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‘Stromboli, tierra de Dios’ (1950)

Stromboli, tierra de Dios

“El degenerado Rossellini ha engañado a los americanos con una historia idiota sobre un volcán y una embarazada. Hemos de protegernos contra sus ataques.” (Senador Edwin C. Johnson, 1950).

Había pasado por alto una de las películas clásicas que he visto por primera vez este verano, después de haber leído y escuchado cientos de opiniones sobre ella… y sobre las morbosas circunstancias que la rodearon. Me refiero a ‘Stromboli, tierra de Dios’, una de las obras más destacadas en la filmografía de Roberto Rossellini. En principio la protagonista iba a ser Anna Magnani, pero después fue reemplazada por Ingrid Bergman. El escándalo es de sobra conocido: Ingrid, casada con el doctor Lindström, inició una aventura con Rossellini que le llevó a ser repudiada por los puritanos Estados Unidos. El perdón del tío Sam llegó siete años más tarde, cuando le dieron el Oscar por ‘Anastasia’.

Las comparaciones entre el affair extramatrimonial de Ingrid Bergman y el argumento de ‘Stromboli, tierra de Dios’ son tan odiosas como inevitables. La actriz interpreta a Karin, una mujer de ascendencia báltica que está prisionera en un campo de refugiados durante la Segunda Guerra Mundial. Sospechosa a ojos de las autoridades, su única salida es casarse con el soldado italiano que viene a cortejarla todas las noches en la alambrada: Antonio (Mario Vitale). Karin acepta una de las muchas tentativas de boda que le ofrece Antonio, queda en libertad y viaja con su flamante marido a la tierra natal de éste: la isla de Stromboli, que alberga uno de los más activos volcanes de Italia.

El desolador panorama que encuentra Karin en Stromboli le hará soñar con volver cuanto antes al campo de concentración. Tras un viaje agotador que casi le cuesta la salud, los recién casados llegan a una isla rocosa, inhóspita y prácticamente abandonada. La casa de Antonio se cae a pedazos; necesita una reforma urgente y costará mucho hacerla acogedora. Las calles son empinadas y retorcidas, y desde las ventanas asoman miradas de viejas que parecen brujas, vestidas de negro de la cabeza a los pies; escrutan con sus ojos todos los movimientos de Karin y la censuran antes de que ella tenga tiempo de adaptarse a la isla. Y por si esto fuera poco, el volcán avisa con periódicos temblores de que, más pronto que tarde, podría entrar en erupción.

Stromboli, tierra de Dios

Karin se ve así encerrada en un mundo de soledad y tristeza donde, además, se encuentra con la incomprensión de Antonio, que la trata con desprecio y malos modos. Superada la impresión inicial, Karin da un paso adelante e intenta convencer a Antonio de que gane el dinero suficiente para emigrar a otro sitio; adorna la casa, se hace vestidos, sonríe aunque no le devuelvan la sonrisa… Su inconformista carácter se acostumbra poco a poco al hieratismo de Stromboli pero, como suele suceder en las películas neorrealistas, siempre hay algo o alguien dispuesto a propinarle un puñetazo para mandarla otra vez a la lona. El instante en que Karin toca fondo tiene lugar cuando se queda embarazada.

Roberto Rossellini aprovecha al máximo la decadencia natural de Stromboli para reafirmar la soledad de Karin, su condición de abandonada y su nula esperanza de ser feliz o de superar el envite. Ayudado por un excelente empleo de la fotografía y por la recargada banda sonora de Renzo Rossellini, el director aplasta con esmero a su protagonista hasta marchitar su corazón, en lo que muchos han visto una metáfora de la represión que el fascismo había practicado en Italia de la mano de Benito Mussolini. Siempre somos conscientes de que los soplos de aire fresco que recibe Karin son efímeros, de que su vida está condenada a la miseria y de que no podrá hacer nada para remediarlo.

El abierto final planteado por Rossellini nos deja entre la impotencia y la resignación, pero con la absoluta convicción de que a veces es imposible escapar de nuestro destino porque está marcado por fuerzas que no podemos controlar. A partir de aquí, quien quiera hacer relaciones entre la película y el flirteo entre Bergman y Rossellini (que, por cierto, terminó en un matrimonio de siete años y tres hijos), es libre de hacerlo, aunque yo no termino de verlo. Supongo que así el filme se ha vendido mejor a lo largo de la historia. En cambio, sí veo la reseñada metáfora sobre los regímenes totalitarios en la fuerza bruta de la naturaleza desencadenada que asfixia a una mujer que solamente quiere ser libre.

Lo mejor: El agobio generado por Rossellini.

Lo peor: Tanta desgracia puede causar cierta hilaridad.

Plumas de Caballo

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Comentarios

He visto esta película hace unos 6 meses y me sobrecogió la actuación de la Bergman, en la película sale con la cara lavada, sin maquillar, eso hace el filme muy real. Ingrid hace una actuación soberbia, su cara es sumamente expresiva. Me ha gustado más en esta interpretación que en la de “luz que agoniza”, que le había supuesto un Óscar. En Luz que agoniza parecía como si Ingrid estuviese exagerando la inocencia del personaje, aunque tal vez eran exigencias del guión. En este film, sin embargo, tiene una naturalidad asombrosa y es mucho más creíble. Cosas del neorrealismo, supongo.

Para ser sinceros, Manuel, ‘Luz que agoniza’ no me gusta nada…

Me encanta esta película. La he visto varias veces, y cada vez me gusta más. Siempre me sorprende la modernidad de Rossellini. ¿Cómo podía hacer estas cintas que no tenían nada que ver con el resto? Y la Bergman, como bien has dicho, se interpreta a ella misma, más perdida que nada, en esa isla, como en Italia depués de su “deserción”.
Saludos!

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