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‘Corazones indomables’ (1939)

Corazones indomables (1939)

No sé si existe en la historia del cine un caso similar al de John Ford, capaz de hacer películas como churros y que la mayoría de ellas rocen la excelencia. Valga como ejemplo que, en 1939, Ford terminó el rodaje de La diligencia, para luego ponerse con El joven Lincoln y seguir con el film que nos ocupa, Corazones indomables. Las dos últimas pertenecen a un primer ciclo con Henry Fonda que se cerraría a principios de 1940 con Las uvas de la ira. Vamos, que Ford concentró en año y medio lo que otros directores no han sido capaces de reunir en toda su carrera. Un genio y una mina de oro para la Fox.

Corazones indomables es una recreación a pequeña escala de la Guerra de la Independencia de 1776, cuando los americanos se liberaron de la opresión británica y empezaron a construir la nación más poderosa del mundo. Ford, basándose en la novela de Walter D. Edmonds, quiso realizar su particular homenaje al valle de Mohawk, un enclave fronterizo que resistió por sí mismo hasta la llegada de las tropas del general George Washington. Para ayudarle en su tarea, la Fox contrató a Ray Rennahan y Bert Glennon, que aprovecharon al máximo las posibilidades del Technicolor, e incluso sufragó la búsqueda de vestuario y armas de la época que habían ido a parar a la lejana Etiopía.

Henry Fonda es Gil Martin, un joven campesino que conquista el corazón de una mujer de ciudad, la estirada Lana (Claudette Colbert), hasta el punto de convencerla para casarse y establecerse en una humilde cabaña de los bosques de Mohawk. Tras darse cuenta de que ese tipo de vida es demasiado duro para ella, Lana consigue adaptarse y ayuda a su marido a la resistencia frente a los indios, que son pagados por los británicos para expulsarles del lugar, bajo la mirada con parche del inquietante Caldwell (John Carradine).

A medida que avanza el metraje, Ford nos habla de los temas recurrentes de su filmografía, como son la importancia de la comunidad y un escepticismo religioso que no deja de chocar si tenemos en cuenta sus raíces católico-irlandesas. Las escenas de costumbrismo rural o la alegría de poder ayudarse los unos a los otros, contrastan con la crudeza de los episodios bélicos; en algunos basta con una elipsis temporal para emocionarnos.

Y aunque pueda parecer un tópico, los personajes secundarios vuelven a brillar con luz propia en una película de John Ford, como el propio Caldwell, el indio Blue Back (cuya terrorífica aparición recuerda al rapto de la niña de Centauros del desierto), el introvertido doctor Petry (Russell Simpson) o el animoso Adam Hartman (Ward Bond). Pero por encima de todos brilla con luz propia la viuda McKlennar, interpretada por Edna May Oliver, nominada al Oscar a la mejor actriz de reparto. El papel de Edna, que se definía a sí misma como “una mujer con cara de caballo”, es memorable: divertido, agrio y entrañable a partes iguales.

Salvo por algunas poses demasiado melodramáticas de la Colbert, Corazones indomables es otro peliculón de Ford, sin sentimentalismos gratuitos, además de un pequeño manual de historia de la fundación de los Estados Unidos a través de los hipnóticos ojos azules de Henry Fonda.

Lo mejor: Que no pierde fuelle en ningún momento.
Lo peor: La Colbert se esfuerza por no parecer fuera de lugar… y se nota.

Plumas de Caballo

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