17
nov

‘Tierras lejanas’ (1954)

Seattle, 1896. El vaquero Jeff Webster (James Stewart) llega a la ciudad después de conducir un rebaño de tercas reses por medio país. La justicia le pisa los talones; se le acusa de matar a otros dos vaqueros que quisieron huir antes de lo previsto sin darle nada a cambio. Ayudado por el viejo Tatum (Walter Brennan), Webster mete a los animales en el barco que zarpa hacia Dawson, en la fría Alaska, y sube a bordo en el preciso momento en el que iban a echarle el guante. Al llegar a Dawson, el forajido se verá acosado por la fiebre del oro, por dos mujeres de carácter opuesto (Ruth Roman y Corinne Calvet) y por el sheriff Gannon (John McIntire), que no descansará hasta llevarlo a la horca.

Esta es, a grandes rasgos, la sinopsis de Tierras lejanas, la cuarta de las cinco películas del Oeste que James Stewart rodó a las órdenes de Anthony Mann, antes de que su relación se rompiera por culpa de La última bala. Estamos ante un western sólido, cuyo interés va ‘in crescendo’ con el paso de los minutos: lo que empieza siendo un mero relato costumbrista sobre la búsqueda del oro termina como un violento juego del gato y el ratón en el que Stewart expone abiertamente su pellejo. En este sentido, la construcción de su personaje es de ‘chapeau’. Una vez más, Mann obliga a Stewart a encarnar a un hombre de oscuro pasado, introvertido, de corazón impuro. Sabemos que es el ‘bueno’ de la película pero aún así nos resistimos a abrazarlo. Nada que ver con el caballero sin espada de Capra.

Mencionábamos también la presencia de dos mujeres de corte totalmente distinto. Ruth Roman interpreta a la altiva dueña de los ‘saloons’ de Dawson, Ronda Castle, una mujer ambiciosa que impone sus reglas en un mundo masculino y que halla en el vaquero Webster a la horma de su zapato. En el otro lado del ring, la aniñada Corinne Calvet -aparenta 18 años pero casi rozaba la treintena- en el papel de Renee Vallon, experta buscadora de oro, altruista e ingenua, cuyo amor pueril choca una y otra vez con los desaires del protagonista.

Además, como si fuera uno de los grandes westerns de John Ford, Anthony Mann logra reunir a un buen puñado de secundarios de los que dejan huella en el espectador. Ya hemos citado a Walter Brennan, el Sancho Panza particular de Stewart, y a John McIntire como el corrupto sheriff del pueblo, que parece tener extrañas conexiones con los negocios de la señora Castle. Pero también se lucen Jay C. Flippen -cada película suya que veo, más bueno me parece este señor- y el feo de Jack Elam, en el típico rol de villano. Si a todo esto le sumamos los bellos paisajes de Canadá, fotografiados por William H. Daniels, el resultado es un western entretenido que nos hará añorar el rancho de Utah que nunca tuvimos.

Lo mejor: Los secundarios.

Lo peor: Le falta grandeza.

La frase: “No necesito a nadie. No necesito ayuda. Sé cuidar de mí mismo.” (Jeff Webster = James Stewart, en un arrebato asocial).

Tags: , , , , , , , ,

Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.

Comentarios

Prefiero a Jimmy en las peliculas de Capra o Hitchcock, pero tiene algun western delicioso como Quien Mato a Liberty Valance. Esta no la he visto, anotada queda.

Un saludo, maravillosa página.

Me falta por ver alguno de los westerns de Mann, pero creo que ninguno de ellos se puede igualar a ‘El hombre que mató a Liberty Valance’. Un saludo!

Escribe un comentario

(requerido)

(requerido)