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‘San Francisco’ (1936)
Aunque nunca hayamos estado allí, todos sabemos lo que pasó en San Francisco el 18 de abril de 1906. A las 5 horas y 12 minutos de la mañana, la ciudad fue arrasada por un escalofriante terremoto que alcanzó los ocho grados en la escala de Richter, acabó con la vida de tres mil personas y dejó sin hogar a casi trescientas mil. Muchas de las víctimas consiguieron sobrevivir al temblor pero no a los incendios y desplomes que se produjeron después.
Una catástrofe de este tipo -y más en Estados Unidos- significaba un claro argumento para rodar una película. Al cumplirse los treinta años de la tragedia, la Metro-Goldwyn-Mayer invirtió más de un millón de dólares en rodar San Francisco, poniendo al frente del reparto a una de sus principales estrellas: Clark Gable, secundado por la soprano Jeanette MacDonald, el ‘padre’ Spencer Tracy y el tío de los hermanos Marx, Al Shean. La dirección corrió a cargo de W. S. Van Dyke, pero dicen que recibió ayudas de D. W. Griffith y Eric von Stroheim. El resultado final me ha decepcionado un poco, bien es verdad que esperaba otro tipo de película.
La historia comienza en la Nochevieja de 1905, cuatro meses antes del terremoto. San Francisco se nos presenta como una ciudad bohemia, depravada, con clubes nocturnos en cada esquina y autoridades corruptas que hacen la vista gorda ante la venta de alcohol o las partidas de póker. Blackie Norton (Clark Gable) es el dueño de uno de los clubs más prósperos, un hombre poderoso pero a la vez solidario con sus vecinos, hasta el punto de contratar a una joven cantante de ópera que se ha quedado en el paro. A priori no es la artista que debería cautivar al público de su local, pero ya se encargará él de cambiarla; lo importante es que tiene buenas piernas.
Tras firmar el contrato con Blackie, la soprano recibe otra oferta, la del propietario del liceo Tívoli (Jack Holt), el lugar donde las clases pudientes disfrutan de la ópera. Blackie no está dispuesto a desprenderse de su nueva adquisición, pero las presiones empiezan a ser cada vez más mayores, y habrá una que le afecte por encima del resto: la del reverendo Mullin (Spencer Tracy), un amigo de toda la vida convencido de que esa joven pura y cristalina no puede rebajarse a enseñar los muslos como una vulgar cabaretera.
Y entre tiras y aflojas, con la mosquita muerta nadando entre dos aguas, el calendario avanza sin remisión hacia el fatídico 18 de abril. Sin embargo, el espectador se pierde en este avance temporal; de repente ya estamos a 24 horas del desenlace y parece que todo haya transcurrido en menos de una semana. No se transmite la sensación de una amenaza latente que está al caer. La acción se pierde en eternos números musicales, empalagosos y repetitivos, y cuando el vello debería ponerse de punta, ya es demasiado tarde, por mucho que algún secundario suelte la frase premonitoria de turno: “Disfruta lo que puedas ahora, mañana quizá estés muerto.”
La estupenda recreación del terremoto, con sus fatales consecuencias, salva de la quema a un film que se hace aburrido por momentos, irritante en otros (demasiada moralina religiosa), y que no logra mantener la tensión del espectador, por mucho que Jeanette MacDonald sea un primor o que ver a Gable con el flequillo rebelde te impida apagar la televisión.
Lo mejor: La secuencia del terremoto y los desastres posteriores.
Lo peor: Su falta de tensión y su exceso de azúcar.
La frase: “Bueno, realmente no se puede decir que en San Francisco hagamos las cosas a medias.” (Un camarero, después del terremoto.)
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