiera terminar sin acordarme de dos secundarios que bordan sus personajes. Al igual que Benjamin Blake, me habría gustado que una prostituta con agallas (Elsa Lanchester) me hubiera recogido de la calle para salvarme de una muerte segura; olé sus narices. Y, por otro lado, a veces querría ser como John Carradine y tirarme el resto de mi vida en una isla que no sale en los mapas, rodeado de mujeres preciosas y dejando que la bohemia sustituyera para siempre mis supuestos anhelos.

¡Qué grande es el cine de aventuras!

Lo mejor: Su irresistible aroma aventurero, dirección de John Cromwell mediante.
Lo peor: Algún gesto demasiado forzado por parte de Tyrone Power y Gene Tierney.
La frase: “¡Primera lección! ¡Que nunca te pillen con la guardia baja!” (George Sanders = Arthur Blake).
Calificación: 4 (de 5).

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