Ene
‘Centauros del desierto’ (1956)
Lírica, polémica, bella, racista, sobrevalorada, magnífica… Estos son algunos de los adjetivos que he leído en otras críticas sobre Centauros del desierto. Y no os dejéis engañar por la elevada puntuación media de las principales webs de cine, porque los comentarios a favor y en contra son bastante más parejos. A mí me gusta, pero desde el respeto que tengo por cualquier obra filmada por John Ford, admito sus imperfecciones. Me resisto a considerarlo el mejor western de la historia del cine, ni mucho menos la mejor película, como dijo Steven Spielberg.
Lo que sí creo adivinar es que Centauros del desierto es la mejor película de John Wayne. Y no lo aseguro porque aún no he visto su filmografía completa. El personaje de Ethan Edwards es de una complejidad fascinante. Sutil, cuando intercambia una mirada cómplice con su cuñada Martha, al entregarle el abrigo. Tierno, cuando deja que sus sobrinos se le tiren encima y les regala sus viejos recuerdos de la guerra civil. Odioso, cuando mata a discreción llevado por la ira y los prejuicios. Altivo, cuando trata a sus subordinados. Frágil, al darse cuenta de que es un inadaptado que se desprecia a sí mismo.
Tras la cámara, se nota la mano de John Ford. La secuencia inicial del ataque indio, que motiva la incensante búsqueda de la pequeña Debbie por parte de Ethan, es memorable. Sin mostrar una sola imagen de violencia, Ford crea una atmósfera inquietante con la luz crepuscular, el silencio del desierto, la histeria repentina de la familia y ese reflejo del horizonte que pone los pelos de punta. No vemos nada más tras el rapto de Debbie, hasta que llega Ethan y encuentra el lugar arrasado, encendiendo la mecha de su odio. Cuando se habla del lirismo de esta película, hay que hablar de esta escena tanto como de los planos enmarcados de Wayne que abren y cierran la historia.
De todas formas, decía que no me parecía una película perfecta. Y no me retracto. Ford era proclive a utilizar el humor como elemento clave de sus films, pero en esta ocasión creo que se le fue la mano. El personaje de Martin Pawley (Jeffrey Hunter) es lastimero de principio a fin. No deja de comportarse como un torpe al que Wayne deja siempre en evidencia, y cuando pretende ponerse serio, es imposible creérselo. Por no hablar del imberbe teniente Greenhill (el hijo real de Wayne), que estropea parte del clímax. Para que quede claro: es como si estuviéramos a punto de alcanzar un orgasmo y, de repente, nos contaran un chiste. Coitus interruptus.
También veo falto de profundidad a la Debbie india, interpretada por Natalie Wood. En apenas unos minutos pasa de un bando a otro con una facilidad asombrosa, si bien hay que reconocer la conmoción que provoca su cruce de miradas con Ethan. Además, y para volver a decantar la balanza a favor de Centauros del desierto, hay otros momentos de humor que sirven para aliviar tensiones, protagonizados por los habituales secundarios de Ford, entre los que destaca el ‘loco’ Mose Harper (Hank Worden) y su mecedora. Y qué decir de la tragicómica historia de Martin y su prometida Laurie Jorgensen (Vera Miles), que bien podría haber sido la que vivió Ethan con Martha antes de la guerra.
Pero, por encima de todo, Centauros del desierto es un homenaje a ese actor con tan poco glamour en la actualidad como fue John Wayne. Por algo es la primera figura que nos viene a la mente al ver cualquier fotografía de Monument Valley.
Lo mejor: John Wayne, la fotografía, la banda sonora de Max Steiner y las apuestas líricas de John Ford a la hora de rodar determinadas escenas.
Lo peor: Algún chiste fuera de lugar y la repentina transformación de Debbie.
La frase: “¡No hay tiempo para rezar! ¡Amén!” (Ethan Edwards = John Wayne).
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