29
nov

‘Hasta el fin del tiempo’ (1946)

Guy Madison y Dorothy McGuire en Hasta el fin del tiempo

Que los problemas nacionales no se habían acabado con la victoria en la Segunda Guerra Mundial era algo que los estadounidenses sabían muy bien. Incluso en un lugar tan impersonal como Hollywood surgían ideas para golpear la conciencia de los espectadores, para servirles en platos de mal gusto los dramas personales de los soldados que no podían escapar del horror de la guerra aunque Hiroshima y Nagasaki ya hubieran dejado de humear. Quizá fue William Wyler quien mejor nos habló de ello en Los mejores años de nuestra vida, pero no fue el único: Edward Dmytrik hizo lo propio ese mismo año con Hasta el fin del tiempo.

La película se basa en una novela de Niven Busch y arranca en la base militar de San Diego, donde tres soldados reciben la licencia que les convierte oficialmente en veteranos de guerra. Guy Madison -un ex oficial de la Marina- encarna a Cliff Harper, un joven que ha visto cómo los tres años en el frente han roto su sueño de convertirse en ingeniero, haciéndole vivir en un hastío permanente del que ni sus padres pueden sacarle. Al menos está de una pieza; su amigo Perry (Bill Williams) no puede decir lo mismo, ya que le han tenido que amputar las dos piernas. Huelga decir el infierno por el que está pasando junto a su madre.

El tercer protagonista es William Tabeshaw, interpretado por la flamante estrella de la RKO en aquellos momentos: Robert Mitchum. También él ha vuelto de la guerra lisiado, con una placa de plata inscrustada en la parte posterior de la cabeza. Aún así, es el más optimista de los tres. Creció en una zona rural del Medio Oeste y es ahí adonde quiere regresar, para ocuparse de su propio rancho y tener contenta una hipotética esposa. Hacía muy poco que Mitchum había vuelto de la guerra -no estuvo en primera línea de combate pero sí en las enfermerías donde curaban a los soldados- y quizá por ello se implicó en gran medida con su personaje, al que dotó de una naturalidad extraordinaria.

De todas formas, casi todo el peso del film recae en los hombros de Guy Madison, que no es Mitchum pero sabe defenderse bastante bien en su complejo rol de chico frustrado, que ha perdido la conexión con su familia e intenta subirse a lo bruto al tren de la vida. La viuda Pat Ruscomb (Dorothy McGuire) se convierte en su esperanza, pero también en el saco de boxeo en el que se desfoga con violencia. La música swing, las pistas de patinaje, las casas con jardín y los refrescos de cola forman parte de un mundo que ni le comprende ni va a devolverle el tiempo perdido en las trincheras.

Hasta el fin del tiempo se ve con interés, con el alma encogida, conscientes sin embargo de que no estamos ante una gran película, puede que por su excesivo academicismo. Dmytryk construye una atmósfera sórdida en la que nuestros tres impotentes soldados se ahogan cada vez más, con una fotografía que pierde luz según avanza el metraje, hasta llegar a la claustrofóbica escena del bar; escena en la que, por cierto, Dmytryk se atreve a introducir la cuestión del racismo que desarrollaría con más amplitud -y con mayor acierto- en Encrucijada de odios. Pero, según explica Lee Server en su biografía sobre Robert Mitchum, Hasta el fin del tiempo evitó el suicidio de un hombre que había perdido las dos piernas en la guerra. Así que, solo por eso, valió la pena rodarla.

Lo mejor: El creíble personaje encarnado por Mitchum y la fotografía.

Lo peor: Una banda sonora excesivamente machacona.

La frase: “¿Sabes? Si mi amigo estuviera aquí, probablemente te escupiría en un ojo. Pero mi amigo murió en Guadalcanal… Así que seré yo quien lo haga.” (William Tabeshaw = Robert Mitchum).

Plumas de Caballo

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