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‘El fuego y la palabra’ (1960)
Esta semana se cumplen 50 años del estreno de ‘El fuego y la palabra’ en Estados Unidos. La dirigió Richard Brooks, y sólo por eso merece un homenaje en toda regla. Porque Brooks era, por encima de todo, un cineasta comprometido, empeñado en trasladar a la gran pantalla historias que normalmente eran objeto de polémica. Suya es la novela ‘Crossfire’, en la que denuncia con ardor la discriminación homosexual en el seno del ejército americano; la adaptación, dirigida por Edward Dmytryk en 1947, tuvo que cambiar de tema para ser aceptada por la censura, poniendo judíos donde había homosexuales. Pero las raíces perduraron: en 1958, Brooks adaptó el guión de ‘La gata sobre el tejado de zinc’, incidiendo con magistral sutileza en los más profundos sentimientos de Brick Pollitt, o sea, Paul Newman. Y el siguiente paso fue atreverse con una novela de Sinclair Lewis que desnudaba la mentira de la evangelización. Su título era ‘Elmer Gantry’. En España, dentro de lo que cabe, tuvo una traducción afortunada.
A la cabeza del reparto encontramos a un inconmensurable Burt Lancaster en el papel de Elmer Gantry, un tipo que sobrevive -o malvive, mejor dicho- de su charlatanería. En teoría es vendedor ambulante, pero nadie quiere sus electrodomésticos. La única salida de Gantry es jugar al poker, apostar a los caballos, ligarse a las chicas guapas de los burdeles y confiar en la suerte. Entre tanto, viaja de aquí para allá, saltando de vagón en vagón, luchando con otros mendigos por un par de zapatos agujereados. Al llegar al siguiente pueblo descenderá del tren, se hará oír en la taberna y -si la verborrea no le falla- arrancará un puñado de dólares a sus compañeros de mesa, lo justo para comer un estofado recalentado.
Una mañana Gantry se detiene en un pequeño pueblo. Llega descalzo, caminando por la vía después de haber saltado del tren en marcha. Del interior de una cochambrosa iglesia le llega el rumor de voces negras cantando algún himno religioso. Gantry cree que reconocer la canción y entra a echar un vistazo. Así es, aquellos negros, tan pobres como él, entonan ‘I’m on my way to Canaan’s land’ con una energía y una fe a prueba de bombas.
Es una escena sensacional, tanto por el coro gospel como por la actitud de Gantry a la hora de cantar: utiliza todo su carisma para integrarse en el grupo en décimas de segundo, y acto seguido su cerebro empieza a maquinar de qué forma sacar beneficio de todo ese amor, de todo ese espíritu entregado al Altísimo. A partir de ahora, Gantry será predicador. Y si él ha sido capaz de ganarse a los parroquianos con una de sus sonrisas de comercial, lo mismo se puede decir de Lancaster en relación al espectador. Desde ese mismo instante somos conscientes de que estamos ante una interpretación de Oscar aunque no sepamos que Lancaster se alzó, efectivamente, con la estatuilla.
Gantry tiene la suerte de toparse en su camino con una evangelizadora que se ha hecho famosa en toda la región; es, prácticamente, una virgen que hace milagros. Se trata de la hermana Sharon Falconer (Jean Simmons), cuyo oficio es pregonar las bondades de Dios y las verdades bíblicas con mucho, mucho amor. Por donde quiera que pasa, Falconer tiene al público rendido a sus pies: sea por su rostro angelical, por sus sentimentales discursos o… por la fe, quién sabe. La cuestión es que cada una de sus apariciones termina con varios cientos de dólares en el cepillo, dinero que teóricamente se utilizará para la construcción de un inmenso orfanato. Gantry se enamora de ella -de una manera mucho más prosaica que los demás fieles- y le convence de que le acepte como compañero de espectáculo. Juntos doblarán las recaudaciones y extenderán la fe cristiana más allá de las zonas rurales. Todos salen ganando.
La película es larga -146 minutos- pero está rodada con un ritmo alto y una excelente puesta en escena. Me gusta, en particular, que Brooks juegue con la ambigüedad moral de la hermana Falconer, al tiempo que le pone esa prueba de fuego llamada Elmer Gantry. Pero también es muy interesante el personaje del periodista Jim Lefferts (Arthur Kennedy), porque actúa como catalizador de las dudas razonables que nos asaltan al escuchar los sermones. Es como si ese pequeño cínico que tenemos en el hombro cobrara vida y se metiera dentro del film, observando al detalle la actitud de los predicadores, sorprendiéndose de los éxitos que consiguen y denunciando los interrogantes que dejan en el aire. No es una crítica fácil, maniquea o despiadada contra la religión; sólo es otro punto de vista, otra manera de interpretar las Sagradas Escrituras, a ser posible sin engañar a los pobres infelices que creen en la salvación eterna.
Además del Oscar al Mejor Actor para Burt Lancaster, ‘El fuego y la palabra’ se llevó las estatuillas al Mejor Guión Adaptado para Richard Brooks y a la Mejor Actriz de Reparto para Shirley Jones, que encarna a una ex novia de Gantry metida a prostituta. La verdad, no me dice demasiado la interpretación de Jones -parece que no le convencía ni a Brooks- pero su personaje es fundamental en el desarrollo de la historia y, también, en el giro moral de 180 grados efectuado por Gantry; para que quede claro que cada uno encuentra el sentido de su existencia allí donde cree conveniente, no sólo en la Biblia. Es una película redonda, con un final apoteósico donde el ‘I’m on my way’ cobra sentido por completo y donde otra secundaria, la hermana Rachel (Patti Page), gana por fin el protagonismo que ha ido reclamando desde los primeros minutos del metraje. En resumidas cuentas -y a Dios pongo por testigo: obra maestra.
Lo mejor: El carisma de Lancaster, motor de la película. Pedazo de actor.
Lo peor: Rechazar el contenido del film por los absurdos prejuicios.
La frase: “Una vez Gantry me dio instrucciones especiales para llegar a la salvación. Fue tras el púlpito, en Navidad. Él me decía «¡Arrepiéntete, arrepiéntete!» Y yo le contestaba: «¡Sálvame, sálvame!» Y me metió dentro el miedo a Dios tan rápidamente que… ¡no escuché los pasos de mi padre!”
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Vi estas películas en mis años mozos, entonces no entendía el mensaje como ahora, pues claro eso lo da la madurez! Qué buenas interpretaciones! Cada vez siento mucha nostalgia por aquellos actores que tuvimos la suerte de verlos, y que ha sido dificil reemplazarlos! Gracias por darnos esta hermosa ocasión, un abrazo desde este lado del charco, querido Víctor!