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Elizabeth Taylor, faraona del melodrama
“El éxito es un magnífico desodorante: elimina los olores del pasado.”
Hace sólo unos meses, el verano pasado, Elizabeth Taylor se cabreó bastante porque Hollywood planeaba un biopic sobre ella. Se decía, incluso, que Angelina Jolie sería la encargada de meterse en su piel. Taylor se indignó tanto con la noticia que publicó en su perfil de Twitter una frase lapidaria: “Nadie va hacer de Elizabeth Taylor salvo la propia Elizabeth Taylor. Al menos no hasta que me muera, y por ahora me divierte demasiado estar viva.” Seguramente, al escribir estas palabras, no sospechaba que su final estaba tan cerca. ‘Liz’ nos ha dejado este miércoles 23 de marzo, víctima de un infarto, a los 79 años. Ha fallecido en la cama del hospital donde llevaba dos meses ingresada.
Condensar en un humilde post la vida y milagros de esta auténtica diva del cine clásico es humanamente imposible. Y menos a estas horas de la noche, cuando todos los medios de comunicación ya han sacado de la nevera las necrológicas que habían preparado vaya usted a saber hace cuánto tiempo (por cierto: olé a TVE por el montón de imágenes de filmoteca que han utilizado para el reportaje del Telediario). Pero, en fin, vamos a intentarlo.
La niña vino al mundo el 27 de febrero de 1932 en Londres, de padres americanos. Era preciosa: morena, con los ojos de color violeta. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la familia aterrizó en Los Ángeles y allí fue donde la pequeña Elizabeth sacó partido a su mirada. Tras probar con la Universal, en 1943 fue contratada por la Metro y se convirtió en Priscilla, la amiga de Lassie. Su carrera en el cine acababa de comenzar pero, antes de que terminara la década, también logró ser la Amy de ‘Mujercitas’ (1949) y la hija de Spencer Tracy en ‘El padre de la novia’ (1950). Estas películas fueron el preludio de lo más granado de su filmografía.
En los años cincuenta, Elizabeth Taylor se alzó con el título de reina del melodrama. Suele destacarse ‘Un lugar en el sol’ (1951) como la película con la que se hizo adulta en el séptimo arte; pero lo mejor se concentra en la parte final de la década, con ‘Gigante’ (1956), ‘El árbol de la vida’ (1957) y dos adaptaciones de las obras de Tennessee Williams ‘La gata sobre el tejado de zinc’ (1958) y ‘De repente, el último verano’ (1959). Especialmente en estas dos últimas demostró saber sufrir delante de la cámara, comportarse como una mártir cuando tenía que serlo y sobrepasar los límites de este ya de por sí exagerado género cinematográfico.
Hemos dicho que en la recta final de los cincuenta se concentró lo mejor de su carrera. Bueno, eso si no tenemos en cuenta los premios, porque éstos se retrasaron hasta principios de los sesenta. Le dieron dos Oscars: uno por ‘Una mujer marcada’ (1960) y otro por ‘¿Quién teme a Virginia Woolf?’ (1966). Entre medias rodó ‘Cleopatra’ (1963), el filme que a la mayoría de cinéfilos nos viene a la cabeza cuando pensamos en ella. Hacía falta una actriz faraónica de verdad para encarnar a la reina más poderosa del antiguo Egipto, sobre todo teniendo en cuenta que Richard Burton se puso el disfraz de Julio César. La recompensa para Elizabeth fue un contrato de 1 millón de dólares más un porcentaje sobre la venta de entradas en taquilla, récord absoluto para una mujer en Hollywood.
A partir de los setenta su presencia en el cine bajó de manera drástica: prefirió centrarse en el teatro, en alguna serie de televisión como ‘Norte y Sur’, en participar en obras de caridad y en controlar lo que decía de ella la prensa sensacionalista. Y es que Liz ocupó miles de portadas de revistas del corazón; no en vano se casó ocho veces, dos de ellas con Richard Burton (el primer matrimonio duró 10 años y el segundo, 10 meses). Dicen que ninguno de sus otros seis maridos pudo rivalizar jamás con el amor que Taylor sintió siempre por Burton, con el que trabajó en 11 películas. Él la colmó de diamantes, pero como diría Eddie Fisher (cuarto marido de la actriz), “un diamante de 50.000 dólares mantenía contenta a Elizabeth durante cuatro días aproximadamente”; así de complicado era mantener el nivel.
Anécdotas aparte: se nos ha ido una de las grandes, pero de las grandes, grandes, del cine clásico estadounidense. Ésta no es una necrológica cualquiera, está escrita por alguien que realmente admira a esta mujer cuando revisa sus películas (pese a algunos excesos y exceptuando ‘Los Picapiedra’, que quede claro). Así que esto no puede quedar así. A Dios pongo por testigo que en breve repasaremos ampliamente alguna de las películas que encumbraron a Elizabeth Cleopatra Taylor. Descanse en paz.
Vía | Estamos Rodando
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