21
mar

‘Un secreto de mujer’ (1949)

Gloria Grahame

Nicholas Ray fue uno de los directores que estuvieron en la nómina de la RKO desde finales de los años cuarenta. Sus títulos más emblemáticos aún estaban por llegar, pero ya en la productora de Howard Hugues rodó buenas películas. No fue el caso de Un secreto de mujer, a la que dedicamos la siguiente crítica.

Las protagonistas son Marian (Maureen O’Hara) y Susan (Gloria Grahame). La primera fue una cantante de voz extraordinaria que contrajo laringitis durante una de sus actuaciones y jamás volvió a recuperarse. Para superar el trance, aceptó pulir el diamante en bruto que era la joven Susan, hasta convertirla en la famosa Estrellita. El acompañante de ambas es un cínico pianista llamado Luke Jordan (Melvyn Douglas). Sinopsis que, de lejos, muy de lejos, recuerda a la Eva que aún estaba por desnudarse.

En la primera escena del film, Susan llega disgustada tras una rutinaria actuación radiofónica, se pelea con Marian y se encierra en su habitación. A los pocos minutos, Marian entra en el cuarto y cierra la puerta. Nicholas Ray no deja que veamos nada más. Volvemos al comedor, donde la criada limpia el polvo con total despreocupación. Silencio absoluto. Y de repente, un disparo. La criada sube las escaleras, abre la puerta y ve a Susan tendida en el suelo, con una bala cerca del corazón. Marian ya está llamando a la policía para confesarse. Pero Luke, que llega poco después, está convencido de su inocencia.

Esta escena es posiblemente la mejor de la película, que a partir de aquí entra en una cuesta abajo que sólo se frena gracias a las dotes cómicas de Melvyn Douglas y Gloria Grahame, que por cierto se casaría con Ray ese mismo año. Y digo bien, cómicas. Porque el argumento podría parecer de puro cine negro, sin embargo Un secreto de mujer es más bien un melodrama con toques de screwball, un batiburrillo donde Maureen O’Hara se muestra incómoda, fuera de lugar, y en el que los elementos que entran en juego no terminan de cuadrar.

Apuesto a que la intervención de Herman J. Mankiewicz en el guión fue crucial para salvar algunos momentos de la película, en especial los divertidos diálogos que nos proporciona el matrimonio formado por Jay C. Flippen (su cara es difícil de olvidar) y Mary Philips, cuya amplia experiencia teatral se aprovecha muy poco.

Lo mejor: Los secundarios y algunos diálogos.
Lo peor: Las partes no están bien integradas en el conjunto.
La frase: “Si Dios quisiera que tuviésemos una bala en el cuerpo, ya habríamos nacido con ella” (Jim Fowler = Jay C. Flippen).

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