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‘Nido de víboras’ (1948)
Hace no sé cuánto tiempo -quiero creer que han pasado varios siglos- existía una práctica para tratar a los enfermos mentales que consistía en meterles en un foso lleno de serpientes. La teoría era que si una persona se volvía loca en una situación como esa, el ‘shock’ también podría devolverle la cordura. Imagino que tras años de nefastos resultados y serpientes indigestas, la ciencia dio carpetazo al experimento. Nido de víboras se inspira tanto en ese método rudimentario como en la experiencia personal de Mary Jane Ward, una paciente que en 1946 explicó en un libro su terrible paso por varios manicomios. En la versión cinéfila, Virginia (Olivia de Havilland), una escritora recién casada, es internada tras sufrir varios ataques de histeria y pérdida de memoria. El doctor Kik (Leo Genn) empieza a tratarla con las típicas sesiones de ‘electroshock’, pero pronto se da cuenta de que su paciente responde mejor a la psicoterapia.
Poco a poco, Virginia avanza de un pabellón a otro, acercándose cada vez más al Uno, la antesala de la libertad. Sin embargo, aunque a simple vista parezca recuperada, su subconsciente sigue dañado por experiencias traumáticas que el doctor Kik se verá obligado a desenterrar. Éste, además, deberá lidiar con la actitud cínica de sus colegas -que desconfían de una práctica tan poco agresiva- y el hastío de las enfermeras, que llegan a ser crueles con las pacientes.
Dicen que la Fox recibió presiones para que Nido de víboras recortara sus escenas más duras. Ocurriera o no, lo cierto es que la película muestra con total frialdad un problema al que Estados Unidos daba la espalda: el colapso de su sistema sanitario público. Olivia de Havilland (nominada al Oscar) actúa con bastante naturalidad pese a lo melodramático de su papel, mientras que Anatole Litvak realiza una dirección pulcra, pelín acelerada pero con algunos planos excelentes, como el del pabellón que da título al film visto desde las alturas. El ambiente claustrofóbico del hospital, en el que las puertas, llaves y celdas son protagonistas, es la guinda de un verosímil relato sobre los fantasmas de nuestra mente.
Lo mejor: Además de Olivia de Havilland, Betsy Blair como la agresiva y autista Hester.
Lo peor: La pipa del doctor Kik y algunas escenas un poco atropelladas.
La frase: “Le diré cuándo terminará esto, señora Somerville: cuando en el mundo haya más enfermos que sanos” (Virginia Stuart Cunningham / Olivia de Havilland).
Calificación: 7
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