29
jul

‘Vértigo: De entre los muertos’ (1958)

Vértigo (1958)

En su día fue un fracaso comercial que Hitchcock achacó a James Stewart, al que consideraba demasiado mayor para su personaje, o a Kim Novak, un segundo plato del que nunca se sintió satisfecho (la primera elección, Vera Miles, se quedó embarazada en el momento más inoportuno). Actualmente, todavía hay muchos cinéfilos que cuestionan las supuestas virtudes de Vértigo: De entre los muertos, mientras los críticos modernos le dan el estatus de obra maestra, la sitúan al nivel de Psicosis y la emparejan con el cine de Godard y Truffaut.

Vértigo es una gran trampa en sí misma, y como tal hay que tomarla. Uno debe ponerse en la piel de Scottie Ferguson (James Stewart), el policía jubilado que no es capaz de subirse a una escalera tras sufrir una experiencia traumática durante una persecución por los tejados de San Francisco. Así es como debe entenderse la película: a través de los azules y asustados ojos de Stewart, confundiendo ficción y realidad. Hay que dejarse engañar por la luz irreal que envuelve a Madeleine (Kim Novak) y caer en la bruma del Golden Gate, en un estado soñoliento que se prolonga casi hasta el final. ¿Es pedir mucho, cuando supone un placer para los sentidos?

El vértigo del que habla Hitchcock en este film no es solamente el físico, el que pueda sentir Scottie colgado de una cañería a decenas de metros del suelo o subiendo a toda prisa al torreón de una iglesia. Es una sensación de mareo, de sentir que esto ya había ocurrido antes, pero siempre con el recuerdo manchado por el dolor. Hay escenas casi calcadas en varios momentos de la película, una y otra vez se vuelve a los mismos lugares, e incluso se ‘repiten’ personajes, para desconcierto del protagonista. Es una pesadilla que va dentro de otra y de otra, como grotescas muñecas rusas.

Hitchcock dijo también, con cierta sorna, que Vértigo era una historia de necrofilia. No entraremos en detalles sobre esta afirmación, típica del director británico, pero sí diremos que Vértigo es una inmensa historia de amor. Un amor malsano y obsesivo que nunca consigue quitarse la etiqueta fatalista que lleva consigo. En ciertos momentos parece un melodrama (esas olas rompiendo en el éxtasis de los enamorados) y en otros, recuerda a un amor de cine negro. Y tiene varios besos, pero uno en especial, que a su vez es un vértigo en sí mismo y que debería estar en cualquier lista de los mejores besos filmados en pantalla grande.

Lo mejor: El guión, la dirección y la banda sonora de Bernard Herrmann.
Lo peor: Tener prejuicios.
La frase: “Aquí es donde nací. Y aquí, donde morí. Solo fue un instante. Tú ni te enteraste.” (Madeleine = Kim Novak).

Plumas de Caballo

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Comentarios

Puedes prometer que nunca dejarás de escribir este blog? Es un verdadero lujo para la red, de verdad. Saludos.

A mi gusto, una de las mejores películas de Hitchcock. Lo referente a que era una cinta sobre la necrofilia, recuerdo haber leído que el personaje de Stewart de quien se enamora realmente es de la mujer que supuestamente está controlando a la mujer de su amigo.

Saludos.

Hola Marc. Prometer no puedo prometer nada, es más, estos días de vacaciones será difícil mantener el ritmo, pero lo intentaremos. Gracias por tus palabras :)

Fantomas, buen apunte el de la necrofilia. Saludos.

MIS COMENTARIOS ESTÁN UN POCO FUERA DE TIEMPO, AÚN ASÍ QUIERO ENVIARLOS. ME GUSTA MUCHO TU COLUMNA. TE FELICITO. EN CUANTO A VÉRTIGO, CREO QUE STEWART, A PESAR DE SER UN ACTOR “ASEXUADO” (COMO FONDA, TRACY Y MUCHOS OTROS) LOGRA PROYECTAR EN ESTA PELÍCULA, QUE EL SEXO LE SALE POR LOS POROS, QUIZÁ DEBIDO A LA EDAD, QUE A HITCHCOCK LE PARECIÓ MUCHA, A LO MEJOR ÉL YA NO ESTABA PARA ESAS COSAS.

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