jul
Besos de película
No sé a cuento de qué, pero el crítico con mayor capacidad de adjetivación de la prensa española, Carlos Boyero, publica hoy en El País un artículo sobre la historia de los besos en el cine y los métodos que utilizaban los directores para mostrar la pasión de dos amantes esquivando la censura reinante. La verdad es que los ejemplos escogidos por Boyero son perfectos (no podían faltar el de George Peppard y Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes o el de Deborah Kerr y Burt Lancaster en De aquí a la eternidad). También toca la fibra al acordarse de ese impagable momento en el que Dorothy Jordan acaricia la ropa de su cuñado (o sea, John Wayne) en Centauros del desierto. Total, que os invitamos a leer el artículo y a que comentéis cuáles son vuestros besos cinéfilos favoritos.
Vía | El País (gracias, Nu!)
ene
‘Centauros del desierto’ (1956)
Lírica, polémica, bella, racista, sobrevalorada, magnífica… Estos son algunos de los adjetivos que he leído en otras críticas sobre Centauros del desierto. Y no os dejéis engañar por la elevada puntuación media de las principales webs de cine, porque los comentarios a favor y en contra son bastante más parejos. A mí me gusta, pero desde el respeto que tengo por cualquier obra filmada por John Ford, admito sus imperfecciones. Me resisto a considerarlo el mejor western de la historia del cine, ni mucho menos la mejor película, como dijo Steven Spielberg.
Lo que sí creo adivinar es que Centauros del desierto es la mejor película de John Wayne. Y no lo aseguro porque aún no he visto su filmografía completa. El personaje de Ethan Edwards es de una complejidad fascinante. Sutil, cuando intercambia una mirada cómplice con su cuñada Martha, al entregarle el abrigo. Tierno, cuando deja que sus sobrinos se le tiren encima y les regala sus viejos recuerdos de la guerra civil. Odioso, cuando mata a discreción llevado por la ira y los prejuicios. Altivo, cuando trata a sus subordinados. Frágil, al darse cuenta de que es un inadaptado que se desprecia a sí mismo.
Tras la cámara, se nota la mano de John Ford. La secuencia inicial del ataque indio, que motiva la incensante búsqueda de la pequeña Debbie por parte de Ethan, es memorable. Sin mostrar una sola imagen de violencia, Ford crea una atmósfera inquietante con la luz crepuscular, el silencio del desierto, la histeria repentina de la familia y ese reflejo del horizonte que pone los pelos de punta. No vemos nada más tras el rapto de Debbie, hasta que llega Ethan y encuentra el lugar arrasado, encendiendo la mecha de su odio. Cuando se habla del lirismo de esta película, hay que hablar de esta escena tanto como de los planos enmarcados de Wayne que abren y cierran la historia.













