Ene
‘La rodilla de Claire’ (1970)
Hace ya un par de semanas que falleció Eric Rohmer, el críptico cineasta francés impulsor de la Nouvelle Vague. Dijimos entonces que, para homenajearle, recuperaríamos alguna de sus películas más conocidas en forma de post. Finalmente, me he decantado por ‘La rodilla de Claire’, que se encuadra dentro de sus ‘Cuentos morales’. La vi hace tiempo y me hizo dormir como un tronco, pero como soy partidario de dar segundas oportunidades a aquellas obras que los expertos consideran maestras, hice un segundo intento tras la muerte de Rohmer. La única diferencia positiva es que esta vez aguanté despierto hasta el final.
No me gusta atacar una película por su lentitud. Considero que el ritmo puede ser igual de bueno tanto si es trepidante como si va a paso de tortuga. Pero si el ritmo es lento, pausado y reflexivo, detrás tiene que haber algo que enganche, que invite al espectador a mecerse en la historia que van tejiendo los protagonistas. En el caso de ‘La rodilla de Claire’, mi único interés era saber cuánto quedaba para terminar el suplicio. Intentaré explicarme un poco mejor en las próximas líneas.
La acción tiene lugar en Annecy, un pequeño pueblo situado en el corazón de los Alpes franceses, a principios del mes de julio. Allí se encuentran por casualidad dos viejos amigos que compartieron muchas cosas en el pasado: el bohemio Jérôme (Jean-Claude Brialy), que se acerca a los 40 y está a punto de casarse; y la novelista italiana Aurora (Aurora Comu), que pasa unos días en la casa del lago, propiedad de la señora Walter (Michèle Montel). Jérôme decide que la mejor manera de apurar sus últimos días de soltero es hospedarse también en la casa, recuperando la íntima confianza que le proporcionaba Aurora. Sin embargo, ella parece más interesada en utilizarle como fuente de inspiración para su nueva novela, y le reta a resistir el atractivo de Laura y Claire (Béatrice Romand y Laurence de Monaghan), las hijas adolescentes de la señora Walter.
Bajo mi punto de vista, lo más conseguido de la película es la manera en que Rohmer dibuja la historia. Hablo de forma literal ya que, gracias a la fotografía de Néstor Almendros, el director crea un cuadro que podría pasar por impresionista, en el que las figuras cobran vida y se integran en el majestuoso paisaje alpino; fijaos en el detalle de que las mujeres suelen llevar vestidos de colores llamativos o estampados de flores. Es como si nos pusiéramos delante de una obra de Monet y ésta empezara a moverse, contándonos su propia historia.
El problema es que la puesta en escena no lo es todo. Rohmer pone en boca de sus personajes diálogos que se adivinan profundos pero terminan siendo soporíferos al dar vueltas una y otra vez sobre el mismo tema, y eso que el amor tiene mil caminos por explorar. Es cierto que los actores están geniales y que hay una sensualidad latente, evocada por la naturaleza que los rodea, pero toda la magia se pierde en conversaciones inútiles sobre el por qué de los por qués de la vida. Cada vez estoy más convencido de que esta película debería haberse rodado muda. Habría ganado muchos enteros.
Y luego está la rodilla de Claire. Tarda en aparecer, pero ahí está, como símbolo del fruto prohibido al que Jérôme ya no puede acceder al haberse comprometido con otra mujer. Hay opiniones para todos los gustos, pero no estoy seguro de que Rohmer tuviera una intención fetichista al centrarse en esta parte de la anatomía de la actriz Laurence de Monaghan; solo es el lugar donde converge todo el atractivo de la joven. El fetichismo -creo yo- es algo más global que debería repetirse en los otros intentos de conquista del seductor, cosa que no sucede. Lo que yo extraigo es que Jérôme puede sentirse atraído por cualquier persona del sexo opuesto. Y eso tampoco me parece nada del otro mundo.
Escribiendo esta crítica he recordado algunos otros puntos que merecerían ser destacados. Por ejemplo, el frescor que aporta Laura, la hija pequeña, que se comporta con una mezcla de ingenuidad y cinismo bastante acertada; o el hecho de que todos los hombres que aparecen en la película estén siempre a merced de las mujeres (en el caso de los novios de Laura y Claire, rozan la estupidez). En fin, escasos rayos de luz para atravesar los densos nubarrones del tedio a los que nos conduce Rohmer. Seguiré estudiando su filmografía, pero es poco probable que me interese por ‘La rodilla de Claire’ una tercera vez.
Lo mejor: La actriz que interpreta a Aurora y la fantástica rodilla de Claire.
Lo peor: Sus presuntuosos diálogos.
La frase: “Cada mujer tiene su punto vulnerable. En algunas es la nuca, en otras la cintura o las manos. En Claire, en aquella posición, con aquella luz, era su rodilla.” (Jérôme = Jean-Claude Brialy).
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.






(3 votos, Promedio: 4.33 de 5) 








Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario