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‘Sompras de sospecha’ (1961)
Dado que el próximo viernes, 13 de mayo de 2011, se cumplirán 50 años de la muerte de Gary Cooper, esta semana era casi obligatorio rescatar alguna película de su rica y extensa filmografía. Pero para ser un poco originales y no quedarnos con los andares crepusculares de ‘Solo ante el peligro’ (1952) o con alguna de las otras cuatro cintas que le reportaron sendas nominaciones al Oscar, nos hemos quedado con su canto del cisne en esto del séptimo arte; con una película que se estrenó, de hecho, un mes después de su prematuro adiós. Hablamos de ‘Sombras de sospecha’.
Es probable que los más allegados ya se prepararan para la inmente muerte de Gary Cooper. Hacía casi una década que flirteaba con el cáncer, precisamente desde ‘Solo ante el peligro’. Pero ahora el fatídico desenlace se sentía más cerca que nunca. El rodaje de ‘Sombras de sospecha’ fue una tortura para él, hasta el punto de que entre toma y toma debía ser conectado a una bombona de oxigeno que le hiciera recuperar el aliento. Es decir, que Cooper estaba en el peor momento físico de su carrera y eso repercutió en la calidad de la película, si bien a ésta le faltaban otros elementos para convertirla en un producto digno de recordar.
Los carteles publicitarios de ‘Sombras de sospecha’ pedían a los espectadores que no pestañearan durante los créditos iniciales, porque ahí se empezaba a explicar la historia. En efecto, en esos segundos, en mitad de la fanfarria, vemos cómo un hombre que suponemos acaudalado es asesinado de un navajazo en el vientre. George Radcliffe (Cooper), empleado del muerto, testifica en contra de un compañero que sin duda tuvo que ser el asesino (Ray McAnally). Sin embargo, a la esposa de Radcliffe (Deborah Kerr) le remuerde la conciencia cada vez más… y sospecha que el amor que su marido profesa hacia la navaja de afeitar que le regaló su padre va más allá de la nostalgia.
El interés inicial del film, dirigido por un Michael Anderson demasiado imbuido por los clichés televisivos, va decayendo con el paso de los minutos. La trama da vueltas sobre una misma idea: la señora Radcliffe va descubriendo pistas que cada vez le dejan más claro que el asesino es su marido; queda atrapada así en la típica relación matrimonial que salta por los aires por culpa de la falta de confianza. Pero la evolución es poco creíble y ni siquiera los protagonistas están a la altura de las circunstancias. Las únicas escenas en las que hay cierta tensión son aquellas en las que los Radcliffe ‘viajan’ al pasado; en particular, cuando la señora Radcliffe acude a un barrio marginal de Londres para visitar a la mujer del condenado.
Tampoco la resolución de la película deja satisfecho al espectador, que ya se había convencido de que el producto es irrecuperable por mucha sorpresa que se haya dejado para “los últimos 10 minutos” (como también anunciaban los carteles). No, no fue el mejor final para Gary Cooper. Ése se lo dieron sus compañeros de Hollywood con el Oscar honorífico que recogió, en su nombre, James Stewart. Cooper moriría dos meses después de recibir tal galardón, a los 60 años recién cumplidos.
Lo mejor: La escena del barrio marginal.
Lo peor: El abuso de los recursos televisivos.
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Mucha solidez a lo largo de todo su desarrollo, tanto de guión como de dirección y como de interpretación. Gary Cooper y Deborah Kerr lo bordan.