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‘El crimen del Sr. Lange’ (1936)

El crimen del Sr. Lange

La primera noche del año seguí el mismo ritual de Nochebuena y, después de las campanadas, me puse cómodo para ver la primera película de 2011. Aunque tuve la tentación de elegir alguna que ya había visto y que me había gustado especialmente, al final me decidí por una recién llegada a mi colección: ‘El crimen del Sr. Lange’, de Jean Renoir. Fue el regalo de Papá Noel que la distribuidora 39 escalones hizo a Plumas de Caballo y por el que le damos las gracias de corazón (más detalles del DVD, aquí).

Para hablar de esta película hay que situarla en un contexto concreto: se rodó entre octubre y noviembre de 1935, cuando en Francia se estaba gestando una coalición de partidos socialistas, comunistas y radicales que desembocarían en el Frente Popular, futuro ganador de las elecciones parlamentarias de 1936. Era, por tanto, un periodo de gran agitación social y de ideas renovadoras sobre la gestión del poder. Jean Renoir, que era un ferviente admirador del socialismo, no perdió la ocasión de aportar su grano de arena llevando al cine una historia concebida en primer lugar por el catalán Jean Castanyer y adaptada  después por el poeta de tendencias anarquistas Jacques Prévert.

Así las cosas, ‘El crimen del Sr. Lange’ es lo que suele denominarse “una película hija de su tiempo”. Y también habría que calificarla como una película radical desde el punto de vista ideológico, en tanto que sus autores defienden que incluso un asesinato puede estar justificado si se comete contra alguien que impide la revolución social o el proceso para llegar a la igualdad entre los hombres. Se podrá estar de acuerdo o no con esta tesis, pero no hay duda de que es atractiva. En mi opinión, habría sido mejor jugar con la ambigüedad de la respuesta, porque Renoir cae en un ejercicio de maniqueísmo flagrante; aunque, eso sí, lo hace con una sinceridad y una elegancia a prueba de balas.

El crimen del Sr. Lange

La acción arranca en una pequeña posada junto a la frontera belga. Allí llegan, de incógnito, un escritor llamado Amédée Lange (René Lefèvre) y su amante, Valentine (Fiorelle). Han huído de París tras asesinar al famoso editorialista Batala (Jules Berry). Sus fotos salen en los periódicos, así que los clientes del bar les reconocen enseguida. Sin embargo, Valentine les pide que, antes de entregarles a las autoridades, les dejen explicar los motivos del crimen. Empieza así un largo ‘flashback’ en el que se explica cómo los trabajadores de la editorial logran salir adelante a pesar del comportamiento déspota de Batala, un auténtico tirano que explotaba sexualmente a las mujeres y robaba las ideas y el dinero a sus empleados.

Como decía, la película es maniquea pero, al mismo tiempo, es elegante. Esto sucede porque Renoir tiene la extraordinaria capacidad para poner los diferentes elementos del filme (guión, montaje, personajes, banda sonora, diseño de producción, etc.) al servicio de sus ideales.

Cada segundo de metraje rezuma socialismo. El ejemplo más claro es el éxito de los trabajadores en su propósito de mantener abierta la editorial fundando una cooperativa, pero hay otros más sutiles como el patio comunitario en el que se desarrolla gran parte de la acción; los largos planos secuencia en donde los personajes se van relevando con harmonía; o el apoyo permanente entre los miembros de la editorial a la hora de superar las tragedias personales. Asimismo, la película transmite una vitalidad contagiosa, una alegría y un optimismo que ni el más odioso y corrupto de los empresarios sería capaz de quebrantar.

Lo mejor: El talento de Renoir y la interpretación de Jules Berry como Batala.

Lo peor: Su indisimulado objetivo de ser un vehículo de propaganda política.

Plumas de Caballo

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