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‘El ángel azul’ (1930)
Como recordaba la propia actriz en una entrevista de 1972 que se puede ver en los maravillosos extras del DVD editado por Divisa, Marlene Dietrich no estaba predestinada a ser la estrella de El ángel azul. A sus 29 años, sólo era otra alumna de una academia de jóvenes talentos. Josef von Sternberg se fijó en ella para darle el papel de Lola Lola; pero, aún así, el protagonismo recaía en Emil Jannings, un suizo de 46 años que se acababa de convertir en el primer ganador de un Oscar al mejor actor, por La última orden (1928). Como en muchas otras ocasiones, fueron los espectadores y no el orden de los créditos quienes dictaron sentencia.
La película arranca como una simpática comedia con claros registros del cine mudo (de hecho fue el primer film alemán sonoro) cuyos elementos trágicos salpican la trama poco a poco, hasta que ganan terreno definitivamente. En el Berlín de los años veinte, el profesor Immanuel Rath, un solterón entrado en canas, gordo y severo, se esfuerza por meter en cintura a sus estudiantes del Liceo, que por las noches acuden en masa a un cabaret llamado El ángel azul, donde la actuación principal corre a cargo de Lola Lola, una cantante de voz rasgada que alegra la vista de los muchachos.
Decidido a cortar por lo sano su insana curiosidad, el profesor Rath acude al cabaret para pillar a sus alumnos ‘in fraganti’, pero él también caerá bajo el hechizo de Lola Lola, hasta el punto de enamorarse y pedirle matrimonio. Ella acepta, pero a cambio Rath debe despedirse de sus clases, porque su relación con una mujer tan pervertida es incompatible con los principios morales del Liceo.
La ambientación de El ángel azul es uno de los puntos más logrados de Sternberg. Las bambalinas del cabaret son desordenadas, claustrofóbicas y están llenas de escondrijos (una escalera de caracol, una trampilla que da al sótano, una habitación camuflada), símbolos de los engaños hacia los que se dirige sin remedio el profesor Rath. Por este ambiente se mueven una serie de personajes estrafalarios: coristas rechonchas, ilusionistas de poca monta, ex estrellas de la canción y payasos grotescos. Y entre todos ellos surge el único atisbo de belleza: Marlene Dietrich, Lola Lola, hermosa por fuera pero tan mezquina como sus compañeros de trabajo.
Lo mejor: La dirección de Sternbeg, la ambientación y… las piernas de la Dietrich.
Lo peor: Nada.
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Sin duda, la Dietrich (y Sternberg) lograron crear uno de los grandes iconos sexuales del cine. Fue la gran película juntos entre el maestro vienés y la incipiente estrella.
Y Emil Jannings, uno de los grandes actores (olvidados actualmente) de ese cine de los 20 y 30. Grandísimo actor. ¡Lástima que abrazara el nazismo!
Saludos