Nov
Un cabreo de cine (parte I)
Plumas de Caballo lleva 14 meses on line con más de 300 posts de cine clásico publicados. Esta es la primera vez que voy a desviarme de la temática del blog. Me váis a permitir que, en los próximos dos artículos, libere un cabreo de cine que se ha ido formando en mi interior y que necesito expresar por escrito, única manera de no acabar en la cárcel. El cabreo es extenso, así que lo he dividido en dos posts: el primero trata sobre la (mala) educación de la gente en el cine y el segundo, sobre el plagio en internet. Por supuesto que os invito a comentar, criticar y rebatir todo lo que creáis conveniente; este blog es tan mío como vuestro.
Empezaré con un ejemplo que sirve para ilustrar la primera parte de mi cabreo. Anoche fui a un cine de Barcelona a ver 2012 en compañía de mi Margaret Dumont particular. Sesión de las 22 horas, sala casi llena. A nuestra derecha se sientan dos chicas jóvenes que llegaron por los pelos, cargadas de palomitas, nachos y refrescos, y tardaron lo suyo en encontrar las butacas que les habían asignado. Empieza la película y ellas empiezan a hablar con un soniquete que poco a poco va colmando tu paciencia. Todo les parece digno de ser comentado en voz alta. Margaret y yo aguantamos, estoicos, esperando que la película llegue a las escenas ruidosas para dejar de oir sus cotilleos. Pero entonces ocurre algo peor: a una de ellas le suena el móvil. Y, ¿qué hace? Pues contestar, claro: “¡Hola! Estoy en el cine, viendo 2012.” Y acto seguido, le pasa el móvil a su amiga, supongo que para corroborar la historia.
No es la primera vez que me ocurre esto en una sala de cine, ni la segunda, ni la quinta. Es algo cada vez más habitual. Ya sé que generalizar es injusto, que hay gente que va a disfrutar de la película sin molestar a los demás. Pero son tantos los ejemplos que podría explicar, que me dan ganas de afirmar que los espectadores son unos maleducados. Todos, en algún momento, sentimos la necesidad de comentar una escena con la persona que se sienta a nuestro lado; o soltar una carcajada en una secuencia particularmente divertida. Eso es normal y hasta cierto punto entra en la experiencia conjunta que supone ver una película, ese acto de comunidad que es ir al cine. Pero hay momentos y momentos, y sobre todo hay formas y formas. A las chicas de ayer se las podía oir perfectamente una o dos filas más allá, como demuestra el hecho de que en el absurdo intermedio de 2012 no fuimos los únicos que buscamos un par de butacas lo más lejos posible de ellas.
La suerte de todo es que anoche fuimos a ver una película que en el 80 por ciento de su metraje estaba plagada de atronadores efectos de sonido e imágenes impactantes. Pensad en lo que supone hoy en día ir a ver un drama. La gente -y, repito, siento generalizar- no tiene paciencia ni respeto. Las escenas en las que solamente hay diálogo, en las que los tiros, las explosiones, las persecuciones o la música a todo trapo brillan por su ausencia, son recibidas por este tipo de público como un mal trago que hay que pasar antes de que llegue ‘lo bueno’. Y piensan que en ese tiempo tienen toda la libertad para desconectar de lo que están viendo y comentar la jugada en voz alta. La consecuencia es que quienes estamos a su alrededor nos ponemos tensos en cuanto el ruido se apaga, porque sabemos que en ese preciso momento, nuestro maleducado vecino empezará a soltar su discurso.
Habría otras cuestiones en las que profundizar, pero para no explayarme más de la cuenta solo las apuntaré. Por ejemplo, la impuntualidad: es habitual que cuando empieza la sesión haya gente que todavía está en la cola de las palomitas y que -ley de Murphy- es la que se sienta a tu lado. Y también están los que se meten en la sala sin saber lo que les espera; cuando comprueban que les han timado con el título de la película y que aquello no va de acción sino que es una comedia dramática de Jim Jarmusch, soplan, chasquean la lengua y se remueven en el asiento (si no te gusta, lo cual es totalmente lícito, vete en silencio y deja que los demás decidan por sí mismos si vale la pena quedarse). Por no hablar de los papis que meten a su bebé en la sesión golfa de El pianista y se sorprenden de que se ponga a llorar a moco tendido (ejemplo verídico). ¿Qué esperaban? ¿Que el niño aplaudiera cuando los nazis tiran por el balcón a los judíos lisiados? ¿Que supiera apreciar la belleza de los planos rodados por Polanski?
En fin. Próximamente, la segunda parte del cabreo.
Si te gustó esta entrada anímate a escribir un comentario o suscribirte al feed y obtener los artículos futuros en tu lector de feeds.




(3 votos, Promedio: 3.67 de 5) 








Comentarios
Aún no hay comentarios.
Escribe un comentario