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‘Una mujer marcada’ (1960)
Teníamos pendiente un post para cerrar la despedida a Elizabeth Taylor, en el que íbamos a repasar alguna de sus películas más conocidas. Y como ya hemos hablado anteriormente de ‘Un lugar en el sol’ (1951) o ‘De repente, el último verano’ (1959), esta vez nos hemos decantado por la primera película que le proporcionó el Oscar a la Mejor Actriz: ‘Una mujer marcada’ (1960). El segundo lo ganaría esa misma década por ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ (1966); y el tercero, por su labor humanitaria, le sería concedido en 1994.
No esperéis, sin embargo, otro post lleno de alabanzas hacia la Taylor. Ella misma renegó en varias ocasiones de su trabajo en ‘Una mujer marcada’. Ni le gustaba la película, ni consideraba que su actuación hubiera merecido la estatuilla dorada; es más, achacaba la decisión de la Academia de Hollywood a un sentimiento de lástima por la reciente neumonía que acababa de mandarla al hospital. Yo, echando un vistazo a las actrices nominadas, me habría quedado con la Deborah Kerr de ‘Tres vidas errantes’ o la Shirley MacLaine de ‘El apartamento’.
‘Una mujer marcada’ se asemeja a un fallido y patético intento de adentrarse en ese mundo de perversiones, traumas infantiles y amores locos en el que tan bien se desenvolvía el maestro Tennessee Williams. Pero ni el autor de la novela (John O’Hara) tenía el talento de Williams; ni el director, Daniel Mann, era equiparable a un Stevens o a un Mankiewicz (a pesar de algún éxito de crítica anterior como ‘Vuelve, pequeña Sheba’). Al contrario: ‘Una mujer marcada’ es un melodrama del montón, a ratos un telefilme, que se olvida con la misma rapidez que desconectas tu reproductor de DVD.
Quizá lo mejor sea ver a Elizabeth Taylor en todo su esplendor físico, ligera de ropa en la mayoría de secuencias (inolvidable el camisón del principio de la película) y metida en el papel de Gloria, una puta de lujo que se enamora del hombre equivocado. Ese hombre es Weston Liggett, al que da vida (por decir algo) un Laurence Harvey a millones de años luz del íntegro coronel Travis de ‘El Álamo’. Liggett está casado y quiere romper con su matrimonio para acomodarse para siempre entre los pechos de Gloria, pero cada vez que intenta dar el paso se encuentra con una esposa cansina y aguanta velas (Dina Merrill). Y así discurre una película que languidece sin remedio durante los últimos 60 minutos.
Ni los presuntamente íntimos y divertidos episodios intercalados que tienen lugar en el apartamento de Steve (Eddie Fisher), el mejor amigo de Gloria, que está casado con una novia insoportable, logran relanzar la historia hacia cotas cercanas al interés por parte del espectador. En fin, quizá sea mejor recordar a Liz Taylor por otras películas y no por ésta, pero es que piropos ya le habíamos escrito muchos estas semanas…
Lo mejor: El irónico aunque atado personaje de Betty Field, que encarna a la mejor amiga de la madre de Gloria.
Lo peor: Su pobre factura general.
La frase: “Me he divertido más en el asiento trasero de un Ford del 39 de lo que jamás podría llegar divertirme en la cámara acorazada del Banco de Manhattan” (Gloria = Elizabeth Taylor).
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