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‘Desafío en la ciudad muerta’ (1958)
Poco después de dirigir con acierto ‘Conspiración de silencio’ (1955) y ‘Duelo de titanes’ (1957), John Sturges se hizo cargo de otro western que no sería tan notable ni tan famoso, pero que incluía igualmente altas dosis de entretenimiento y una realización sólida. Para ello, se apoyó en una novela de Marvin H. Albert adaptada a la gran pantalla por el dos veces nominado al Oscar William Bowers. Su título original era ‘The Law and Jake Wade’ y fue traducida de diferente manera según el país donde se estrenó; a Italia y España llegó como ‘Desafío en la ciudad muerta’.
Sturges maneja con ingenio un argumento con pocos recovecos, llano y directo. Aún así, nos obsequia con un pequeño golpe de efecto en los primeros minutos de la película, cuando Jake Wade (Robert Taylor) saca de la cárcel a un forajido llamado Clint Hollister (Richard Widmark). En unos instantes descubrimos que Wade tenía una especie de deuda con Hollister y también que, aunque adivinamos un pasado turbio, es un pretende ser un hombre íntegro. Lo que no sospechamos, a menos que antes nos lo haya destripado la sinopsis, es que Wade ejerce de sheriff en un pequeño pueblo de California. Ahí llega el mencionado golpe de ingenio: cuando Wade se pone la estrella de sheriff. No es nada del otro mundo, pero la manera de presentarnos al personaje ya denota que el director sabe cómo hacer interesante una historia y que, a poco que se haya esforzado, vamos a pasárnoslo bien.
Lógicamente, en el apartado interpretativo es Richard Widmark quien se lleva la palma. Una vez más encarna a la rata del barco, a la hiena de risa asesina que disfruta con la tortura mental que ejerce sobre sus víctimas. En esta ocasión obliga al protagonista a afrontar el pasado, a recordarle que no puede mirar hacia adelante sin olvidar que antes era tan sanguinario y ladrón como él. Clint Hollister es, además, el personaje más suculento de la película y, por ello, me niego a decir que Widmark se come literalmente a Robert Taylor, un actor más limitado por lo envarado de su papel que por sus cualidades frente a la cámara. Qué duda cabe: al sheriff Wade le falta nervio. Pero ni punto de comparación con el hervor y medio que le falta a su novia (Patricia Owens), que se dedica a emitir grititos de horror cuando Hollister le lanza alguna de sus miradas de psicópata. Una pena que no pase de mujer florero.
Tras atravesar las Montañas Rocosas en busca de un botín de 20.000 dólares que Wade escondió en alguna parte y que Hollister ansía desesperadamente, los protagonistas llegan a una ciudad abandonada donde se desarrolla la mejor escena de la película. Sturges crea un clima de tensión latente con la atmósfera sombría de las casas destrozadas y deja entrever la amenazadora presencia de los indios con aullidos y sigilosas emboscadas. Una lástima que toda esta tensión no esté mejor acompañada por el intento de motín de los hombres de Hollister. Y es que el forajido es tan superior a sus subordinados, está tan seguro de sí mismo, que no se atisba un resquicio de peligro para él en ese sentido. Ni Ortero -un buen Robert Middleton- osa contradecirle, a pesar de sus simpatías por Wade.
He leído en algún foro que la música de ‘Desafío en la ciudad muerta’ está copiada de otros grandes westerns. Lo cierto es que no hay ningún compositor acreditado, así que es probable que la Metro-Goldwyn-Mayer encargara el trabajo a alguno de sus músicos de estudio, o que reciclara otras partituras. El caso es que suena bien, sobre todo la apertura inicial, aunque es verdad que no podemos quitarnos la sensación de haberla escuchado en otras películas del Oeste. Un ligero ‘pero’ para un western efectivo, que cumple de sobra con sus modestos objetivos y que no cae en saco roto aunque esté lejos de las mejores obras del género.
Lo mejor: La escena de la ciudad muerta.
Lo peor: Patricia Owens o, mejor dicho, su personaje.

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