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Sidney Lumet, la conciencia del cine americano

Sidney Lumet

“No hay papeles pequeños, sino actores pequeños.”

Hace menos de 24 horas que llegaba a España la noticia de la muerte de Sidney Lumet, uno de los directores imprescindibles del cine americano en el último medio siglo. Nos ha dejado a los 86 años, aquejado de un linfoma, en su casa de Manhattan. Se ha despedido desde la ciudad que tan bien conocía y que retrató con maestría en sus películas; no enseñando los bonitos edificios y monumentos, sino la cruda realidad que se escondía en el reverso de la Gran Manzana. Como solía decir: “Si un director llega a Nueva York desde California y no conoce la ciudad, subirá al Empire State y comprará las típicas postales. Pero esa, por supuesto, no es la ciudad.”

Lumet nació en Philadelphia, Pennsylvania, el 25 de junio de 1924. Participó en la Segunda Guerra Mundial cuando apenas había dejado atrás la adolescencia, y luego actuó en Broadway. Se apuntó a las clases de interpretación de Lee Strasberg, pero no le acababan de llenar y decidió buscarse la vida por su cuenta junto a otros amigos de su misma opinión como Eli Wallach o Yul Brynner. Y fue en la televisión, ese nuevo invento que se había instalado definitivamente en la vida de los estadounidenses, donde realmente aprendió el oficio de director, a principios de los cincuenta.

En Plumas de Caballo ya hemos hablado de su debut cinematográfico: ’12 hombres sin piedad’ (’12 Angry Men’, 1957), película en la que plasmó todos los conceptos técnicos y artísticos que había aprendido en la pequeña pantalla. Sin embargo, lo que convierte a este film en una de las mejores óperas primas de la historia del séptimo arte, es el debate moral que plantea su protagonista, un inmenso Henry Fonda (acaso un alter ego del propio Lumet): qué es la justicia, quién puede impartirla, cómo estar seguros de elegir el veredicto adecuado, cuáles eran (y son) los agujeros del sistema judicial americano. El resultado: Oso de Oro del Festival de Berlín y tres nominaciones al Oscar, incluida la de Mejor Director.


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’12 hombres sin piedad’ (1957)

12 hombres sin piedad

Si eres de los que ha salido del cine alguna vez preguntándote “¿y si hubiera sucedido esto…?” o “¿por qué no hizo lo otro…?”, seguro que entre tus películas favoritas se encuentra ’12 hombres sin piedad’ (1957). Dirigido por Sidney Lumet a partir de un guión de Reginald Rose, el film es un gran interrogante en sí mismo, una crítica nada disimulada al sistema judicial estadounidense -en concreto, a la pena de muerte- y un saludable ejercicio neuronal que triunfa sin paliativos precisamente porque, aun poniendo todas las cartas sobre la mesa, no ofrece una respuesta definitiva; de hecho, rizando el rizo, el espectador llega a preguntarse si existen las respuestas definitivas.

Los doce hombres a los que hace referencia el título son los componentes de un jurado popular que tiene la misión de dictar la sentencia de lo que parece ser un caso claro de asesinato. La acción arranca justo cuando termina el juicio; poco a poco iremos sabiendo que el acusado es un chaval de 18 años que, al parecer, ha matado a su padre clavándole una navaja en el pecho. Ni siquiera el abogado defensor ha sido capaz de sacar la cara por el muchacho, así que el jurado tiene muy claro que se le debe declarar culpable y mandarlo a la silla eléctrica. Pero antes de que los doce hombres pasen a una sala privada para redactar el veredicto, el juez -un juez desganado, viva imagen de la pesada burocracia- les recuerda que hay una vida en juego y que, si albergan una sola duda razonable por la cual no quede clara su culpabilidad, deben exponerla.

Mientras toma asiento en la sala e intenta evadirse del calor sofocante, el miembro número 8 del jurado (Henry Fonda) recuerda las palabras del juez. El chico parece culpable, sí, pero… ¿se puede estar seguro de ello al cien por cien? ¿Se han contemplado todas las posibilidades? El miembro número 8 considera que no se puede dictar una sentencia de muerte sin ver el caso desde todos los ángulos. La duda se instala en su cabeza y, poco a poco, arrastrará consigo a los demás miembros del jurado. El número 8 -no conocemos su verdadero nombre hasta la última frase de la película- no quiere demostrar que el acusado es inocente, sino que hay dudas razonables que impiden condenarlo. Y esa -creo yo- es la grandeza de esta película: que aunque el número 8 decante la balanza hacia su lado, nunca estaremos convencidos del todo de que es él quien lleva razón; porque todos los argumentos que él rebate también se pueden rebatir; y así, sucesivamente.


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