Abr
La ducha de Janet Leigh en ‘Psicosis’
Desde que arrancó 2010 se suceden los reportajes que conmemoran el 50 aniversario del estreno de ‘Psicosis’. Una efeméride importante, sin duda, pero si me permitís ser puntilloso añadiré que la premiere de la película se celebró en Nueva York el 16 de junio de 1960 y el primer país que se decidió a estrenarla -Reino Unido- no lo hizo hasta el 4 de agosto. Es decir, que técnicamente aún no se ha cumplido medio siglo desde que ‘Psicosis’ llegó a las carteleras. Pero como estamos hablando de una de las películas que cambiaron la historia del cine y de la que se pueden sacar múltiples lecturas, se entiende y hasta se agradece que haya reportajes -como el de Stephen Robb para la BBC- sobre su escena más célebre: la de la fatídica ducha de Janet Leigh (alias Marion Crane).
La escena se rodó entre el 17 de diciembre y el 23 de diciembre de 1959 sin la presencia de Anthony Perkins, que ensayaba un musical en Broadway. Son sólo 45 segundos, pero Hitchcock necesitó 70 tiros de cámara y más de 90 empalmes para montarla. Poca cosa si tenemos en cuenta la repercusión que tuvo tanto en el público como en las posteriores generaciones de cineastas. El título del libro de David Thomson me parece muy acertado: ‘El momento Psicosis. Cómo Alfred Hitchcock enseñó a Estados Unidos a amar el asesinato.’ Y a rodarlo, añadiría yo. Lo hizo en blanco y negro y quiso hacerlo sin música… hasta que escuchó el escalofriante tema que Bernard Herrmann había compuesto para él.
Como casi todo el mundo -supongo- yo también vi antes la escena de la ducha que la película entera. Es inevitable, siempre acaba saliendo por la tele, a veces para ilustrar temas que nada tienen que ver con el cine. Por no hablar de la banda sonora de Herrmann, repetida hasta la saciedad (que levante la mano quien no haya entonado el “ñi, ñi, ñi” haciendo el gesto de clavar el cuchillo -imaginario- en el cuerpo de nuestra víctima). Lo que más me sorprendió es que la escena tenía lugar a mitad de película, experimentando lo que comenta el curador del Instituto del Cine Británico, Michael Brooke: “El asesinato de un personaje principal casi en la tercera parte de la trama provoca un auténtico shock y una sensación absoluta de desorientación.” Vamos, que me quedé con la boca abierta. Incluso jugué a ser más retorcido que Hitchcock y barajé la posibilidad de que, en realidad, Janet Leigh no hubiera muerto. Y, sin embargo, mientras ella se doblaba en una postura grotesca, su sangre se escurría por las cañerías del motel Bates…
Os invito a leer el reportaje completo. Merece mucho la pena.
Jul
‘Vértigo: De entre los muertos’ (1958)
En su día fue un fracaso comercial que Hitchcock achacó a James Stewart, al que consideraba demasiado mayor para su personaje, o a Kim Novak, un segundo plato del que nunca se sintió satisfecho (la primera elección, Vera Miles, se quedó embarazada en el momento más inoportuno). Actualmente, todavía hay muchos cinéfilos que cuestionan las supuestas virtudes de Vértigo: De entre los muertos, mientras los críticos modernos le dan el estatus de obra maestra, la sitúan al nivel de Psicosis y la emparejan con el cine de Godard y Truffaut.
Vértigo es una gran trampa en sí misma, y como tal hay que tomarla. Uno debe ponerse en la piel de Scottie Ferguson (James Stewart), el policía jubilado que no es capaz de subirse a una escalera tras sufrir una experiencia traumática durante una persecución por los tejados de San Francisco. Así es como debe entenderse la película: a través de los azules y asustados ojos de Stewart, confundiendo ficción y realidad. Hay que dejarse engañar por la luz irreal que envuelve a Madeleine (Kim Novak) y caer en la bruma del Golden Gate, en un estado soñoliento que se prolonga casi hasta el final. ¿Es pedir mucho, cuando supone un placer para los sentidos?
El vértigo del que habla Hitchcock en este film no es solamente el físico, el que pueda sentir Scottie colgado de una cañería a decenas de metros del suelo o subiendo a toda prisa al torreón de una iglesia. Es una sensación de mareo, de sentir que esto ya había ocurrido antes, pero siempre con el recuerdo manchado por el dolor. Hay escenas casi calcadas en varios momentos de la película, una y otra vez se vuelve a los mismos lugares, e incluso se ‘repiten’ personajes, para desconcierto del protagonista. Es una pesadilla que va dentro de otra y de otra, como grotescas muñecas rusas.












