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‘El hombre atrapado’ (1941)
Con el título de este post no quiero referirme a la situación actual de Roman Polanski (última hora: Estados Unidos ya ha pedido la extradición, aunque el cineasta va a recurrirla y pueden pasar varios meses hasta que cruce el charco), sino a una película sobre el nazismo dirigida por Fritz Lang en 1941, es decir, en mitad de la Segunda Guerra Mundial. Cuando el film se estrenó, Hitler ya se estaba ensañando con Inglaterra y se acercaba poco a poco a Moscú, pero Japón aún no había atacado la base militar de Pearl Harbor.
La película se basa en la novela de Geoffrey Household Rogue Male y empieza con la imagen que soñaba medio mundo: Adolf Hitler en el punto de mira del rifle de un cazador británico perdido en los bosques de Baviera. Es decir, lo que no se conseguiría ni siquiera desde dentro (con la famosa Operación Valkiria), podría haberlo hecho un simple aficionado a coleccionar animales disecados… De no ser porque su falta de previsión le paraliza y termina siendo apresado por un guarda. Entonces, el capitán Thorndike (Walter Pidgeon) pasa a ser torturado por Quive-Smith (George Sanders), uno de los hombres de confianza del Führer.
Sin duda, el inicio es sorprendente pero no deja de ser ingenuo. Imagino que, tras un hecho como éste, Hitler doblaría la ración de soldados que custodiaban su mansión. El fallo de seguridad es aún más grave cuando nos enteramos de que Thorndike es pariente del importante aristócrata Lord Risborough (Frederick Worlock). Quive-Smith aprovecha esta circunstancia para exigir a Thorndike una confesión: iba a matar a Hitler por orden del gobierno británico. Sería la excusa perfecta para que Alemania empezara a bombardear Inglaterra.
Thorndike se niega a firmar una mentira, y es aquí donde reside el momento más interesante de la historia. Si en Furia Fritz Lang reflexionaba sobre la delgada línea que separa al hombre común del asesino en serie, en El hombre atrapado juega con la ambigüedad de los argumentos del cazador, que asegura haber apuntado a Hitler solamente por diversión, por saber que tenía la pieza a tiro y que podría haberla matado, que estaba en su poder… Pero que no pensó en apretar el gatillo hasta que se dio cuenta de que millones de personas querrían estar en su lugar. La caza es un juego en el que se valora más perdonar la vida a tu presa que matarla (podrían aprender los toreros).
El lógico estallido de ira de Quive-Smith (magnífico Sanders), una huída un poco increíble que incluye la fugaz amistad con un niño polizón, y la persecución hasta Londres, donde aparece una prostituta en forma de ángel de la guarda (Joan Bennett), aceleran el ritmo de la película, que a pesar de la ingenuidad que antes mencionaba, es fiel a sí misma y mantiene un alto nivel de interés; entre otras cosas, por su crudeza. Tampoco está mal el final agridulce propuesto por Lang, en el que ni siquiera molesta su cuestionable moraleja: que los soldados de la Segunda Guerra Mundial luchaban por sí mismos y por sus seres queridos, no por los países que les enviaban al frente (ejem). Ya digo, pese a todo, el film me gustó y se me hizo entretenido. Curioso.
Lo mejor: La dirección de Lang y las interpretaciones masculinas.
Lo peor: El desagradecido personaje de Bennett, y no porque haga de puta, sino por sus mohínes y berrinches.
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