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‘El fugitivo’ (1947)
Por lo general, cuando quiero ver una película intento no saber nada de ella hasta que me siento frente a la pantalla. Y eso provoca que, a veces, me lleve sorpresas. Es lo que me ha ocurrido con El fugitivo. La carátula del DVD ofrecía una imagen evocadora de Henry Fonda, sin duda el hombre al que se refiere el título; junto a él, una Dolores del Río que parecía mirarle con ojos golosos; y en la butaca de director, John Ford. Mi conclusión: película de acción, western, convicto escapando de la justicia. En diez minutos me he dado cuenta del error.
La película empieza en una iglesia casi en ruinas. Claroscuros, música celestial; llegada de Henry Fonda, al abrir las puertas su silueta forma una cruz en los adoquines: es un sacerdote. Su rostro suplica piedad al Altísimo. A continuación, encuentro místico con Dolores del Río, alias María Dolores, bebé en brazos incluido. Ese cura es su salvador. No queda otro en todo el país; la revolución -mexicana, aunque un mensaje sobreimpresionado intente no herir suceptibilidades- está acabando con ellos. De ahí que sea un fugitivo.
Basado en la novela El poder y la gloria, de Graham Greene, El fugitivo es uno de los films más personales de Ford; de hecho, lo financió con el dinero de su recién inaugurada productora, Argosy Pictures (comandada por él y Merian C. Cooper). Ford era consciente de que la historia no atraería al público, pero sentía la necesidad de rodar una historia alejada de su filmografía habitual y siempre se mostraría orgulloso de ella. El dilema moral al que se enfrenta el protagonista -un Henry Fonda magnífico, tan temeroso de Dios como de su propia cobardía- atrajo al director de tal manera que tampoco le importaron mucho los ataques de la crítica.











