7
sep

‘Amarga victoria’ (1939)

Amarga victoria

Cada género cinematográfico tiene su rutina y su imaginería. Cuando uno ve un western, espera indios, vaqueros, duelos al sol, burdeles y paisajes desérticos. Si vemos un film noir, es probable que nos encontremos con asesinatos, mujeres fatales, sombríos detectives y persecuciones en coches negros a altas horas de la madrugada. En realidad no importa que estos elementos se repitan; la gracia reside en la profundidad de los personajes, en el guión original o adaptado y en la maestría del director a la hora de contarnos esa historia. Por ello hay tantas buenas películas con elementos comunes o similares.

Sin embargo, hay un género cuya idiosincrasia me resulta difícil de tragar: el melodrama. Sé que hay que aceptarlo tal como es, o sea, un género excesivo en el plano sentimental, donde los actores se muestran afectados permanentemente. Son historias románticas, poco agradecidas con la sutileza y la contención de sus personajes. Quieren poner la piel de gallina al espectador por la vía directa, mostrando sollozos, miserias y engaños, provocando ríos de lágrimas en el patio de butacas. Hoy en día está prácticamente desahuciado, quizá porque la aséptica sociedad en la que vivimos lo encontraría ridículo.

Hago esta pequeña reflexión como introducción a mi crítica de Amarga victoria para dejar claros mis prejuicios hacia el melodrama y, por tanto, la subjetividad con la que escribo estas líneas. Claro que, por otro lado, todas las críticas de cine son la opinión de alguien y cada uno les da la importancia que cree conveniente en función de la valía del crítico en cuestión, cosa que no soy ni, de momento, aspiro a ser.

Bette Davis se empeñó en que Jack Warner comprara los derechos de Amarga victoria en 1939. El productor tenía sus razonables dudas. Para empezar, la obra de teatro, estrenada cinco años antes, no había tenido mucho éxito. Además, según Warner, a nadie le apetecería ver que una dama de la alta sociedad se despedía de la vida en su juventud por culpa de un tumor cerebral. Era un tema demasiado triste; a la gente no le gustaba pensar en ello, prefería ir al cine a divertirse. Pero Davis quebrantó la resistencia del productor y pudo representar el papel del que más orgullosa se sentiría al final de su carrera.

Amarga victoria

No es para menos. La interpretación de Bette Davis roza lo sublime. Como en Jezabel o en Eva al desnudo, actúa con una naturalidad increíble, algo que choca con la forzada huída hacia adelante que emprende su personaje, la altiva Judith Traherne. Davis es el centro de atención el noventa y nueve por ciento del metraje y se mueve frente a la cámara como pez en el agua, haciéndote olvidar que está recitando unas palabras memorizadas previamente o que sigue las indicaciones del director Edmund Goulding. Davis es un torbellino que se detiene sólo en los momentos en que reflexiona sobre su fecha de caducidad, obedeciendo con absoluta armonía a la ley impuesta por los cánones del género.

La historia tiene pocos recovecos y no deja lugar a la imaginación. Es la que es. El doctor Steele (un almibarado George Brent) intenta por todos los medios evitar el trágico destino de su paciente. Ann, la mejor amiga de Judith, es el alma débil de la película, a la que menos le cuesta sacar a relucir el pañuelo (eso sí: nada que reprochar al convincente trabajo de la actriz Geraldine Fitzgerald). Y aún hay otros dos motivos para la alegría en mitad de este dramático asunto: el cínico cuidador de caballos Michael O’Leary (Humphrey Bogart) y el hombre pegado a una copa de cava (Ronald Reagan; conste que solo nos referimos a la película, malpensados).

En definitiva, que hay argumentos de sobra para ver con interés Amarga victoria, empezando por su excelsa protagonista, sin embargo el que espere algo diferente a un típico melodrama de Hollywood, se sentirá decepcionado. He aquí mi subjetividad: no me importa ver el típico western ni el típico film noir. Cuestión de gustos.

Lo mejor: Bette Davis, soberbia de principio a fin.
Lo peor: Los arquetipos ya mencionados.
La frase: “Perdonadme, chicos. He ganado un premio” (Judith Traherne = Bette Davis).

Plumas de Caballo

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Comentarios

Esta es una cinta que yo vi hace años en tve,cuando daba gusto ver cine por tv.Es una cinta que me dejo marcado,por ver a Humphrey Bogart,en un papel tan distante a los que ya estabamos acostumbrados.Y a una Bette davis impresionante,que aunque sea un tipico melodrama made in Hollywood clasico,es un film que merece ser visto…y por mi parte volvere a verla.

A MÍ ME GUSTÓ NO SÓLO LA INTERPRETACIÓN DE LA DAVIS, ME GUSTÓ TODA LA PELÍCULA. AÑOS DESPUÉS SUSAN HAYWARD HIZO UN MAL REMAKE.

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