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23
may

‘Al rojo vivo’ (1949)

Al rojo vivo

James Cagney, como Edward G. Robinson, era bajito y feo, pero tenía una autoridad incontestable frente a la cámara. Hiperactivo por naturaleza, enérgico, le gustaba la tensión, el movimiento. En Al rojo vivo despliega todas sus habilidades para encarnar a Cody Jarrett, un gángster sin escrúpulos con un precario estado mental que le hace depender de su madre y padecer intensos dolores de cabeza que le transportan a la locura, convirtiéndole en un ser aún más peligroso. La estrecha relación entre la madre y el hijo es quizá el aspecto más reseñable de una película que, por otra parte, es capaz de hilvanar un guión complejo con altas dosis de acción.

El relato se basa en una historia original de la nominada al Oscar Virginia Kellogg y arranca cuando la banda de Cody Jarrett asalta un tren en la frontera de California, asesina a los conductores y se lleva un botín de 300.000 dólares. La policía inicia una búsqueda frenética por todo el estado, pero cuando están a punto de detener a Cody, él se confiensa autor de un robo cometido el mismo día, a la misma hora, en otro lugar; un plan para eludir la cámara de gas y pasar, como mucho, tres años en la cárcel. Entonces las autoridades cambian de estrategia e infiltran al agente Vic Pardo (Edmond O’Brien) en su celda. Paralelamente, el ‘Gran’ Ed (Steve Cochran) toma el control de la banda y se lía con la mujer de Cody (Virginia Mayo) ante la mirada rabiosa de la madre (Margaret Wycherly).

En fin, como podéis leer, una película que no da un respiro al espectador, con varias tramas que se van uniendo hasta formar una sola y terminar en “la cima del mundo”, donde se encuentra James Cagney. Pese a lo odioso de su personaje (véase lo que hace, nada más empezar, con el inepto esbirro de la cara quemada), es inevitable sentir algo parecido a la admiración por Cody Jarret, por cómo escapa una y otra vez de la policía cuando más acorralado parece estar, por cómo renuncia a entregarse. Y también al ver que es traicionado por sus compinches o cuando la policía le tiende una trampa. Por no hablar del momento en que recibe la noticia que todos tememos, en el comedor de la cárcel, cuando supera el límite de lo racional.


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