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sep

‘El último tango en París’ (1972)

El último tango en París

Mantequilla. Esa es la primera palabra que nos viene a la cabeza cuando pensamos en esta película. Y no precisamente por cuestiones gastronómicas. Cientos de españoles cruzaron la frontera francesa en 1972 para ver cómo Marlon Brando desvirgaba a Maria Schneider por el agujero prohibido. Aquí todavía imperaba la moral del régimen, es decir, la censura. Por eso, con el paso del tiempo, El último tango en París ha adquirido el rango de película de culto y ha extendido su leyenda urbana: ¿Sabía la joven Maria -20 añitos- que Bertolucci y Brando habían planeado la escena a sus espaldas? El caso es que, desde entonces, al abrir la nevera miramos la mantequilla con otros ojos.

Sin embargo, a diferencia de lo que nos encontramos hoy en día en la mayoría de las películas que pretenden incomodar al espectador, la escena de marras no es gratuita. Bertolucci la utiliza para explicar la frustración de Paul, el director de un hotel de París cuya esposa acaba de suicidarse cortándose las venas en la bañera. Da la impresión de que Paul, de casado, vivió a la sombra de su mujer, que lideraba el negocio, y de una familia política que no le tragaba. Ni siquiera reaccionó cuando se enteró de que le ponían los cuernos.

Sumido quizá en estos pensamientos, Paul deambula por un París decadente -buen trabajo del fotógrafo Vittorio Storaro- cuando se cruza con una chica a la que atrapa en un viejo apartamento. A Paul no le interesa saber quién es, cómo se llama, ni a qué se dedica, y solo le deja hablar de su vida si omite los detalles que revelarían su identidad. Lo único que desea es usarla para liberar todos los sentimientos que reprimió con anterioridad. Ella, prometida con un director de pacotilla que quiere convertirla en estrella de cine (el personaje de Jean-Pierre Léaud es un certero aguijonazo de Bertolucci a las ínfulas de la ‘nouvelle vague’), acepta el juego del hombre anónimo y se somete a su voluntad, probablemente porque sospecha que ahí y no en la charlatanería de su novio es donde está la vida real.

Bertolucci hace una especie de deconstrucción de Paul. A medida que pasan los minutos, nos enteramos de quién era y por qué tiene esos impulsos animales. Además de la chica sin nombre, el director le enfrenta a otras dos mujeres. La primera es su suegra (Maria Michi), a la que odia con toda su alma, así como a esa institución a menudo sobrevalorada: la familia -me remito a las palabras de Brando cuando da buena cuenta de la mantequilla. La segunda es su propia esposa (Veronica Lazar), a la que visita en una escena que pone los pelos de punta y que -ésta sí- es la mejor y la más sobrecogedora de la película.

Como si de un tango se tratara, los dos protagonistas se retuercen el uno al otro y experimentan con el dolor que pueden causar las heridas del corazón; cada vez un poquito más cerca del límite, rayando la locura en el aburrido concurso de bailarines que da sentido al título del film. Brando elevó al cuadrado su otra gran interpretación de ese año -El padrino- y Schneider angustió al personal con esa postrera mirada de espanto que, al menos en la ficción, le durará para siempre.

Lo mejor: Los violentos arranques de Brando.
Lo peor: Aunque Bertolucci reniegue de la nueva ola, se le pegaron algunos tics.
La frase: “Trae la mantequilla” (Paul = Brando). No podía ser otra.

Plumas de Caballo

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Comentarios

Me sobrecogí al saber que los gritos de Maria Schneider eran reales. Tremenda escena.

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