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El tren de las 3:10 (1957)
Éste viernes se estrena El tren de las 3:10, remake de la película homónima que dirigió Delmer Daves en 1957. A la espera de comprobar si la versión de James Mangold —con Russell Crowe y Christian Bale— hace honor a la original, es un buen momento para recordar otro de los clásicos del western que ahondó en el factor psicológico de los personajes, siguiendo el camino abierto por Fred Zinnemann en Solo ante el peligro (1952).
Dan Evans (Van Heflin) vive con su esposa y sus dos hijos en un pequeño rancho cerca de la frontera mexicana. La situación de la familia es precaria. Tres años de sequía han terminado con la mayor parte de las reses y la única solución sería conseguir un crédito que difícilmente podrían pagar. Además, Dan no es el tipo de hombre del que se enorgullecen sus hijos: tímido, reservado e inseguro, se limita a esperar que vengan tiempos mejores y a esquivar las quejas de su mujer (Leora Dana). Pero un día se le presenta la oportunidad de redimirse y poner fin a sus problemas. Sólo tiene que aceptar el encargo de vigilar a Ben Wade (Glenn Ford), un bandolero acusado de asesinato que debe ser trasladado a Yuma para el juicio. Dan debe asegurarse de que Wade no escape, apuntándole con el rifle, hasta que llegue el tren de las tres y diez y puedan marcharse. Wade pronto se dará cuenta de la fragilidad mental de su vigilante y no dudará en utilizarla a su favor. La espera del tren será eterna para Dan.
Los paralelismos con Solo ante el peligro son bastante evidentes. En ambas películas hay una cuenta atrás, una espera cada vez más angustiosa hacia un final en el que el protagonista parte con desventaja (si bien El tren de las 3:10 no se desarrolla en tiempo real, como el filme de Gary Cooper). Otro punto en común es la cobardía de sus personajes secundarios, más preocupados por su pellejo que por el de sus vecinos, alejándose de los héroes intrépidos del Far West y, en cierto modo, humanizándose (cuando no remitiendo a una alegórica mirada de la caza de brujas de Joseph McCarthy). Además, de forma más o menos indirecta, en ambas películas se produce la decisiva intervención de una mujer. Por parecerse, se parecen hasta en la inclusión de una omnipresente melodía; en este caso, 3:10 to Yuma, interpretada por Frankie Laine. No es de extrañar, por tanto, que esta película impulsara definitivamente a Howard Hawks a rodar Río Bravo (1959), en un intento por recuperar el western de toda la vida, sin más pretensión que el entretenimiento, la acción y las peleas entre buenos y malos.
En todos y cada uno de estos puntos El tren de las 3:10 queda por debajo de su antecesora, pero el mayor lastre es su inverosímil desenlace, que estropea una hora y cuarto de notable guión y dirección. A Delmer Daves le faltó una pizca de entereza (o de imaginación) para terminar la historia del modo en que se merecía. Porque, por lo demás, lo tiene casi todo: las espectaculares vistas de Arizona, humor negro, una curiosa atmósfera onírica (se respira el aroma escogido por Sergio Leone en los sesenta y, mucho después, por Quentin Tarantino) y, mención aparte, una tremenda actuación de Glenn Ford, dotado aquí de una retorcida mente criminal de la que habría estado orgulloso el mismísimo Hannibal Lecter. Todo marcha bien hasta el final, cuando el tren hace su aparición y cierra la película de un modo bastante increíble.
Esta misma semana publicaremos la crítica del remake que ha dirigido James Mangold, pero ya os anticipo que no sólo está a la altura de la original, si no que en algunos aspectos la ha superado.
‘EL TREN DE LAS 3:10′ (1957)
Lo mejor: El duelo psicológico en la habitación del hotel.
Lo peor: Su improbable final.
La frase: “En la vida pasan muchas cosas ante las que sólo puedes estar quieto y mirar” (Dan Evans / Van Heflin).
Calificación: 7
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