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Michael Jackson protagoniza escenas de cine clásico en ‘This is it’
Pues sí. Anoche estuve en el estreno de This is it, el documental que repasa los ensayos de los 50 conciertos que Michael Jackson iba a ofrecer en Londres el pasado verano y de los que, lamentablemente, no pudo dar ni uno. Fue agradable comprobar que el montaje de la película ha evitado cualquier detalle escabroso; de hecho, su muerte sólo se menciona en el obligatorio mensaje de introducción. Y más agradable aún fue ver que el hombre esquelético y pálido del escenario se transformaba en una máquina de cantar y bailar en cuanto sonaban las primeras notas de su próxima canción. Más detalles, aquí.
El vídeo que ilustra este post corresponde a la película Moonwalker (Jerry Kramer, 1988) y, en concreto, al tema Smooth Criminal. Como puede apreciarse, el videoclip está ambientado en un club de gángsters al estilo de los que había en ciudades como Chicago en los años treinta. Pues bien, en This is it Michael da un paso más allá al fundirse él mismo con aquella época.
El Smooth Criminal que vimos anoche arranca en el casino de Gilda. Rita Hayworth entona las últimas frases de su Put the blame on mame, al tiempo que se quita el guante y deja su brazo desnudo. Michael está entre el público, casi en primera fila, vestido con un impecable traje blanco y sombrero. La magia de la informática le permite recoger el guante de Gilda y guardárselo en el bolsillo, mientras los demás aplauden a rabiar.
Pero entonces empieza lo mejor, porque de repente aparecen grandes gángsters del cine negro que persiguen a Michael por los escenarios de películas clásicas como Al rojo vivo (y alguna otra que no me dio tiempo a adivinar). Vemos a Edward G. Robinson entre bastidores, como si fuera el jefe de la banda que ordena su caza y captura. Y también sale Humphrey Bogart, corriendo detrás de Michael, acorralándolo en una habitación sin salida y friéndolo a balazos (o intentándolo).
En fin, otro ejemplo de que al Rey del Pop le importaba poco mezclar según qué con según quién; la espectacularidad, lo apabullante de sus propuestas, así lo demuestra. Y la verdad es que eso era inherente a su grandeza.
May
‘Al rojo vivo’ (1949)
James Cagney, como Edward G. Robinson, era bajito y feo, pero tenía una autoridad incontestable frente a la cámara. Hiperactivo por naturaleza, enérgico, le gustaba la tensión, el movimiento. En Al rojo vivo despliega todas sus habilidades para encarnar a Cody Jarrett, un gángster sin escrúpulos con un precario estado mental que le hace depender de su madre y padecer intensos dolores de cabeza que le transportan a la locura, convirtiéndole en un ser aún más peligroso. La estrecha relación entre la madre y el hijo es quizá el aspecto más reseñable de una película que, por otra parte, es capaz de hilvanar un guión complejo con altas dosis de acción.
El relato se basa en una historia original de la nominada al Oscar Virginia Kellogg y arranca cuando la banda de Cody Jarrett asalta un tren en la frontera de California, asesina a los conductores y se lleva un botín de 300.000 dólares. La policía inicia una búsqueda frenética por todo el estado, pero cuando están a punto de detener a Cody, él se confiensa autor de un robo cometido el mismo día, a la misma hora, en otro lugar; un plan para eludir la cámara de gas y pasar, como mucho, tres años en la cárcel. Entonces las autoridades cambian de estrategia e infiltran al agente Vic Pardo (Edmond O’Brien) en su celda. Paralelamente, el ‘Gran’ Ed (Steve Cochran) toma el control de la banda y se lía con la mujer de Cody (Virginia Mayo) ante la mirada rabiosa de la madre (Margaret Wycherly).
En fin, como podéis leer, una película que no da un respiro al espectador, con varias tramas que se van uniendo hasta formar una sola y terminar en “la cima del mundo”, donde se encuentra James Cagney. Pese a lo odioso de su personaje (véase lo que hace, nada más empezar, con el inepto esbirro de la cara quemada), es inevitable sentir algo parecido a la admiración por Cody Jarret, por cómo escapa una y otra vez de la policía cuando más acorralado parece estar, por cómo renuncia a entregarse. Y también al ver que es traicionado por sus compinches o cuando la policía le tiende una trampa. Por no hablar del momento en que recibe la noticia que todos tememos, en el comedor de la cárcel, cuando supera el límite de lo racional.



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