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23
dic

El cine y la comunidad

Henry Fonda en Las uvas de la ira

Buscando contenidos interesantes para el blog, me he topado con un artículo que relaciona la crisis económica que estamos padeciendo a nivel mundial con la Gran Depresión que asoló los Estados Unidos en los años treinta. Como es lógico -por eso la posteo- se trata de una reflexión cinéfila. La escribió el periodista y crítico Anthony O. Scott el pasado 20 de diciembre en The New York Times.

Dice Scott: “Las películas siguen siendo un arte popular, lo que significa ‘arte para el pueblo’. A diferencia del paisaje atomizado y solitario de los iPods y las televisiones panorámicas, la multitud de una sala de cine es la imagen de una comunidad. Esto podría ser un legado de la Gran Depresión, que recordamos como la edad de oro de las películas. Por aquel entonces, todo el mundo acudía al cine porque pasara lo que pasara, lo pasaban juntos.”

Al hilo de esta afirmación, Scott entiende que el público necesita evadirse de la cruda realidad con productos de consumo rápido. Pero, según él, también son necesarios esos films que muestren la realidad tal como es, que haya personajes como el George Bailey de ¡Qué bello es vivir! o la familia Joad de Las uvas de la ira que suministren mensajes de solidaridad y redención. En este sentido, Scott echa en falta películas de contenido social tipo Ángeles con caras sucias.

Recomiendo que echéis un vistazo al artículo (de fácil lectura, aunque esté en inglés), que también propone un curioso paralelismo entre la crisis que padeció el cine con la llegada del sonido en 1929 y la que padece en la actualidad ante fenómenos como Youtube.

Vía | The New York Times

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26
nov

‘Ángeles con caras sucias’ (1938)

James Cagney y Pat OBrien

Sólo hay que ver los primeros quince segundos de esta película para quedarnos enganchados por completo: la cámara se eleva sobre las atestadas calles de Hell’s Kitchen y realiza un majestuoso vuelo rasante hasta situarse al nivel de transeúntes, policías, ladrones y adolescentes, los cuales se empujan unos a otros para avanzar y, en cierto modo, sobrevivir. En ese ambiente crecen dos jóvenes vagabundos: Rocky Sullivan y Jerry Connolly. Ellos también sobreviven a costa de los demás: roban, engañan y se mofan de las chicas. Hasta que un día llegan demasiado lejos y Rocky, el menos afortunado, acaba en la cárcel.

Quince años después, los dos amigos se reencuentran. Aquella lección de realidad fue válida para Jerry (Pat O’Brien), que se ha hecho cura y oficia sermones en la parroquia del barrio; no así para Rocky (James Cagney), el cual ha perfeccionado sus tácticas mafiosas mientras estaba preso. Los dos se siguen llevando de maravilla, pero Jerry tiene la esperanza de hacer de Rocky un hombre de bien y, en cierto modo, expiar su mala conciencia por haberse librado de una condena que sin duda él también merecía. Pero Rocky no atiende a razones; pronto se convertirá en un gángster admirado por la chiquillería y se meterá en situaciones cada vez más problemáticas, como su enfrentamiento con el inquietante James Frazier (Humphrey Bogart).

A James Cagney no le vamos a descubrir ahora: puro nervio, fuerza, rabia incontenible. Papel como anillo al dedo, entre otras cosas porque su infancia transcurrió en esa Cocina del Infierno. También resultan conmovedores los intentos del padre Connolly por reformarlo, su debate interior sobre lo correcto y lo que le dicta el corazón. Frente a frente, los dos protagonistas suben su apuesta hasta llegar a un final con doble sentido (el propio Cagney lo dejó a la libre interpretación del espectador) en el cual queda un interrogante: ¿Quién de los dos ha aceptado la mayor humillación?


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