Oct
‘Pandora y el holandés errante’ (1951)
Tossa de Mar es un pequeño pueblo de la provincia de Girona que tiene algo menos de seis mil habitantes censados y muchos, muchísimos turistas durante el año, sobre todo en verano. Pese a ello, mantiene un encanto especial que cuesta de encontrar en otros pueblos de la Costa Brava catalana. Así que imaginaos cómo debía ser hace medio siglo: seguro que hacía honor al apelativo de ‘Paraíso azul’ que le impuso el pintor francés Marc Chagall.
Si vais a Tossa y subís al castillo que corona la zona fortificada del pueblo, tarde o temprano os encontrareis con una estatua de Ava Gardner; la actriz, a tamaño natural, observa la playa que se extiende a sus pies con un gesto entre soñador y desafiante. Tras hacernos la foto de rigor, toca preguntarse a qué se debe la presencia de Ava en este rincón de Catalunya. Pues resulta que aquí estuvo ella en el verano de 1950, rodando la película Pandora y el holandés errante junto a James Mason y gozando al máximo de la bohemia.
Ava aceptó el papel de Pandora porque notó que tenía muchas cosas en común con aquella mujer, pero también porque representaba una excusa perfecta para escapar de su inestable pareja -Frank Sinatra- y sumergirse en la magia de las noches españolas, que la volvían loca. La película estaba escrita y dirigida por Albert Lewin, director admirado por los surrealistas, que quiso rodar su propia versión de la leyenda del holandés errante, ese marino condenado a vagar sin rumbo por los océanos que sólo podrá descansar cuando encuentre a una mujer capaz de morir por su amor. Lo habeis adivinado: esa mujer era Ava Gardner y el hombre maldito, James Mason.
Fiel a su personalísimo estilo, Lewin hizo lo posible porque la historia tuviera un halo mágico a su alrededor, una atmósfera de sueño que encargó al jefe de fotografía, Jack Cardiff. Pero no se trataba solo de jugar con la luz: Lewin contó la leyenda con una voz en off, introdujo citas poéticas, mezcló pescadores catalanes con gitanas agoreras, plantó esculturas griegas en la arena y ambientó las noches con sevillanas, ‘cantaores’ y… ¡músicos de jazz! ¿Entendeis ahora que los surrealistas le tuvieran en buena consideración?
No es de extrañar, por tanto, que entre tanto topicazo aparezca un torero: Juan Montalvo (Mario Cabré), un antiguo amante de Pandora que siente celos del holandés. Lo que cuesta entender es su prescindible inclusión en la película (no entraremos en las sonrojantes aptitudes interpretativas de Cabré, ni en su inglés de pacotilla). Parece que Lewin no podía irse de España sin rodar una escena en una plaza de toros, y como la de Girona quedaba cerca, pues todo arreglado. En fin, sirva al menos para ponerle rostro a uno de los amantes (reales) de Ava Gardner, que provocó el fugaz viaje de Sinatra a Tossa (ironía: Tossa fue la primera localidad española que se declaró antitaurina, en 1989).
Poco más a destacar de una cinta donde -al menos para mí- solo se salva el ronroneo de la voz de Ava y los sacrificios que sus numerosos pretendientes son capaces de realizar por llevarla hasta el altar más próximo… Por lo demás, Lewin aburre a las ovejas con su pretenciosa letanía.
Lo mejor: Algunos momentos de Ava y el poder exclamar: “¡Eh! ¡Yo he estado ahí!”
Lo peor: El tedio general.
La frase: “Querer entender el alma humana es como querer vaciar el mar con un vaso.” (Geoffrey Fielding = Harold Warrender).
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