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May

‘Que el cielo la juzgue’ (1945)

Que el cielo la juzgue

Hace casi tres años, en el antiguo Plumas de Caballo, hice un pequeño comentario de ‘Que el cielo la juzgue’, película dirigida por John M. Stahl que está considerada como una de las obras maestras del melodrama de los años cuarenta. De hecho, es el film más conocido de un Stahl que, según los libros de historia del cine, compartiría el trono del género junto a Douglas Sirk. Pues bien, en este post me gustaría profundizar más en la historia protagonizada por Gene Tierney, no sin antes avisaros de que hay varios SPOILERS -por si todavía no la habéis visto.

‘Que el cielo la juzgue’ se basa en una novela escrita por Ben Ames Williams en 1944, adaptada por Jo Swerling y producida por la 20th Century Fox. No es un melodrama al uso, sino que combina elementos románticos con otros más propios del cine negro, lo que le hace brillar con luz propia frente a otras películas similares. En este sentido, cabe resaltar el fuerte contraste que existe entre la negrura de la trama -con algunas escenas realmente escalofriantes- y el exuberante Technicolor utilizado para el rodaje. Es un film rural -o rústico- porque se desarrolla en localizaciones donde la naturaleza juega un papel esencial, alejándose de la brutalidad urbana tan típica del noir. Y también es un film luminoso: aquí no hace falta esconderse en callejones oscuros ni esperar a la caída del sol para cometer actos impuros.

La guapísima Gene Tierney realiza en ‘Que el cielo la juzgue’ el mejor papel de su corta carrera, sólo igualado por los de ‘Laura’ (1944) y ‘El fantasma y la señora Muir’ (1947). Tierney encarna a Ellen Berent, una mujer mentalmente desequilibrada que acude a un rancho de Nuevo México para esparcir las cenizas de su padre, recién fallecido. Desde el primer momento, desde esa mirada perdida que nos hace reír de puro nerviosismo- sabemos la dependencia que tenía Ellen respecto a su progenitor. Y descubrimos también que la relación con su madre (Mary Philips) y con Ruth, su hermanastra (Jeanne Crain), no es ni mucho menos igual de fluida. Así pues, es casi obligatorio compadecerse de lo que le espera al escritor Richard Harland (Cornel Wilde) cuando Ellen le pone los ojos encima porque le recuerda muchísimo a papá. Tanto es así que deja tirado a su prometido, el político Russell Quinton (Vincent Price), para casarse con él.

La película deja huella fundamentalmente por dos escenas, dos secuencias de pura femme fatale rodadas con una elegancia y una tensión asombrosas. En la primera de ellas Ellen deja que el hermano paralítico de Richard se ahogue en el lago. No es una acción premeditada: Ellen improvisa sobre la marcha -o puede que se quede absorta ante lo que sucede- y permite que el niño, víctima de dolorosos calambres, se ahogue sin remisión. Mientras esto sucede, Ellen mantiene la mirada oculta tras unas enormes gafas de sol, con el rostro serio y luciendo un abrigo de color blanco inmaculado. El chico muere antes de que Richard pueda acudir al rescate y Ellen se anota la victoria, pues no quiere compartir con nadie el corazón de su marido, igual que no compartió el de su padre.

Que el cielo la juzgue

La segunda escena famosa también es improvisada, pero requiere unos minutos de preparación. Ellen se ha quedado embarazada para alegrar a un Richard incapaz de superar la muerte de su hermano. Pero en realidad odia al bebé que está a punto de nacer, pues le desplazará del centro de atención. Consciente de ello, decide provocarse un aborto. Se viste con un camisón de seda azul, se perfuma y se pinta los labios de rojo; luego se encamina con paso firme hacia el rellano del primer piso, levanta la moqueta con el pie para simular un tropezón y se arroja por las escaleras. Todos acuden a ayudarla, pero el mal ya está hecho: Ellen pierde el bebé. En la siguiente escena, después de unas semanas en el hospital, la vemos bañándose en la playa con una cara de felicidad inmensa.

No hay duda de que Gene Tierney encarna a un personaje odioso, macabro, de los que dan mucha rabia; pero un segundo visionado de ‘Que el cielo la juzgue’ hace cambiar la perspectiva. A fin de cuentas, Ellen está enferma de verdad. Enferma de amor. Es evidente que necesita ayuda psicológica y que nadie se la proporciona. Sus familiares la desprecian porque es impulsiva y egoísta, pero creen que es de naturaleza destructiva, sin más. “Ellen siempre gana”, repiten tanto Ruth como la señora Berent. Hay momentos en los que uno incluso llega a simpatizar con ella: Richard sólo tiene tiempo para escribir su libro, sus familiares son tan pesados que interrumpen la luna de miel y -lo más importante- las sospechas de Ellen acerca de la estrecha relación entre Ruth y Richard acaban por confirmarse.

Por lo tanto, no creo que estemos ante una película maniquea, sino una de las buenas, de esas en las que los personajes son más ambiguos de lo que parecen, tanto en un sentido como en otro. Y Stahl se encarga de remarcarlo con finísima ironía visual: ese bote repleto de gente que se acerca al embarcadero, esa mano que no quiere soltarse ni muerta, ese gorrito de payaso en la cabeza del cuerdo.

Lo mejor: La mano de Stahl tras la cámara y la pérfida Gene Tierney. Mención especial también para la excelente banda sonora de Alfred Newman.

Lo peor: Algunos fallos de iluminación provocados, supongo, por el uso del Technicolor.

La frase: “A Ellen no le pasa nada. Su único problema es que ama demasiado.” (Mrs. Brent = Mary Philips).

Plumas de Caballo

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Comentarios

Martin Scorsese la calificó de “novela negra en rutilante color”. Yo añadiría: “… donde Stahl imparte una lección magistral de como se filma la locura”

Saludos

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