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oct

Arranca un ciclo de cine mudo en la Fundación Juan March de Madrid

Amanecer

La Fundación Juan March de Madrid acoge a partir de este viernes y hasta el próximo 15 de abril un ciclo de siete películas mudas agrupadas bajo el título de ‘Melodrama y Star-System’. El objetivo es difundir algunas de las obras maestras de los años veinte, pero siempre con el denominador común de la pasión trasladada a la gran pantalla. Por eso se apuesta por filmes que exaltan los romances intensos, plagados de primeros planos e imágenes ardientes. Hablamos de ‘El demonio y la carne’, ‘Amanecer’, ‘La reina Kelly’, ‘El séptimo cielo’, ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, ‘La tierra de todos’ y ‘Vírgenes modernas’.

Greta Garbo, Rodolfo Valentino, Joan Crawford o Janet Gaynor fueron estrellas indiscutibles antes de que el sonido llegara para quedarse; y no hablemos de las tres dimensiones, tan veneradas en la actualidad. ¿Por qué triunfaron aquellos actores y actrices? ¿Por qué las masas suspiraban por ellos cada vez que la cámara enfocaba sus límpidos rostros?

En palabras de Roman Gubern, historiador de cine, la respuesta es clara: “Porque era un cine basado en el lenguaje corporal y, por tanto, se inventaba más visualmente”. Pero, sobre todo, “porque era un cine de grandes pasiones, de amor brutal”. Y añado yo: en los cuarenta y cincuenta también había melodramas “brutales”, pero es verdad que la inserción de diálogo les hacía perder, a veces, toda su gracia. Al escribir esto pienso, por ejemplo, en algunas películas de Douglas Sirk.

Dice Gubern que ‘El demonio y la carne’ “está como para batir récords de taquilla hoy mismo”. Es una exageración, y como tal hay que tomársela. Porque, por mucho que defendamos la película de Clarence Brown, no habría distribuidora, ni cine, ni espectadores que pagaran una entrada por verla. Pero es cierto que estas películas no notan el paso del tiempo: son historias atemporales rodadas con una elegancia, un sentimiento y una efectividad a prueba de avances tecnológicos.

Además de Gubern, Jaime Rosales, Manuel Hidalgo, Vicente Molina Foix y Fernando Rodríguez Lafuente han sido invitados para presentar cada una de las sesiones programadas. Más información en la web oficial de la Fundación Juan March.

Vía | El Mundo

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feb

Historia de los Oscars: 1929 (V)

Douglas Fairbanks y Janet Gaynor

MEJOR ACTRIZ: JANET GAYNOR, POR TRES PELÍCULAS: ‘AMANECER’, ‘EL SÉPTIMO CIELO’ Y ‘EL ÁNGEL DE LA CALLE’

Ni una, ni dos, sino tres, fueron las películas que encumbraron a Janet Gaynor como la Mejor Actriz de los Oscars de 1929. Un récord que nunca se ha vuelto a repetir en la historia de los premios de la Academia de Hollywood. Claro que, entonces, los Oscars no tenían ni la mitad de importancia que tienen actualmente. Según explicó la propia Gaynor, el día de la ceremonia se emocionó más por conocer en persona a Douglas Fairbanks que por recoger la estatuilla dorada (foto).

Antes de convertirse en una estrella del cine de rostro frágil y angelical, idónea para los intensos romances producidos por la Fox, Janet Gaynor -nacida Laura Augusta- trabajó como dependienta en una zapatería de Los Ángeles por 18 dólares a la semana. Tardó poco en verse seducida por las posibilidades que ofrecía la Meca del Cine y decidió probar suerte, con excelentes resultados: al cabo de un año la Fox ya se había dado cuenta de que tenía entre manos un diamante en bruto que le podía reportar grandes beneficios, y la convirtió en una de sus primeras espadas.

De las tres películas que le reportaron el Oscar, es ‘Amanecer’ la que ha pasado a la historia del cine por méritos propios. En la obra maestra de Murnau, Gaynor encarna a una humilde campesina que está a punto de ser asesinada por su marido antes de iniciar, junto a él, un emocionante camino hacia a la redención. Gaynor simboliza la pureza de espíritu y se muestra radiante de principio a fin. Curiosamente, los espectadores sólo se quejaron de su peluca rubia, ya que estaban acostumbrados a verla con su cabello moreno natural.


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dic

Historia de los Oscars: 1929 (III)

Amanecer

MEJOR PRODUCCIÓN ARTÍSTICA: ‘AMANECER’, DE F.W. MURNAU

La categoría de Mejor Producción Artística es exclusiva de los Oscars de 1929. Visto con perspectiva, parece metida con calzador; como si la Academia se hubiera dado cuenta a última hora de que los efectos de ‘Alas’ estaban muy bien pero que el cine, al fin y al cabo, es un arte que está por encima de cuestiones técnicas. Quizá ese fue el motivo de que hubiera un segundo Oscar a la Mejor Película, que recayó en ‘Amanecer’. Pero, como analizaremos a continuación, es falso decir que el film de Murnau sea una mera obra de teatro filmada.

Friedrich Wilhelm Murnau llegó a Estados Unidos en 1926 después de rodar algunas de las películas clave del cine expresionista alemán: ‘Nosferatu’, ‘Phantom’ o ‘Fausto’. Al aterrizar en Hollywood firmó un contrato con la Fox y dirigió ‘Amanecer’, para la que contó con George O’Brien, Janet Gaynor y Margaret Livingston como protagonistas.

Murnau convirtió la historia de una pareja de campesinos que redescubre el amor en uno de los romances más intensos y emotivos que se han filmado jamás. La primera parte de la película es apoteósica. En solo cinco minutos, sabemos que el Hombre (O’Brien) ha sido seducido por una arpía procedente de la ciudad (Livingston), la cual quiere convencerle de que venda su granja, ahogue a su mujer en el lago y se fugue con ella. La metáfora vampírica es evidente: Livingston despierta de noche, deja entrever su ropa interior, se viste de negro, se maquilla y atrae al Hombre con un silbido; lo conduce hasta la ribera, bajo la luna llena, y él se acerca encorvado, arrastrando los pies: es ya un zombi a su merced.


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