Jun
‘La última noche de Boris Grushenko’ (1975)
Incluso a un fan acérrimo de Woody Allen le resulta muy complicado decir que ha visto toda su filmografía. El director neoyorquino ha estrenado 41 películas cinematográficas en 43 años y aún tiene dos más en la agenda: ‘You will meet a tall dark stranger’ y ‘Midnight in Paris’. Es posible que nunca sepamos apreciar como debiéramos su vasta contribución al séptimo arte, sobre todo porque la cantidad va acompañada de calidad; salvo puntuales y excusables tropiezos -se me ocurren ‘Scoop’ o ‘El sueño de Casandra’-, los films de Allen son buenos, notables o, directamente, auténticas obras maestras. Por eso, cuando escoges una de sus películas al azar, sabes que las probabilidades de acierto son bastante altas.
‘La última noche de Boris Grushenko’ -titulada originalmente ‘Love & Death’- es la sexta película de Allen, preludio de la espléndida ‘Annie Hall’ (1977). Puede que ahora haya quedado sepultada por el extenso catálogo de films woodywodienses del que disponemos, pero merece la pena bucear en los años setenta para descubrirla. Es mordaz, absurda, mitómana, filosófica y -por encima de todo- divertidísima. Puede que me traicione el fresco recuerdo que tengo de ella, pero ahora mismo no sabría decir otra película de Allen con la que me haya reído tanto. ¿Significa esto que es su mejor film? Seguramente, no; pero anda cerca.
La carátula misma del DVD es para troncharse: en ella aparece la Muerte, de espaldas a cámara, vestida con un traje blanco impoluto y su correspondiente guadaña; a su espalda, el desgraciado Boris Grushenko baila y levanta los brazos, con una sonrisa que refleja locura y resignación. Este es el más evidente de los homenajes que realiza Allen a lo largo de la película, al parodiar ‘El séptimo sello’ de Ingmar Bergman. Otros guiños irán destinados a los hermanos Marx -sobre todo a ‘Sopa de ganso’ y ‘Una noche en la ópera’-, Charles Chaplin, Buster Keaton o al film ‘Persona’, del propio Bergman. Pero más que de homenajes habría que hablar de la declaración de amor de Allen hacia todos ellos, de su admiración por quienes le precedieron en el noble oficio de engrandecer el cine (¡y qué pocos han tomado ejemplo desde entonces!).












