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Mar

‘La mujer del cuadro’ (1944)

La mujer del cuadro

Teníamos pendiente un post sobre ‘La mujer del cuadro’ para cerrar el recuerdo a la actriz Joan Bennett con motivo de su centenario, así que vamos a saldar esa deuda cuanto antes. Estamos ante una de las mejores películas de Bennett; sin embargo, pongo en duda que también lo sea de su director, Fritz Lang. Creo que el vienés cuenta en su filmografía con obras más notables que ‘La mujer del cuadro’, donde recoge de manera soberbia los principales ingredientes de la atmósfera ‘noir’ pero donde también descuida el guión hasta convertirlo en un simple -aunque agradable- pasatiempo. Por eso me parece más interesante la película que cierra esta especie de díptico sobre las ‘femme fatales’, rodada al año siguiente bajo el título de ‘Perversidad’, en la que aparecen prácticamente los mismos actores y actrices protagonistas.

La sinopsis de ‘La mujer del cuadro’ nos traslada hasta una zona acomodada de Nueva York en la que los hombres de bien pegan una patada a sus esposas e hijos en cuanto se les presenta la oportunidad y se reúnen en clubes nocturnos para beber, fumar y charlar de lo divino y de lo humano. Esa es la principal afición del señor Richard Wanley (Edward G. Robinson), un almidonado profesor universitario que hace tiempo que ni siente ni padece, acostumbrado a una vida cómoda, sin sobresaltos pero, lógicamente, sin emoción alguna.

Una noche, al entrar al club, el señor Wanley se queda prendado de la mujer que aparece en el solitario cuadro de un escaparate. Se pregunta quién será la modelo y pierde la noción del tiempo, para mofa de sus colegas. Al cabo de unas horas, abandona el local con el sueño en el cuerpo -y unas cuantas copas- y decide echar un último vistazo a la mujer del cuadro. Mientras lo observa de nuevo con la boca abierta, la modelo real aparece a su lado. Resulta ser una chica ligera de cascos (Joan Bennett) que le convence para seguir la velada en casa. Lo que Wanley no sabe es que la chica tiene un amante que se presentará sin avisar e intentará estrangularle y que no tendrá más remedio que matarlo clavándole unas tijeras.


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Oct

Michael Jackson protagoniza escenas de cine clásico en ‘This is it’

Pues sí. Anoche estuve en el estreno de This is it, el documental que repasa los ensayos de los 50 conciertos que Michael Jackson iba a ofrecer en Londres el pasado verano y de los que, lamentablemente, no pudo dar ni uno. Fue agradable comprobar que el montaje de la película ha evitado cualquier detalle escabroso; de hecho, su muerte sólo se menciona en el obligatorio mensaje de introducción. Y más agradable aún fue ver que el hombre esquelético y pálido del escenario se transformaba en una máquina de cantar y bailar en cuanto sonaban las primeras notas de su próxima canción. Más detalles, aquí.

El vídeo que ilustra este post corresponde a la película Moonwalker (Jerry Kramer, 1988) y, en concreto, al tema Smooth Criminal. Como puede apreciarse, el videoclip está ambientado en un club de gángsters al estilo de los que había en ciudades como Chicago en los años treinta. Pues bien, en This is it Michael da un paso más allá al fundirse él mismo con aquella época.

El Smooth Criminal que vimos anoche arranca en el casino de Gilda. Rita Hayworth entona las últimas frases de su Put the blame on mame, al tiempo que se quita el guante y deja su brazo desnudo. Michael está entre el público, casi en primera fila, vestido con un impecable traje blanco y sombrero. La magia de la informática le permite recoger el guante de Gilda y guardárselo en el bolsillo, mientras los demás aplauden a rabiar.

Pero entonces empieza lo mejor, porque de repente aparecen grandes gángsters del cine negro que persiguen a Michael por los escenarios de películas clásicas como Al rojo vivo (y alguna otra que no me dio tiempo a adivinar). Vemos a Edward G. Robinson entre bastidores, como si fuera el jefe de la banda que ordena su caza y captura. Y también sale Humphrey Bogart, corriendo detrás de Michael, acorralándolo en una habitación sin salida y friéndolo a balazos (o intentándolo).

En fin, otro ejemplo de que al Rey del Pop le importaba poco mezclar según qué con según quién; la espectacularidad, lo apabullante de sus propuestas, así lo demuestra. Y la verdad es que eso era inherente a su grandeza.

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