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‘Encrucijada de odios’ (1947)

Robert Young, Robert Mitchum y Robert Ryan

En 1947, Estados Unidos había ganado la guerra pero tenía serios problemas internos. Uno de ellos era qué hacer con la enorme cantidad de soldados depresivos que había dejado el conflicto bélico, gente que había sido adiestrada para el combate y que, de repente, se encontraban sin un objetivo por el que luchar, sin más enemigos que los espejos en los que extraviaban su mirada. El alcohol, el adulterio y la violencia eran soluciones a corto plazo que empeoraban todavía más sus particulares angustias emocionales.

Otro grave problema de la sociedad americana era el antisemitismo, que se había instalado también en Hollywood mediante el siniestro código Hays. Corrían historias alucinantes sobre los judíos, sobre cómo se habían librado de acudir al frente, sobre por qué sus negocios iban viento en popa y sobre sus extrañas relaciones con el diabólico comunismo. Algunos, como Edward Dmytryk, no resistieron la presión y delataron a otros compañeros para escapar de las listas negras.

Éstos son los dos temas fundamentales que trata Encrucijada de odios, si bien hay que resaltar que la novela original no habla del odio hacia los judíos, sino hacia los homosexuales; demasiado para el cuerpo del señor Hays. Protagonizada por los tres Roberts de la RKO (Young, Mitchum y Ryan), la película se desarrolla en clave detectivesca después de que un judío sea asesinado de una paliza brutal. Tres miembros del ejército americano que ahogaban sus penas en un bar son los sospechosos; mención especial para el capitán Mitchell (George Cooper), cuya historia personal es realmente conmovedora.

El film destaca más por su contenido social (típico del cine negro) que por su envoltorio, pues la magnífica fotografía queda lastrada por terribles errores técnicos, evidentes para el espectador. Aún así, merece la pena verla, y a mí me ha llegado más por el drama vital de los excombatientes que por su denuncia contra el antisemitismo. Ese marido perturbado que llega a casa para esperar a su mujer, que trabaja de prostituta (Gloria Grahame), es de los que no se olvidan.

Lo mejor: Su voluntad de conciencia social.
Lo peor: Los errores técnicos y su presunta leyenda negra.
La frase: “Ya sabe a quién me refiero… Durante la guerra, ellos se refugiaron en sus apartamentos, con sus hermosas mujeres… Ya sabe… Algunos se llaman Samuel… Otros tienen nombres aún más graciosos…” (Montgomery = Robert Ryan).

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