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‘Un día en Nueva York’ (1949)

Un día en Nueva York (1949)

Aunque el cine musical se producía en Hollywood con cierto éxito desde principios de los años 30, con la implantación del sonido, se puede afirmar sin riesgo a equivocarse que ‘Un día en Nueva York’ fue el que abrió la época dorada de este género tan incomprendido en la actualidad. Una época que duraría hasta finales de los 60 y en la que el director de esta película, Stanley Donen, y dos de los protagonistas, Gene Kelly y Frank Sinatra, tendrían mucho que decir.

Antes de ‘Un día en Nueva York’, todos los musicales se rodaban en los estudios. La falta de presupuesto, dada la complejidad de este tipo de rodajes, obligaba a todos los directores a apañárselas sin exteriores. Pero esta vez fue diferente.

El productor Arthur Freed leyó el guión de la obra que se representaba en Broadway, compró los derechos y persuadió al jefazo de la MGM, Louis B. Mayer, para rodarla allí donde realmente tenía lugar: en la Gran Manzana. Estaba convencido de que la inversión (más de dos millones de dólares) valdría la pena… y no se equivocó. Mayer recuperó el doble de lo invertido. De hecho, en aquel momento fue la segunda película más taquillera de la historia de la MGM, por detrás de ‘Cita en St. Louis’ (Vincente Minnelli, 1944).

‘Un día en Nueva York’ no es el mejor musical de su tiempo; pronto surgieron obras de mayor calidad y que han aguantado mejor el paso de los años, como ‘Cantando bajo la lluvia’ o ‘Un americano en París’. Pero merece una consideración especial por lo que tiene de pionera y por la increíble vitalidad que desprenden sus fotogramas… amén de estar rodada en una ciudad que es un plató de cine en sí misma.

Los protagonistas son tres marineros estadounidenses que atracan en el puerto de Nueva York un día cualquiera, a las 6 de la mañana. A partir de ahí disponen de 24 horas de permiso antes de volver al tajo. Gene Kelly, el arrollador bailarín, y Jules Mushin, injustamente olvidado, se lanzan a las calles en busca de chicas con las que saciar el apetito. Quien completa el trío es un Frank Sinatra que (¡quién lo diría!) prefiere visitar los museos y monumentos más emblemáticos de la ciudad. No es tampoco el mejor papel de Sinatra, extremadamente delgado y a veces a remolque de sus dos amigotes. Su complicado romance con Ava Gardner (sobre el que hay un chiste delicioso en el filme) le estaba pasando factura.

Tres chicas salen al encuentro de los tres marineros. Por supuesto que la más impetuosa, Brunhilde Esterhazy (Betty Garrett), le corresponde al apocado Sinatra; la morena, Claire Huddesen (Ann Miller), es para Mushin; y la rubia, alias Miss Metro del mes de junio (Vera-Ellen), es para Kelly. Las tres parejas se adentran en la noche neoyorquina, donde nunca se duerme, y toman copas en varios locales, cantando y bailando, en una agotadora carrera de diversión antes de que el reloj marque, de nuevo, las seis de la mañana.

Ésta fue la primera película dirigida por Stanley Donen, aunque Gene Kelly, como haría en futuros proyectos, también mandó lo suyo detrás de las cámaras. No en vano era el talentoso del grupo, el que mejor bailaba, el que tenía la historia más ‘dramática’, el más guapo y el de más carácter. Él tira del carro para hacer que los números musicales no decaigan (pese a algún exceso de claqué), y para que el público no se aburra en las transiciones. Pero no todo el mérito es suyo, ni de los actores y actrices que le acompañan. Gran parte del mérito es de esa ciudad que todos ansiamos visitar en algún momento de nuestra vida para sentirnos estrellas de Hollywood. Subir a lo alto del Empire State y cantar: “New York, New York, it’s a wonderful town! The Bronx is up but the Battery’s down!”

Lo mejor: Su contagiosa vitalidad y la comicidad del guión.

Lo peor: Algún baile de más.

Plumas de Caballo

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