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Jul

‘La última bala’ (1957)

La última bala (1957)

La fructífera relación entre el director Anthony Mann y el actor James Stewart se truncó de golpe en 1957 por culpa de esta película: La última bala. En teoría iba a ser el sexto western del binomio, pero en el último instante Mann se quitó de enmedio alegando que el guión era muy flojo y que no entusiasmaría al público. Además, estaba en contra de la elección de Audie Murphy para uno de los papeles protagonistas, el del Niño de Utica. Así que la Universal se vio obligado a sustituirle por el desconocido James Neilson.

Tampoco Stewart se mostró especialmente interesado en el film. Si aceptó la oferta fue porque su personaje, el solitario buscavidas Grant McLaine, le iba a permitir demostrar sus aptitudes para tocar el acordeón. Y ni de eso pudo fardar, ya que en el montaje final, un acordeonista profesional dobló su interpretación. Para colmo de males, las críticas fueron decepcionantes y la recaudación de taquilla, insuficiente. Un fracaso mayúsculo que hizo que Stewart se enemistara con Mann para siempre, molesto porque el director se hubiera bajado del carro.

¿Tan mala era La última bala? Una vez vista, queda claro que no está entre los mejores westerns de Stewart y que su sola presencia no iba a servir para levantar una historia sin nervio, poco original y con personajes estereotipados, por mucho empeño que pusiera al acordeón. La elección de Neilson como director, falto de talento y experiencia, fue la estocada para un film cuyo principal reclamo era la espectacularidad visual que ofrecía un nuevo invento llamado Technirama.

Grant McLaine, el personaje de Stewart, era un hombre desarraigado que vivía de la limosna tras ser expulsado de la compañía del ferrocarril, por motivos poco convincentes. Pero ahora su antiguo jefe (Jay C. Flippen) volvía a requerir sus servicios para evitar a la banda de Whitey Harbin (Dan Duryea), que amenazaba con robar por tercera vez el sueldo de los empleados. McLaine acepta el encargo a cambio de recuperar su trabajo. Como está cantado, los forajidos asaltan el tren y, en vista de que no pueden encontrar el botín, raptan a la esposa del jefe de la compañía (Elaine Stewart).

Plagada de actores secundarios del western clásico como Jack Elam o Robert J. Wike, lo interesante de la trama, Stewart aparte, radicaba en la bicefalia de la banda de maleantes: por un lado, el terco e irascible Harbin y, por el otro, el graciosillo e inteligente Niño de Utica. Son las dos pistolas más rápidas de Colorado y por eso, aunque no se soporten, siguen juntos. Sin embargo, es tan ridículo el modo en que el guión enfrenta a los dos malhechores que en ningún momento resulta creíble, sobre todo porque el Niño de Utica siempre tiene la situación bajo control.

Dos acertados golpes de efecto y algunas secuencias de acción bastante bien rodadas salvan de la quema a un western que abusa del humor socarrón y pulula de unos personajes a otros sin definir ninguno a la perfección.

Lo mejor: Un par de sorpresas bien preparadas.
Lo peor: Su falta de conexión interna y de credibilidad.
La frase: “Me gusta ver la cara de la gente cuando les quito lo que es suyo.” (El Niño de Utica = Audie Murphy).

Plumas de Caballo

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