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Centenario de David Niven
Sé que tenemos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el reportaje del centenario de Joan Bennett, pero las efemérides se nos agolpan en el calendario. Si el sábado recordábamos los 100 años del nacimiento de la actriz, este lunes tenemos que hacer lo propio con el actor David Niven. Le recordaréis por su cara de aristócrata granujilla, por ser el rival del inspector Clouseau en ‘La pantera rosa’, por su inconfundible bigote y por su acento británico. Pero, además, tras el actor había una persona muy interesante, con una vida más complicada de lo esperado y que pocas veces se mordía la lengua.
David Niven nació en Londres el 1 de marzo de 1910 y, aunque rodó algunas películas de poca importancia en su país natal, a los 24 años se trasladó a Hollywood para escalar hacia la cima del séptimo arte. En sus primeros filmes en Estados Unidos se limitó a ser un notable secundario de héroes como Errol Flynn, Ronald Colman o Gary Cooper, pero ya a finales de los treinta consiguió hacer sombra a Laurence Olivier en ‘Cumbres borrascosas’ o ser la pareja de Ginger Rogers en ‘Mamá a la fuerza’. Pero justo cuando su carrera parecía encarrilada, la Segunda Guerra Mundial iba a provocar un parón.
La guerra había estado presente en la vida de David Niven desde que era un crío, ya que su padre escocés fue teniente en la Primera Guerra Mundial y falleció durante la batalla de Gallipoli. Es de suponer que David sintió el impacto de su pérdida, pues ya tenía cinco años. Quizá espoleado por ello, cuando Inglaterra fue atacada por Hitler cogió el primer avión con destino Londres para ayudar en lo posible a la victoria de los aliados. Este hecho, lejos de frenar su carrera, le hizo ganarse el respeto de los americanos. Cuando regresó a Hollywood, en 1945, recibió la Orden del Mérito de los Legionarios y fue nombrado teniente por el mismísimo general Eisenhower.
Niven jamás olvidaría el horror que habían visto sus ojos, hasta el punto de que nunca habló de la guerra en público ni alardeó de sus hazañas. La razón es que, cuando fue a Inglaterra, unos amigos le encargaron que buscara las tumbas de sus hijos. Las encontró en el lugar previsto… junto a otras 27.000. Entonces Niven se dijo a sí mismo que tenía 27.000 razones por las cuales no debía contar nada.




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