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50 años de Nouvelle Vague
A cambio de pegarnos un hábil sablazo con la excusa de un teóricamente utilísimo cargador de móvil, la revista Fotogramas incluye en su número del mes de mayo un reportaje sobre la Nouvelle Vague. Amada por muchos, insípida para otros, odiosa para los demás, lo cierto es que el grupo de directores que impulsó esta corriente del cine francés a finales de los cincuenta, creó escuela, debate y polémica. Y aunque no sea el género predilecto de este blog, es justo hacerle un hueco si tenemos en cuenta su profundo respeto por el (buen) cine americano.
Fue la periodista Françoise Giroud quien acuñó el término Nouvelle Vague en el año 1957. Con él quiso referirse al cambio de actitud de gran parte de la juventud francesa entorno a la cultura y la sociedad de su tiempo. Poco a poco se expandían los deseos de una libertad realista, consciente del aislamiento del ser humano e impregnada del hastío de la posguerra. Algunos escritores de la revista Cahiers du cinéma compartían esos sentimientos, así como una pasión desmedida por las películas de Hitchcock, Ford o Hawks. Deseosos de transmitir sus experiencias personales cámara en ristre, aprovecharon los bajos costes de producción para rodar sus propias historias. Entre ellos: Jean-Luc Godard, Alain Resnais, François Truffaut y Claude Chabrol.
Esta nueva ola de directores apostó por una forma de hacer cine basada, en parte, en el Neorrealismo italiano. Quisieron tratar cuestiones morales revolucionando el discurso fílmico: dotaban a la cámara de mayor libertad para captar la realidad, jugaban con la iluminación y las técnicas de montaje, con actores jóvenes y desconocidos, sin descartar la improvisación. Un estilo que, paradójicamente, chocaba con el de los directores a quienes idolatraban: Hitchcock, Ford y Hawks jamás hicieron ascos al éxito comercial. Una contradicción que suele ser el primer argumento de quienes desprecian la Nouvelle Vague. El segundo (y no hablo en primera persona) es que aburre a las ovejas.












