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oct

Go West

John WayneEl próximo 21 de noviembre se estrena Appaloosa, un western escrito, dirigido y protagonizado por ese ‘animal’ del cine llamado Ed Harris. Un título peculiar que ha provocado la extrañeza de un compañero de trabajo, el cual me ha preguntado de qué va la película. “Del Oeste”, he contestado, y al oir la palabra maldita ha resoplado, exclamando: “¿Pero eso no está pasado de moda?”.

Para ser sinceros, no es la primera vez que me encuentro con esta reacción y seguro que no será la última. Es más, yo mismo tenía ciertas reservas a la hora de enfrentarme al western, un género que a fuerza de escucharlo en boca de mis padres, de las parodias que ha sufrido en las últimas décadas, de las caricaturas que se han fabricado sobre John Wayne y compañía, incluso del (necesario) bombardeo de los grupos antirracistas contra el genocidio indio, se me había atragantado antes de conocerlo. Como todo en esta vida, es cuestión de quitarse los prejuicios y separar el grano de la paja. Porque el western no es un género plano con un molde que se usa película tras película; afortunadamente, genios como John Ford, Fred Zinnemann o Anthony Mann vieron más allá de la esquemática idea de indios (malos) y vaqueros (buenos) para crear grandiosas historias de amor, odio y redención. Algo que no sabía -y que ahora me avergüenza reconocer- es que también existen westerns… ¡sin indios! Algunos, como Solo ante el peligro o El tren de las 3:10, llegaron a causar preocupación en la paranoica América profunda por su mensaje supuestamente comunista. Otros supieron combinar el drama, la acción y la psicología de los personajes con guiones tejidos a conciencia. John Wayne, por cierto, encarnó a dos de los amantes más sufridos que ha parido el cine: el Ethan Edwards de Centauros del desierto y el Tom Doniphon de El hombre que mató a Liberty Valance.

Por supuesto hay tópicos que se repiten, como se repiten en el cine negro, por ejemplo. Un western suele tener cowboys, cabareteras, pianistas de saloon, borracheras, violencia, y, en ocasiones, indios. La gracia está en saber combinar esos elementos con una buena historia. Supongo que llegó un momento -tal vez a partir de los sesenta y el spaghetti-western- en que todo se repetía; faltaba imaginación, los cerebros se ganaban la vida con otros géneros en boga, cada vez se rodaban menos westerns -y menos ‘buenos’ westerns- y las nuevas generaciones asumieron que aquellos duelos al sol eran cosa del pasado, eran parte de otro cine que quedaría como mera curosidad histórica y, hasta cierto punto, peligrosa -volvemos al tema del racismo y a la apología de las armas.

El western dejó de dar dinero hace mucho tiempo y es por eso que aplaudo la valentía de Ed Harris. De vez en cuando florece alguna joya que nos remite a la figura de Wayne recortada en el horizonte, a los sudores de James Stewart empuñando su rifle, a la visión felina de John Ford en un majestuoso vuelo sobre Monument Valley. La última fue Sin perdón (1992), de Clint Eastwood. La próxima podría ser Appaloosa. Anímate, forastero.

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